La votación matutina del cuerpo técnico de la selección, apenas horas antes de la final contra España, registró apenas un voto para Leandro Paredes y por eso Nico González le ganó la pulseada para ser titular en la final del Mundial. La confirmación del equipo, Nico titular y Paredes al banco, pareció todo un aviso: Argentina no le disputaría la pelota a España. El campeón, efectivamente, se adueñó de pelota, terreno y se llevó una victoria merecidísima (pero increíblemente sufrida en el final, cuando la selección, después de casi 120 minutos de pura defensa, provocó sus dos únicas llegadas al área rival y quedó al borde de forzar los penales).Si España ya había borrado de la cancha en semifinales a la favorita Francia de Kylian Mbappé estaba claro que podía hacerlo también con Argentina, estuviese o no Paredes en la formación. Y Lionel Scaloni, además de toda la autoridad, tenía sus motivos para elegir a un Nico González que podía ofrecerle, por un lado, auxilio a Nicolás Tagliafico en la marca de Lamine Yamal y, por otro, lucir su velocidad para el contragolpe (lo que obviamente no sucedió). Pesó acaso también la última media hora impresionante de la semifinal contra Inglaterra, ya con Nico en lugar de Paredes, que había librado una hora de batalla áspera en la zona media contra Jude Bellingham. Como sea, Paredes hace recordar como pocos una vieja frase del fútbol: “decime a quién ponés de cinco y te diré cómo juegas”. Paredes es el cinco de Boca y Boca, rinda bien o mal, está mostrando cada vez más que sabe a qué quiere jugar.Lo más curioso es que Boca casi siempre se caracterizó por sus cinco aguerridos, temperamentales, el mito de Antonio Ubaldo Rattín sesenta años atrás, el colombiano “Chicho” Serna en la etapa dorada de Carlos Bianchi y luego Blas Giunta como símbolo de esa lucha: “Huevo, huevo, huevo, Giunta, Giunta, Giunta”, le cantaba La 12. Hoy está a cargo de las divisiones inferiores en Boca Predio, cuyas dos últimas joyitas, el lesionado Tomás Aranda primero y Leonel Flores luego, ambos de técnica exquisita, ya están en la órbita de la selección PosMessi. Los más memoriosos recuerdan que Boca contó también a uno de los número cinco más “brasileños” que tuvo el fútbol argentino: el “Muñeco” Norberto Madurga, campeón del equipo que dirigió Alfredo Di Stefano en 1969. Y que en ese puesto, entre otros, también lucieron los últimos años centrocampistas de calidad como Fernando Gago, Ever Banega y Alan Varela. Pero el cinco acaso más elegante que tuvo nuestro fútbol fue Fernando Redondo, zurdo, crack en Real Madrid, imposible de olvidar. Paredes, como lo fue Redondo, es calentón y canchero. Un combo peligroso, porque puede dejar muchas veces a su equipo con uno menos. Podría haber sucedido con la selección en un momento clave del Mundial de Qatar contra Países Bajos, cuando tiró ese pelotazo ridículo al banco y tensionó un partido que parecía controlado. Y allí está la imagen tras la derrota en la final de Nueva Jersey, cuando repartió golpes y afeó todo. Aun así, cuando era poco menos que centro de la ira mundial, y la FIFA le imponía diez partidos de suspensión, Paredes era admirado por otros. Doy solo un ejemplo de los tantos que me llegaron desde afuera. Su clase, inhabitual en el puesto de volante central, lo convirtió en ídolo del hijo de unos de los periodistas más importantes del fútbol mundial, colaborador de grandes diarios y que, por amor a su hijo, aprendió él mismo a observar más atentamente al volante de Boca. Contra Egipto, por ejemplo: su pelotazo de más de cuarenta metros a Tagliafico lanzado al área rival. Y luego su salvada milagrosa, dos-dos y noventa minutos de juego, nuevo y temible contragolpe africano, tres contra uno y él de espaldas y el pie estirado bloqueando el pase, salvando lo que hubiese sido eliminación en octavos. Si padre e hijo vieron ayer desde Europa el partido de Paredes contra San Lorenzo seguramente fortalecerán esa admiración. Como lo hicieron decenas de brasileños en la serie reciente contra Sao Paulo. Basta recorrer las redes. Sus números no son propios del fútbol argentino: ayer 146 toques de pelota, noventa por ciento de precisión, once quites, ganó siete de nueve duelos. Elegante (y canchero) aun en medio del diluvio. Su decisión de volver a jugar a Boca apenas cuatro días después de terminado el Mundial causó asombro. Admiración por el compromiso con su club por un lado, pero también preocupación por el descanso nulo luego de dos meses de puro encierro y trabajo con la selección. Inevitable, el esfuerzo le pasó factura y juega condicionado desde hace varios partidos, cuidándose ya sin disimulo, sin ejecutar los corners, y a veces abusando de oficio y clase, sin necesidad de correr por todos lados. Boca es el principal beneficiado de su clase, pero su vuelta al fútbol argentino es un lujo. Un lujo que la selección ojalá pueda seguir disfrutando.



