Una pequeña escultura blanca, de apenas 30,5 centímetros de altura, podría esconder una de las historias más extraordinarias del patrimonio artístico argentino. Representa a San Juan Bautista niño y desde hace tres décadas, arrastra una pregunta que todavía no tiene una respuesta definitiva: ¿fue realizada por Miguel Ángel Buonarroti cuando era un joven aprendiz en la Florencia de los Médici?
Hoy la pieza, conocida como “Il Giovannino”, permanece en manos de una familia argentina que heredó la obra de generación en generación y que, durante años, prefirió mantenerla lejos de las miradas ajenas. El temor no nació de una especulación sobre su precio, sino de una sucesión de episodios que incluyeron una investigación judicial, un allanamiento, mudanzas e intentos de secuestro.
El origen de la investigación
La historia comenzó a salir a la luz a principios de los años 90, cuando Ángel Osvaldo Nessi, historiador de arte y entonces director del Museo de Bellas Artes de La Plata, empezó a estudiar la escultura. En los años 80, la mujer que la poseía la llevó a un comercio especializado de la calle Florida, donde una especialista le señaló que podía tener entre 300 y 400 años y que era necesario investigar su historia con mayor profundidad.
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Esa consulta derivó en Nessi, quien comenzó a examinarla. “Después de siete años de trabajo, en 1997 dejó asentada su atribución a Miguel Ángel. La noticia tuvo repercusión en los medios argentinos, pero la exposición pública terminó convirtiéndose en un problema para sus propietarios”, contó el investigador y documentalista Pablo Semmartin, que forma parte del equipo interdisciplinario que asesora al dueño de la escultura.
La hipótesis de Nessi relacionaba la pieza con una escultura perdida que habría formado parte de la producción juvenil de Miguel Ángel, cuando tenía alrededor de 17 años. La noticia llegó a diarios, radios y revistas, y el historiador defendió su conclusión públicamente, incluida una declaración a Associated Press. Sin embargo, la atribución no puso fin a las dudas ni significó que la comunidad académica internacional hubiera alcanzado un consenso sobre la autoría. La documentación de Nessi constituye un antecedente central, pero la identificación definitiva de una obra de semejante relevancia exige evaluaciones especializadas y evidencia convergente.
Semmartin pudo reconstruir buena parte de aquel trabajo gracias a los más de 700 documentos que Nessi dejó después de su muerte, en 2000.
El análisis del material y la procedencia
Uno de los elementos que más le llamó la atención fue el análisis del material encargado por el historiador en 1998. El doctor Aurelio Álvarez Pérez, de la Universidad Autónoma de Barcelona, estudió muestras mediante microscopía de luz polarizada y difracción de rayos X. “El resultado identificó que la obra era de yeso alabastrino, no era mármol como había pensado Nessi al principio”, recordó Semmartin. Ese dato fue relevante porque permitió acercar la obra a la época y a la zona donde los artistas salían: “Era material del fin del cuatrocientos y provenía de una cantera de yeso alabastrino en la Toscana. En ese entonces, ese tipo de yeso se usaba en trabajos por encargo y en bocetos de jóvenes artistas que no tenían acceso al mármol”.
Según la reconstrucción de Semmartin, “la pieza llegó a Buenos Aires entre 1920 y 1930, como parte de una relación entre un descendiente de la familia Médici y una familia porteña influyente”. Su hipótesis sostiene que un integrante de esa dinastía italiana llegó desde Europa a la Argentina y fue recibido por una familia local. “Como gesto de agradecimiento, le habría entregado la figura. Desde entonces, la escultura habría permanecido dentro del mismo entorno familiar hasta llegar a manos de la madre del actual heredero, que tiene alrededor de 40 años y vive con su familia en el país”, dijo.
Durante décadas, la figura fue un objeto doméstico, transmitido como una herencia cuyo valor histórico nadie había podido establecer con certeza: “La situación cambió cuando la mujer atravesó una urgencia económica y decidió averiguar cuánto podía obtener por su venta.”
El allanamiento y tres décadas de silencio
La historia también tuvo un capítulo judicial antes de que la atribución de Nessi alcanzara su mayor repercusión pública. En abril de 1995, una denuncia de la Policía Federal, basada en información de fuentes reservadas, alertó sobre la supuesta búsqueda de una escultura por parte de enviados del Vaticano. Según esa versión, la pieza habría sido robada de la Capilla Sixtina unos 400 años antes y habría ingresado de contrabando a la Argentina. La causa quedó en manos del juez en lo Penal Económico, Julio Cruciani. El 3 de mayo de 1995 participó de un operativo junto con la Policía Federal y la entonces Secretaría de Inteligencia del Estado. Los agentes allanaron la vivienda de la familia, ubicada en Villa Luzuriaga, La Matanza, y la casa de un vecino. Sin embargo, no encontraron la escultura.
