âSupongamos que a uno le diagnostican una enfermedad grave, se le viene el mundo abajo, siente que no importa cuĂĄnto trate, no puede hacer nada, entonces, decide iniciar un proceso creativo, por ejemplo, pintar su vida, expresar quĂ© le estĂĄ sucediendo, reflexionar sobre el pasado y el futuro. Eso le otorga un sentido, le permite resignificarlaâ.AgustĂn Ibåñez, neurocientĂfico argentino, profesor de la Universidad Adolfo Ibåñez, en Chile, director cientĂfico del Latin American Brain Health Institute (BrainLat-UAI) y coautor de los dos artĂculos con los que The Lancet presenta un exhaustivo documento sobre los efectos del arte en la salud (promovidos por la Jameel Arts & Health LabâLancet Global Collection on Arts and Health), describe esta situaciĂłn hipotĂ©tica como una forma de mostrar quĂ© nos puede brindar el arte a cualquiera de nosotros: le otorga un sentido, un propĂłsito. Y esta es solo una de las dimensiones que un grupo internacional de investigadores intenta ahora convertir en evidencia, en polĂticas y en sistemas de salud.La iniciativa naciĂł impulsada por Nisha Sajnani, de la Universidad de Nueva York y primera autora del primer trabajo,y Daisy Fancourt, del University College de Londres. El primer artĂculo, titulado The arts as a global health resource: key priorities for future research [Las artes como recurso de salud global: prioridades clave para futuras investigaciones], expone lo que se sabe y lo que se ignora. El segundo, una revisiĂłn llamada Developing roadmaps for advancing practice, research, and policy in the arts and health [Hojas de ruta para promover la prĂĄctica, la investigaciĂłn y las polĂticas en el ĂĄmbito de las artes y la salud], traduce ese balance en una agenda de acciĂłn.Democratizar el arteSajnani y Fancourt venĂan trabajando sobre este tema con la OrganizaciĂłn Mundial de la Salud, para la que ya habĂan hecho una primera revisiĂłn de la evidencia. Contactaron a Ibåñez con una preocupaciĂłn: âEstaban muy interesadas en que esto no se tomara como una especie de lujo de alto nivel que solo es practicable en Nueva York y Londres. Un desafĂo importante era mostrar que esto no es un artilugio solo para privilegiadosâ, cuenta el cientĂfico.De ahĂ tambiĂ©n la elecciĂłn de las palabras. Los autores prefieren hablar de cultural engagement, participaciĂłn cultural, porque, explica, âlas artes a veces se entienden como algo muy restrictivo, como una profesiĂłn, mientras que cualquiera puede acercarse a actividades culturales, en centros comunitarios, clubes de barrioâŠâ Bajo este paraguas entran cantar, bailar, leer, pintar, tejer, escribir, actuar o mirar una obra, y tambiĂ©n las prĂĄcticas rituales y tradicionales de cada comunidad.Para Ibåñez, el asunto adquiere incluso mayor importancia porque desafĂa la forma en que suelen pensarse la medicina y la neurociencia. âSolemos concebir causas lineales con efectos simples, una mutaciĂłn provoca algo, un ĂĄrea del cerebro te impide saber aquello otro âilustraâ. Los efectos de las actividades culturales se dan en un contexto que abarca toda la vida, porque son suaves, difusos, bĂĄsicamente impactan los mecanismos de stress; es todo un desafĂo entenderlosâ.De acuerdo con el investigador, estos trabajos no fueron sencillos. Por un lado, en la ciencia hay dos mitos muy extendidos: que los efectos biolĂłgicos de la participaciĂłn cultural no se pueden medir y que son actividades inasibles, sin consecuencias reales sobre la salud. Pero tambiĂ©n hay resistencias desde el colectivo de los artistas, donde muchos temen que las artes pasen a ser âun producto secundario al servicio de la salud y no un bien en sĂ mismoâ.QuĂ© dice la evidenciaUna revisiĂłn amplia (todavĂa sin referato por pares) que reuniĂł 149 estudios sistemĂĄticos y metaanĂĄlisis sobre enfermedades no transmisibles encontrĂł mejoras de pequeñas a moderadas en ansiedad, depresiĂłn, funcionalidad fĂsica y calidad de vida en personas que emprendĂan actividades artĂsticas como escuchar mĂșsica, cantar, hacer escultura o teatro. Los beneficios se observaron en personas con cĂĄncer, enfermedad cardiovascular, problemas de salud mental y afecciones neurolĂłgicas, frente al cuidado habitual u otros controles. La danza, por su parte, mejora la fuerza de las piernas y el equilibrio, y reduce las caĂdas en adultos mayores, con una eficacia comparable a la de programas de ejercicio. En hospitales, la mĂșsica antes y durante procedimientos se asociĂł con menos dolor, intervenciones mĂĄs breves, y menor uso de ansiolĂticos y analgĂ©sicos.