
Cuando Bela Lugosi murió de un ataque al corazón el 16 agosto de 1956, sus familiares anunciaron que en el cajón junto a sus restos sería sepultada la capa de seda que había utilizado en la filmación de Drácula, la primera película de la saga dirigida por Tod Browning y que lo catapultó a la fama. Eso se creía hasta que en 2011 se anunció que esa legendaria capa de seda se subastaría con una base de 1,2 millones de dólares. Se produjo entonces un escándalo y hubo acusaciones de estafa hasta que el hijo del actor, George, confesó que la verdadera prenda nunca había sido enterrada con el cadáver de su padre, y que la que habían dejado en el cajón, a manera de mortaja, era una de las muchas que había usado en otras películas.
Aquella primera capa de seda de Drácula se exhibe hoy en The Academy Museum of Motion Pictures de Los Ángeles, que se inauguró en septiembre de 2021. “Es importante para nosotros como museo poder restaurar y salvaguardar esta capa, especialmente sabiendo que gran parte de la historia material del ciclo de terror clásico se ha perdido para siempre. Estamos profundamente agradecidos con la familia Lugosi por confiarnos un tesoro que significa tanto para ellos. Esta adquisición sobresaliente representa simultáneamente al personaje del Conde Drácula como ícono cultural y a la vida y carrera de un actor extraordinario, Bela Lugosi”, dijo la curadora del Museo, Jessica Niebel, al presentarla al público.
Pocos personajes han marcado tanto a un actor como Drácula lo hizo con Bela Lugosi, como si la capa del noble vampiro de Transilvania hubiese velado sus otros papeles en el teatro y el cine y, más todavía, su pasado como militante comunista, su activismo en defensa de los derechos laborales de los artistas y su decisiva participación en la creación del primer sindicato de actores del mundo. Tanto que, al final de sus días, lo llevó a la locura.

La vocación y la lucha
Su verdadero nombre era Béla Ferenc Dezső Blaskó y llegó al mundo el 20 de octubre de 1882 en Lugoj, ciudad de la región de Banat en la actual Rumania, pero que por entonces pertenecía al Imperio Austrohúngaro. Fue el cuarto hijo de un director bancario húngaro y un ama de casa de origen serbio. La familia tenía una situación económica acomodada y desde muy chico Bela mostró su afición por la interpretación en la escuela y en grupos de teatro infantil.
Sin embargo, la muerte de su padre, cuando tenía solo 12 años, significó un brusco quiebre en su vida que lo obligó a salir a trabajar para ayudar a la devastada economía familiar. Durante su adolescencia fue minero, trabajador ferroviario y peón de varios oficios, pero a pesar de tener que cumplir con agotadoras jornadas laborales, continuó ligado los grupos de teatro de su ciudad.
El joven Bela comenzó a estudiar interpretación en la Academia de Música y Artes de Budapest, y a los 19 años ya era una estrella en su país, donde adoptó el nombre artístico de Arisztid Olt. Se especializó en interpretar papeles en obras de Shakespeare –en las que encarnó a Romeo, a Macbeth y a Hamlet- y también incursionó en la comedia. Además de su talento, contaba con su aspecto: de físico privilegiado, 1,85 metros de altura y unos ojos de color azul intenso, se lo consideraba no solo un actor sino también un galán, un papel que también le gustaba, no solo sobre las tablas sino también en la vida. Su carrera parecía tener allanado el camino al éxito, pero el estallido de la Primera Guerra Mundial lo obligó a enrolarse. Fue herido dos veces en los campos de batalla, lo que le dejó como secuela una espalda severamente dañada y el comienzo de su adicción a los medicamentos para combatir los dolores que lo acosarían por el resto de su vida.

