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Fue al consultorio por su enfermedad y terminó enamorada de su psiquiatra: la relación en infracción que llenó sus días de felicidad

La mujer que narra esta historia es “casi” una amiga íntima de la protagonista de hoy. Casi, porque asegura no conocerla profundamente a pesar de que se ven con frecuencia y que compartieron todo el colegio secundario. Quien habla es alguien que lee la sección de Amores Reales de Infobae cada domingo, porque dice “me divierten los asuntos del amor”. Agrega preocupada, como si no lo supiésemos todavía, que hay amores extraños que “nacen de la enfermedad”. Nuestra testigo en directo pasa a contarnos la historia de Sofía y José. Allá vamos. La voz indiscreta Sofía tiene 35 años y tiene diagnosticada, igual que su hermana menor Daniela de 31, “anorexia nerviosa”. Son parte de una familia disfuncional, llena de abandonos afectivos y negación de los problemas por tabúes sociales. Con padres muy ocupados en dirimir sus propios conflictos y con un hermano de 33 que voló a tiempo para construirse, lejos de ese núcleo familiar, una vida sana, con su pareja, en el exterior. Sofía trabaja y está instalada con su hermana en un departamento que sus padres le prestaron en la misma cuadra donde vivieron siempre. Ahora los separa una distancia de unos cincuenta metros. Sofía es la rubia; Daniela, la morocha. Son parecidas, pero en colores contrastantes. Las dos se pusieron lolas en sus veintitantos y se rellenaron los labios con la sustancia de moda de entonces. Van juntas a todos lados. Son dos alambres vestidos a la última moda. Maquillaje, tacos altos, peluquería, bijoux canchera y buenas carteras. Dos chicas, todavía jóvenes, intentando en silencio sacar la cabeza de los problemas que nadie ve. Ni siquiera ellas. Mejor dicho, que nadie trata al comienzo. Pero claro, hubo alguien que se ocupó. Una tía ayudó un día y las enfrentó: les dijo que así no iba. Que había que comer más. Que se iban a desnutrir. Que hay enfermedades que no tienen vuelta atrás. Así es que Sofía se decide, lleva la delantera por ser la mayor, y saca un turno para una psicóloga que le recomienda su amiga, la testigo anónima que hoy nos cuenta todo. La psicóloga la ve un par de veces y se alarma lo suficiente para recomendarle un psiquiatra. Le dice que la cosa se le va de las manos a ella, que necesita alguien que pueda recetarle medicamentos y manejar su trastorno alimenticio. Le da el teléfono de un profesional, un hombre grande, con mucha experiencia. Buena persona, dice, y agrega que ella lo llamará para contarle de la derivación. El amor tiene cara de oreja José se llama el psiquiatra. Sofía lo ve todas las semanas. Tan serio es su caso. Peor que el de Daniela. Que José la escuche con tanta atención como lo hace, la enamora un poco más cada día. Le prescribe medicación, le receta vitaminas y le manda a hacer estudios. Intenta que le vuelva el hambre. Más que el hambre, a Sofía se le despierta el amor. Cae subyugada ante ese sujeto estable que la mira con sus pupilas grandes mientras ella detalla penas y temores. Habla mucho, pero acostumbra a ir por la superficie. Nada de hacer pie, nada de tocar fondo, minimiza, relativiza. Profundizar no es su materia. José lo sabe desde el instante cero. La escaneó por completo. A él no se le escapa nada. Pero a él también le suceden cosas. Se enamora de ese ser vulnerable, todavía con la piel tensa de la juventud en retirada. Veintisiete años menos es bastante. Suficiente para valorar los cambios que el tiempo impiadoso va bordando en la piel. Pasan los meses y se desata el amor. No sabemos, en realidad, cómo arranca. Quién dio el primer paso. Nuestra fuente no lo sabe. Lo cierto es que Sofía es su paciente vulnerable. No pueden enterarse otros profesionales ni pacientes. Se metería en serios problemas: él está incurriendo en una grave transgresión ética. Mientras Sofía y José inician a escondidas una historia hilvanada con amor, Daniela sigue paseando su esqueleto por las calles. Ahora va sola. La familia y Daniela se enteran al mismo tiempo: Sofía y José (62) no solo tienen una relación paciente-profesional, sino también una sentimental. Imposible no darse cuenta. Preguntan un poco, pero Sofía se empaca ante cualquier cuestionamiento. Huye de las confrontaciones familiares y asegura que ahora es más feliz que nunca. Listo. Todo dicho. Sin hablar más y sin tener que ponerse de acuerdo, en silencio total deciden callar. Así es como funcionan. No cuestionar forma parte de su mundo. El muro de los silencios suma ladrillos. Nadie lo dice, ni la testigo indiscreta. Quizá esté aquí la punta del ovillo de todos los problemas intrafamiliares. Esposa y madre sorpresa Sofía mejora, come un