âLo que nosotros exploramos es de dĂłnde viene el efecto saludable de las artes y las actividades culturales âdestaca Ibañezâ. Y es bastante claro que hay mĂșltiples ingredientes. El primero es la agencia, que se asocia con el propĂłsito; por ejemplo, en el caso de un padre que pierde a un hijo y crea una fundaciĂłn para acompañar a otras familias. Ese efecto estĂĄ estudiado y se ve en el descenso de la mortalidad. La gente que carece de un propĂłsito, un sentido para su vida se muere mĂĄs rĂĄpidoâ.Pero hay mĂĄs. RegulaciĂłn emocional, reducciĂłn del estrĂ©s, atenciĂłn focalizada (âque tambiĂ©n se puede ganar con el mindfulnessâ, dice Ibañez), poder para âparar la menteâ y no sentirse solo una vĂctima de lo que nos sucede, menor aislamiento. Por eso, subraya, la fĂłrmula no es una sola: âNo hay garantĂa de que va a funcionar, todo depende de la combinaciĂłn. Las actividades culturales son una especie de âintervenciĂłn multicomponenteâ, abarcan lo cognitivo, lo emocional, lo social, lo motorâ.El primer trabajo ordena esos mecanismos en una tabla: descenso de marcadores de estrĂ©s y de inflamaciĂłn, liberaciĂłn de dopamina, mayor vĂnculo social. Incluye tambiĂ©n los relojes biolĂłgicos del envejecimiento, una lĂnea que Ibåñez estĂĄ contribuyendo a desarrollar. âYa hay evidencias que sugieren un desaceleramiento del envejecimiento biolĂłgico [en personas que practican estas actividades]â, afirma, y menciona un estudio de relojes de su propio grupo y el de Fancourt, aunque advierte que se necesita seguir confirmĂĄndola, ya que la calidad de los estudios es dispar, en algunos casos las muestras son pequeñas y los efectos, de corto plazo. Y las artes no son inocuas por definiciĂłn: tambiĂ©n pueden causar daño, desde lesiones en quienes las practican, frustraciĂłn por no poder llegar a lo que cada uno se plantea. AdemĂĄs, es difĂcil liberarse de los sesgos, porque no se pueden hacer estudios âa doble ciegoâ.âLas actividades culturales o el arte no curan el cĂĄncer, pero mejoran la calidad de vida, y el sentirse bien tambiĂ©n es parte de la salud, como lo explicita la definiciĂłn de la OMS: no solo es ausencia de enfermedad, sino un estado de bienestar pleno. Pero âadvierteâ. A diferencia de una pĂldora, esto sĂłlo se debe recetar de una forma que tenga sentido para la persona, ya que los efectos pueden ser muy variados para cada unoâ.Arte para todosEl segundo trabajo propone varias lĂneas de acciĂłn.Una es que todas las personas tengan oportunidad de participar en actividades culturales, que la DeclaraciĂłn Universal de los Derechos Humanos incluye desde 1948 pero que nadie monitorea con el rigor de otros. El punto de partida es modesto: segĂșn datos de uso del tiempo en los Estados Unidos, en un dĂa cualquiera solo una de cada veinte personas adultas dedica a las artes lo principal de su atenciĂłn. TambiĂ©n aconseja usar la cultura como herramienta frente a las desigualdades estructurales de salud; tejer circuitos, como la prescripciĂłn social, que conecten a quienes estĂĄn en riesgo con actividades culturales de su comunidad; sumar intervenciones artĂsticas basadas en evidencia a la atenciĂłn clĂnica; y reforzar la colaboraciĂłn entre mĂ©dicos, terapeutas, artistas y la inversiĂłn en investigaciĂłn.Entre los ejemplos que recorre el artĂculo hay experiencias con resultados concretos. Grecia oficializĂł en febrero de este año las âartes en prescripciĂłnâ como programa nacional de salud mental, tras dos ensayos aleatorizados. Un estudio de terapia musical en cuidados intensivos ahorrĂł unos 2.300 dĂłlares por paciente en costos mĂ©dicos directos. El programa de renta bĂĄsica para artistas en Irlanda ahorrĂł 1,39 euros por cada euro invertido. Los resultados econĂłmicos no son parejos, y algunos ensayos, como los de mĂșsica en cirugĂa en los PaĂses Bajos, no mostraron diferencias significativas de costo.