Cuando terminó la guerra se incorporó al elenco estable del Teatro Nacional Húngaro de Budapest y al mismo tiempo se afilió al Partido Comunista, coincidentemente con la revolución que llevó a la creación de la República Soviética de Hungría. Se concentró en la actividad sindical y participó de las huelgas y las manifestaciones por mejores salarios para los actores que derivaron en la formación de la Organización Libre de Trabajadores Teatrales, que más tarde se convirtió en el primer sindicato de actores de cine del mundo, el Sindicato Nacional de Actores.
Cuando poco después la derecha contrarrevolucionaria recuperó el gobierno y restauró la monarquía, el joven Lugosi quedó marcado y debió irse del país para escapar de la represión ordenada por el regente Miklós Horthy. Se radicó primero en Austria y después en Alemania, donde interpretó adaptaciones de novelas de Karl May en pareja con la actriz judía Dora Gerson. Trabajó también con directores como su compatriota Michael Curtis –el futuro director de Casablanca– y Wilhelm Murnau, con quien participó en 1920 de su primera gran película muda de terror, La cabeza de Jano.

El rostro del vampiro
A instancias de Michael Curtis y para escapar de la convulsionada situación política de Europa decidió emigrar a los Estados Unidos, donde llegó con una trayectoria actoral que incluía cerca de 25 películas y no pocos protagónicos en obras de teatro. En Nueva York, donde desembarcó, se fue abriendo paso poco a poco, hasta que en 1927 le llegó su primera gran oportunidad: protagonizar la adaptación de Drácula, la novela de Bram Stoker, en Broadway. Sus actuaciones como el conde vampiro fueron un éxito que le valió el reconocimiento del público, mientras también cultivaba su fama de galán gracias a su matrimonio con la millonaria Beatrice Week. La relación no duró mucho debido a su affaire con la estrella del cine mudo Clara Bow, pero le dio una publicidad extra que contribuyó a fortalecer su carrera actoral. Entre el 5 de octubre de 1927 y el 19 de mayo del año siguiente, Lugosi interpretó a Drácula 261 veces en el Teatro Fulton de Nueva York, siempre a sala llena.
Esas actuaciones y una casualidad le abrieron entonces su entrada triunfal al recién nacido cine sonoro. Contratado por los estudios Universal, el director Tod Browning tenía pensado filmar su versión de Drácula con Lon Chaney, su actor preferido durante la etapa del cine mudo, pero el proyecto quedó abortado cuando Chaney murió en 1929, antes de cumplir los 50 años. La compañía cinematográfica le propuso entonces hacer la película con Lugosi en el papel protagónico, algo que el director aceptó a regañadientes porque era eso o nada. Los chismes de la época dicen que el húngaro no le gustaba a Browning como actor y que tampoco le caía bien como persona.
Durante la filmación se llevaron mal, pero la película fue un verdadero suceso que catapultó a Lugosi a la fama mundial, aunque no le aportó gran dinero, ya que había firmado un contrato por la suma fija de 3.500 dólares por todo concepto. Poco después rechazó intervenir en Frankenstein, porque el papel le exigía un exceso de maquillaje que le parecía ridículo y además no le daba demasiadas oportunidades en el diálogo, ya que el monstruo se expresaba –si así puede decirse– apenas con gruñidos. Descartado Lugosi, el papel fue para Boris Karloff, que se convirtió así en su rival en el arte de asustar en el cine de terror de los siguientes veinte años.