El 23 de mayo de 1995, a pedido de la fiscalía, Cruciani desestimó la denuncia “por no constituir delito” y dispuso el archivo de la causa N.º 17.914. La decisión judicial no determinó si la escultura era o no de Miguel Ángel. Lo que hizo fue cerrar la investigación penal sobre la presunta sustracción y el supuesto contrabando, hechos que no pudieron probarse. Para la familia, sin embargo, las consecuencias fueron profundas. “El actual heredero era un niño de siete u ocho años cuando ocurrió el allanamiento. Sus padres lo enviaron a la casa de un conocido durante el operativo. Después llegaron las mudanzas y el aislamiento. El pibe tuvo una vida espantosa”, relató el investigador. “Un chico al que intentaron secuestrar y que después del allanamiento se mudó seis veces. Vivió Palermo y Villa Crespo, y luego terminó en un barrio bastante remoto y aislado de la ciudad de Buenos Aires.”
La huella y los nuevos estudios
“En algún momento de la investigación original, Nessi le sugirió a la madre del heredero que dejara una huella digital sobre la pieza para identificarla en caso de robo. La marca quedó en la pantorrilla de una de las piernas de la figura”, contó Semmartin, quien considera que aquella decisión no había sido acertada desde el punto de vista de la conservación. “Los estudios más recientes indicaron que la escultura no presenta intervenciones de agentes externos durante los últimos 400 años, con la salvedad de esa marca.” La investigación avanzó con nuevas pruebas científicas. En 2023, Semmartin contactó a Josep Oriol Oms Llobet, del Instituto de Geociencias de Barcelona (GEO3BCN-CSIC), para revisar los análisis realizados décadas antes.
En junio de 2026, con equipamiento de última generación, el especialista volvió a analizarla y confirmó el resultado con mayor precisión: la obra está hecha de yeso alabastrino.
Ahora, el equipo trabaja sobre otros aspectos de la pieza. Uno de los principales focos está puesto en la pátina verdosa que se observa en el cabello: “Los investigadores buscan establecer su composición y antigüedad, además de determinar si sus características resultan compatibles con una obra del período que se analiza”. Además avanzan con un estudio del cincelado. “Estamos haciendo cuatro análisis nuevos muy importantes acerca de la pátina del cabello. También el estudio de cincelado, porque Miguel Ángel tenía una manera de cincelar con unos milímetros de inserción en la piedra”, añadió Semmartin. Más allá de todas las investigaciones realizadas hasta el momento, el especialista prefiere ser escéptico: “Todo nos lleva a que es una obra atribuible a Miguel Ángel con todas las condiciones para serlo”.
El valor y las ofertas
Después de casi tres décadas de silencio, la familia decidió volver a abrir la historia. Semmartin reunió más de 700 documentos vinculados con la investigación original de Nessi, reconstruyó el expediente judicial y promovió nuevos análisis científicos. “Hoy, la obra vale USD 100 millones. Pero si la hipótesis atributiva consigue el respaldo académico necesario, la escultura podría alcanzar un valor estimado de hasta USD 450 millones, una cifra comparable con la que se pagó por el Salvator Mundi, la pintura atribuida a Leonardo da Vinci que batió el récord mundial en una subasta en 2017″, precisó Semmartin.
Sin embargo, por el momento, no existe una certificación internacional definitiva que confirme que la obra salió de las manos de Miguel Ángel. Lo que hay es una investigación en marcha, una pieza resguardada bajo estrictas medidas de seguridad y una familia que, después de años de miedo, busca que su historia pueda conocerse sin poner en riesgo su identidad.
El caso ya despertó interés en el mercado internacional. Según la información aportada por Semmartin, el equipo mantuvo encuentros con referentes del sector, incluido un encuentro en Londres con el marchand italiano Carlo Orsi. Las negociaciones, por ahora, no se tradujeron en una operación concreta. “La última oferta fue realizada en enero de 2026 y alcanzó los USD 20 millones. Su dueño la rechazó”, manifestó.
Mientras avanzan los estudios de autentificación, “la escultura permanece en una bóveda en la Argentina”, reveló Semmartin. “Nunca salió del país, su reserva es tan estricta como la identidad de su dueño. Él quiere que la compre alguien que la ponga en un museo. No quiere que termine en manos privadas.” Entre la historia heredada, los documentos recuperados, los nuevos análisis y los millones de dólares que aparecen en las estimaciones, Il Giovannino sigue esperando una respuesta capaz de separar la hipótesis de la certeza.