poco más, no demasiado. Su cuerpo rechaza la comida abundante y las calorías que le aportarían, pero poco a poco la aguja de la balanza trepa un kilo, dos kilos, tres. Son indispensables para su salud. Se lo cuenta a su amiga: José le ha advertido que si no come y engorda un poco, la relación no puede continuar. Él no quiere ser cómplice de esas conductas alimenticias; no quiere una persona enferma a su lado sino a la mujer sana que puede ser. Le habla con cariño y la convence de la importancia de poner combustible al cuerpo y al alma. Sofía transige. Nuestra testigo ve que ella empieza a engullir dos medialunas cuando toman café cada semana. Lo hace con culpa, pero traga por él. Para que José se quede con ella. Seis meses después ya están viviendo juntos. José es divorciado, no tuvo hijos, y hace tiempo que vivía solo. Sofía deja el departamento compartido con su hermana y se instala a unas cuadras, en el tres ambientes de él, sobre una señorial avenida de Recoleta. Él vive y atiende allí. Desde el living, al fondo, se ve la Iglesia del Pilar. Sofía siente y lo dice: es lo más cerca que ha estado nunca de lo que cree que es la felicidad. “Se los veía juntos y bien. Él la venía a buscar al café cuando nos juntábamos los jueves por la tarde con dos amigas más y con Daniela”, cuenta nuestra voz privilegiada. Al año siguiente, Sofía queda embarazada. Para los médicos es un milagro (así se lo dijo José a Sofía y ella a Daniela y sus amigas). Por sus trastornos alimenticios la menstruación se le había interrumpido durante mucho tiempo (amenorrea). Pero con José había empezado a mejorar y había subido de peso y ¡le había vuelto el período! Los padres de Sofía vieron en esta historia una buena salida para su hija. El mejor final posible. Que alguien se hiciera cargo de ella. En ningún momento les importó la diferencia de edad ni se les ocurrió cuestionar el hecho de que el psiquiatra hubiese infringido las normas más elementales. A los 38 años Sofía tuvo a su bebé. Le pusieron el nombre del padre. Otro José había llegado para continuar con el salvataje. Daniela es la que queda en soledad, pero no tanto: mientras José padre trabaja, ellas salen juntas con José bebé. Un niño regordete, de ojos claros va en medio de dos palos de escoba bien peinados y producidos. La gente por la calle se da vuelta a mirarlos. Son un extraño trío. Sofía y Daniela no prestan atención a las miradas. Quizá sea porque van a la moda, quizá porque son bellas, quizá por envidia. Son cuatro ojos adultos que ven el mundo de una manera distorsionada llevando un pequeño ángel sonriente. Sus amigas, que son pocas, no saben cómo abordar esos temas con Sofía. Los dejan pasar. Después de todo, las hermanas llevan años así y nunca ha pasado nada grave. Otras cosas de salud, claro que sí. Hoy se parece al ayer, pero es distinto Hoy José, el hijo, ya tiene 20 años y vive solo. Estudia Derecho, trabaja medio día y tiene una novia cinco años mayor que él con quien convive. José, el padre, murió inesperadamente el año pasado a los 84. De un día para el otro, a Sofía le reapareció la soledad. Se quedó mirando la avenida sin compañía. Tampoco viven ya sus padres. Todos van partiendo. Sigue en yunta con su hermana (el hermano del medio sigue en el exterior), andando por el mismo barrio de toda su vida. Envejecen con poca carne sobre el hueso en una simbiosis un tanto conmovedora. La testigo anónima advierte: “Es obvio que siguen teniendo graves problemas con la comida. Más Sofía que Daniela. Creo que sus estómagos deben ser diminutos. Con Sofía no se puede hablar de estos temas muchas veces. Tiende a negar, pero ya las conozco desde hace tantos años que a mí no me pueden mentir. Sé, porque lo dijo Sofía, que tiene una osteoporosis avanzada, que tuvo muchos problemas con los dientes y anemia, una deficiencia de hierro importante. No sé cuántas cosas más le pasarán. ¿Otros amores? No, solo citas esporádicas. Ambas salen alguna que otra vez. Si pesaran más, se podría decir que son lindas mujeres. Además, se han hecho demasiadas cirugías. Plata nunca les faltó. No pregunto, observo. Intento ser discreta, pero me doy cuenta de todo. El único gran amor para Sofía fue José. Hizo de marido, de padre, de médico, de psiquiatra, de maestro. Todo junto. Sé que es incorrecto que se haya relacionado con su paciente, pero para mí le salvó la vida y le dio un hijo. ¡A veces está bueno saltarse alguna regla! Después de todo no le hicieron mal a nadie. Lástima que Daniela no consiguió un hombre como él para que la acompañara. Si me preguntás creo que Sofía pudo conocer los bordes de lo que puede ser un gran amor, no sé si la hondura. Sería hilar muy fino. Ella lo cuidó día y noche, como debe ser. Antes de que le diera el infarto