Prisionero del terror
Para no quedar encasillado, Lugosi intentó también incursionar en otros géneros cinematográficos, sobre todo la comedia, pero ningún estudio lo quiso contratar para otra cosa que no fueran papeles en películas fantásticas, de ciencia ficción o de terror. Les parecía imposible que el hombre al que todos identificaban con Drácula pudiera hacer reír a nadie.
Lo querían para asustar. En 1932 actuó en El doble asesinato de la calle Morgue, una adaptación del cuento de Edgar Allan Poe dirigida por Robert Florey; en La legión de los hombres sin alma, una de zombies de Victor Halperon, y La isla de las almas perdidas, dirigida por Erle Kenton sobre una novela de H.G. Wells. En los años siguientes protagonizó Satanás, de 1934, La marca del vampiro y El cuervo, en 1935. Más tarde participó también en La sombra de Frankenstein y Asesinato por televisión. Como cosa excepcional, pudo conseguir un breve papel en Ninotchka, una sátira política de Ernst Lubitsch Ninotchka, protagonizada por Greta Garbo.
Enfrentado a esa realidad, Lugosi no tardó en comprender que el éxito que había obtenido con Drácula significaba para él también una condena, casi un grillete que lo tenía encadenado a ese tipo de papeles. “¿Por qué me especialicé en interpretaciones de horror? La culpa la tiene Drácula. Cuando aparecí por primera vez en un teatro neoyorquino a mi llegada de Hungría, hice un papel simpático. El siguiente fue Drácula… y desde entonces he sido Drácula para siempre. En Hollywood ya me han catalogado como tal, y ya nunca espero hacer los papeles que yo sinceramente anhelo”, dijo en una entrevista publicada en 1933 por el diario español La Vanguardia.
Ese encasillamiento le jugó mal y al comienzo de la década de los ’40 la salud mental de Lugosi comenzó a deteriorarse, un proceso que aceleró también su adicción a las drogas, especialmente la morfina, y el alcohol. Seguía trabajando, pero solo lo llamaban para actuar casi exclusivamente en películas de terror de bajo presupuesto, muchas de ellas parodias de lo que había sido. De esos años datan Frankenstein y el hombre lobo, El fantasma invisible y El regreso del vampiro, entre otras.
A pesar de eso, durante la Segunda Guerra Mundial pareció recuperar su energía y la conciencia política de su juventud haciendo ahora propaganda contra el nazismo y presionando al gobierno estadounidense para que aceptara recibir a los refugiados judíos de Hungría. Eso le valió años después que lo investigara el Comité de Actividades Antiamericanas que presidía el senador Joseph McCarthy, que lo acusó de ser comunista.

Una parodia de sí mismo
Como cerrando una trágica paradoja, en 1948 volvió a encarnar al conde de Transilvania en una película, pero como una caricatura del personaje en Abbott y Costello contra los fantasmas, donde se parodiaba a sí mismo. Cuando le ofrecieron el papel no pudo negarse: estaba en bancarrota, acababa de divorciarse de su cuarta esposa y los dolores de espalda –que se habían agudizado– le hacían imposible salir de sus adicciones al alcohol y la morfina.
Lugosi fue una de las primeras estrellas de Hollywood que confesó públicamente su adicción y se internó a un centro de desintoxicación, cuyas cuentas pagó anónimamente Frank Sinatra, gran admirador del actor. Los grandes estudios hacía rato que no lo tenían en cuenta, pero aun así pudo volver a filmar, ahora de la mano de un director de películas Clase B, Ed Wood, que ha quedado en la historia del cine con el estigma de ser considerado “el peor director de todos los tiempos”. Con él trabajó en dos películas de bajo presupuesto, ¿Glen o Glenda? y La novia del monstruo. Estaba filmando una tercera, Plan 9 del espacio exterior, cuando murió a los 73 años por una falla cardíaca el 16 de agosto de 1956.
El inefable Wood resolvió fácil el contratiempo que le ocasionó la muerte de Lugosi: usó las escenas que tenía filmadas con él y completó la película con otras donde lo reemplazó con otro actor aficionado, el quiropráctico de su esposa, que no se le parecía en nada. El efecto es desopilante. Cuando se estrenó, Plan 9 del espacio exterior fue un absoluto fracaso de crítica y taquilla, pero con los años se convirtió en una película de culto dentro de la ciencia ficción y el terror.
Bela Lugosi no pudo liberarse de su personaje ni siquiera a la hora de su muerte. Cuentan que poco antes sufrir el ataque al corazón que acabó con su vida le confesó a un amigo que no temía morir: “Soy el conde Drácula, el rey de los vampiros, soy inmortal”, dicen que le dijo.
Fuente: Infobae — Ver noticia original