ÂżCĂłmo se traduce todo esto en polĂticas pĂșblicas? âPaĂses como la Argentina tienen una riqueza cultural tremenda âcomenta Ibañezâ. Sin embargo, es un ĂĄmbito que estĂĄ totalmente desconectado de la salud. El primer paso es integrar las actividades culturales a la prescripciĂłn social y permitir que el sistema de salud, obras sociales y prepagas, las cubran. AdemĂĄs, es imprescindible capacitar a quienes hacen cultura para que tengan formaciĂłn sanitariaâ.Añade que los Estados deberĂan fijar metas nacionales de participaciĂłn cultural basadas en evidencia, âde forma anĂĄloga a como se hace con el ejercicio, la dieta o el sueñoâ, idea que la colecciĂłn propone de manera explĂcita. Para aprovechar recursos existentes, cita como ejemplo una experiencia en España: el Global Brain Health Institute propuso capacitar a cuidadores migrantes, colombianos y venezolanos sin papeles, que atienden a personas mayores o con demencia para que pudieran regularizar su situaciĂłn y, a la vez, asegurar ese cuidado. âUna cosa parecida se podrĂa hacer con los artistas âcontinĂșaâ. Esa es una intervenciĂłn de muy bajo costo.âFalta, ademĂĄs, medir, evaluar. Con Fancourt, Ibañez promueve un proyecto de siete años financiado por el Wellcome Trust, GRACE-Epi, que serĂĄ âel primer estudio epidemiolĂłgico de participaciĂłn culturalâ, cuenta. EvaluarĂĄ mortalidad y salud, y tambiĂ©n los relojes de envejecimiento que desarrolla a partir de mediciones en sangre y de epigenĂ©tica. âSi podemos cuantificarlo, podremos incorporarlo en las encuestas nacionales, en los estudios de vigilancia de salud, desagregados a nivel socioeconĂłmicoâ.En San Juan, su equipo trabaja con clubes de fĂștbol en programas de protecciĂłn de la salud cerebral, ejercicio, sueño y hĂĄbitos saludables. AhĂ ve un modelo. âMuchĂsimo mĂĄs deberĂamos aprovechar los beneficios que tienen para la salud las actividades culturales, es algo claramente de bajo costo con un impacto a mediano plazo muy, muy grandeâ, subraya.Con el sur en el centroUno de los obstĂĄculos viene de que buena parte de la investigaciĂłn se hace en paĂses de ingresos altos. Una revisiĂłn citada en la hoja de ruta encontrĂł que apenas el 3,2% de los estudios primarios sobre el papel del arte en la atenciĂłn clĂnica se hicieron en paĂses de ingresos bajos y medios, y ninguno en paĂses de bajos ingresos. Los autores piden estudios situados y rechazan expresamente exportar los umbrales de evidencia occidentales como condiciĂłn previa para actuar.Para Ibåñez, ese es el desafĂo de fondo. âLa salud emerge de la interacciĂłn entre factores biolĂłgicos, psicolĂłgicos, sociales y culturales âseñalaâ. El arte y la cultura forman parte de esas interacciones. Tenemos que construir la evidencia, las polĂticas pĂșblicas y los sistemas de salud capaces de incorporarlos de manera rigurosa y equitativaâ. Y agrega: âEste es un momento histĂłrico para la medicina. Por primera vez, las artes y la participaciĂłn cultural se integran dentro de un marco global que abarca promociĂłn de la salud, prevenciĂłn, tratamiento y cuidado. Estamos pasando de considerar las artes como un complemento opcional a reconocer la participaciĂłn cultural como parte de la forma en que entendemos, protegemos y promovemos la salud humanaâ, concluye.Los estudios se presentan el martes 22 de septiembre en el Skirball Center for the Performing Arts de Nueva York, dentro de la Healing Arts UNGA, que se extiende del 19 al 26 de este mes durante la semana de la Asamblea General de Naciones Unidas. Ibåñez es uno de los investigadores invitados.