masivo, José estuvo muy enfermo de un cáncer que logró superar. El corazón lo mató de golpe, cuando ya creían que estaba todo superado. Ahora, si me preguntás si fue una pareja apasionada… Mmmmm, no lo sé. Tengo muchas dudas. Era un amor distinto al de las películas o los libros. Hay mucho rollo en la cabeza de Sofía, no sé cuánto habrá podido José desentrañar. Ella jamás se confiesa, jamás dice verdaderamente lo que pasa por su mente. Salgo semanalmente con Sofía a tomar café. Charlamos de cosas intrascendentes o del afuera, no de temas íntimos o profundos. Para serte sincera, nunca se me ocurriría pedirle un consejo, te imaginarás. Ella sigue a su edad obsesionada con la imagen, se compra ropa cada semana y se sigue haciendo tratamientos o cirugías de párpados, arrugas y lolas. No sé cómo los médicos se atreven. Gasta fortunas en cremas y maquillaje. A veces la miro y pienso que ella debe verme horrible y vieja y abandonada. Quizá ni siquiera me ve y solo se mira ella en ese espejo que le devuelve su imagen fantasiosa. Puedo decirte que lo que yo veo es una especie de muñeca sin edad, con la piel tensa sobre los pómulos y que quiere perpetuarse sin que la vida le haga surcos. No sé cómo va a encarar los próximos años que vengan. Yo solo le hago compañía por un rato, tengo mis propios hijos, mis nietos y mi marido. Si necesita algo voy a estar y siempre intento no juzgarla aunque me cueste. La enfermedad la bloqueó desde siempre. Estoy convencida de que Sofía fue una verdadera afortunada por haberse cruzado con José en su vida y haber tenido a su pequeño José. Es mucho más de lo que su hermana Daniela jamás tuvo”. Nuestra testigo sin nombre me muestra fotos de otra época. La misma delgadez con distintas modas. Retengo esa cara y ese cuerpo hambriento acostumbrado a la carencia. Se ha vuelto inapetente a la fuerza. Quizá escriba la historia. Hace unos días ocurrió lo impensable: las veo pasar del brazo a las once de la mañana. Son Sofía y Daniela. Inconfundibles. El sol les ilumina la cabeza. Sus prolijas melenas amarilla y negra se bambolean al ritmo de sus pasos. Las esquivo sin dejar de mirarlas anonadada. Van impecables, maquilladas, impolutas. Esa misma tarde llamé a su amiga/testigo para contarle que escribiría la nota. Ella dice que las hermanas siguen “igual que siempre” y que acaban de mudarse a vivir juntas en la casa de Sofía y que pusieron en alquiler el departamento de solteras. Agrega: “No se quejan nunca de nada. A veces, aparece el hijo por el café al salir del trabajo. Pasa cinco minutos y se va. Es un buen pibe. Su novia no interactúa mucho con su suegra ni con la hermana de su suegra. Creo que ella debe notar la patología familiar y se preserva. ¿Qué pide Sofía en el bar? Lo mismo que pedía cuando vivía José: dos medialunas de grasa, las flaquitas y saladas y un café cortado. Estoy segura de que no vuelve a masticar nada más hasta el día siguiente”. Le agradezco a nuestra relatora y me pongo a escribir sobre este amor entre un cuerpo no aceptado y el restaurador de psiquis. Sé que estos trastornos tan frecuentes desde hace décadas (la anorexia nerviosa y la bulimia, entre otros) se han llevado antes de tiempo a tantas mujeres. No olvido a Karen con su voz de ángel. De Karen Carpenter, hablo. El espejo es un enemigo para ellas. Ante sus ojos siempre entrega una imagen deformada. Pienso en la salud mental y en las dificultades para que un tratamiento sea efectivo. Me viene a la mente el título de un libro que leí hace muy poco de la autora francesa Delphine de Vigan: Días sin hambre. En esas páginas la escritora cuenta de manera conmovedora y visceral su paso por la anorexia. Desgarrador y revelador. Lo recomiendo. Pensé, jugando con las palabras, si esta historia podría llamarse “amor sin hambre”. Porque a simple vista es uno de esos que carecen del alimento de la pasión, pero que sin dudas ha tenido otros importantes condimentos como la ternura, el cuidado y la mirada. José se convirtió en el salvavidas de Sofía y la relación funcionó. A su manera, como todas. Quizá los corazones de Sofía y José no entren en la categoría de los grandes amores llenos de turbulencias y con relaciones carnales intensas, esas que impulsan la escalada de la adrenalina, sino más bien en la de los amores reales más frágiles. Uno donde la vida pendió de un hilo y aún así pudo engendrar vida. Quizá ese espíritu esperanzador sea más que suficiente para demostrar que esta historia debía contarse. *Escribinos y contanos tu historia: [email protected] * Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres de los protagonistas serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas

Fuente: Infobae — Ver noticia original

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