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De la Antártida a la línea de ensamble: tres décadas importando para fabricar motos

Roberto Vicente Martínez, empresario del sector de las motos en Argentina, cuenta cómo los tránsitos largos, la zona franca y los vaivenes de la importación moldearon la forma de fabricar en el país
De la Antártida a la línea de ensamble: tres décadas importando para fabricar motos

Roberto Vicente Martínez es empresario del sector de las motos en Argentina (Foto: Movant Connection)

“Del 82 al 92 estuvo cerrada la importación total: ni motos, ni partes, ni repuestos, ni nada”. Roberto conoce de cerca esos ciclos: en tres décadas pasó de importar unidades terminadas a fabricarlas con partes que llegan desde Asia. En esta charla recorre la coordinación diaria con proveedores en otro huso horario, la distribución en todo el país y la pasión que lo sostiene.

¿Qué lugar ocupa la logística en una industria como la de las motos?

El comercio exterior nos atraviesa a todos de punta a punta. En las motos, primero fue la importación: los contenedores salían de la ex Checoslovaquia por tierra hasta Hamburgo, y de ahí a Buenos Aires. Entre 2000 y 2006 se importaban motos 100% ensambladas (CBU). Desde 2006 se fabrica con insumos: llegan totalmente desarmadas, salvo el motor, que viene como conjunto.

Hoy el producto nace en origen como partes. Se carga en contenedores de 40HC, va por tierra hasta el puerto y embarca: son unos 60 días de tránsito desde China y 45 desde India. En Buenos Aires son unos cinco días de puerto, y de ahí a la planta, en la provincia de Buenos Aires, donde se hace el ensamble.

Una vez ensamblada nace la moto, y empieza la distribución: hay que ponerla en Ushuaia, en Posadas, en Salta, en todo el país, a través de más de 80 distribuidores. Es producto, logística, producto, logística. Siempre es la logística la que lo lleva de un lugar a otro.

¿Cómo se gana previsibilidad cuando la producción depende de tránsitos tan largos?

Con más de 30 años en esto, uno ya está acostumbrado a que las cosas sucedan. Entonces hay que prever, siempre anticiparse. Si sabés que tenés 60 días de producción y 60 de transporte, entre la orden de compra y la llegada a Buenos Aires pasan 150 días. Y si son 150, tenés que tomarte 170 o 180.

Para no jugar tan fino se opera con la zona franca de La Plata. La mercadería se estoquea ahí y forma como un pulmón, con un stock muy grande. De ese almacén general se va retirando hacia la planta para tener una producción constante.

Años atrás no se operaba con zona franca y se generaban baches por las demoras. Pasan muchas cosas en el tránsito: algo que era de 45 días se te va a 60. Imaginate 15 días sin mercadería para abastecer la planta: tenés toda la planta parada y toda la gente sin saber qué hacer.

¿Cómo fue tu primera importación?

Tenía 30 y algo de años y una compañía europea me había nombrado su representante. Imaginate los nervios. Por suerte, lo que venía en el contenedor ya estaba vendido. El barco pasó por Brasil, todo bien; llegó a Montevideo, descargó, todo perfecto.

De Montevideo se fue a la Antártida con mi contenedor adentro. Tenía que llevar partes para una base polaca, y estaba cargado de tal manera que no se podía bajar el contenedor sin descargar primero lo de la base. Lo que eran cuatro o cinco días se fue a un mes.

¿Cómo impactaron en el sector los cambios en la política de importación?

Las importaciones en Argentina siempre dependieron de los ciclos políticos. Se abrieron en el 77 y se cerraron en el 82. Del 82 al 92 estuvo cerrada la importación total: ni motos, ni partes, ni repuestos, ni nada. Los que vivíamos de las motos tuvimos que transformarnos e inventar.

En el 92 las puertas se abrieron de nuevo y no se cerraron más, pero hubo períodos duros para obtener permisos, incluso para el ingreso de insumos de los fabricantes. Y estuvieron las crisis: con el efecto tequila se pasó de vender mil motos por mes a 70. Los golpes vienen de izquierda y derecha, y hay que atajarlos lo mejor posible.

¿Cómo es hoy la coordinación diaria con los proveedores del exterior?

Muchas veces, después de cenar, me pongo a trabajar a las once de la noche, porque en China son las diez de la mañana. Son entre ocho y diez proveedores, y con cada uno hay que coordinar: este ya está listo, pedí los contenedores, para qué fechas, mandámelo. Es una constante.

La clave es la comunicación, también con el forwarder. El mail casi no se usa: todo va por aplicaciones de mensajería, por la velocidad. Quiero todo ya, todos comunicados y todo triangulado. Producto, logística, cliente: si faltara una de esas patas, nada de lo que estamos hablando sería posible.

La moto parece ser mucho más que un rubro para vos. ¿Qué lugar ocupa la pasión en tu trabajo?

Tengo el privilegio de trabajar de mi pasión. A los 20 años tuve un accidente terrible en moto y les dije a mis padres que no podía dejarlas, que al ver una la sangre me hacía burbujas. En la crisis del 95 se me ocurrió unir Ushuaia y La Quiaca en menos de 80 horas como publicidad, y lo hice cuatro veces, la última en 2016.

Hoy, antes de lanzar un modelo, con mi esposa nos subimos a una moto igual y salimos de viaje sin vehículo de apoyo, a hacer lo que va a hacer el usuario. Tengo 64 años, estoy en esto desde los 15 y sigo sintiendo lo mismo que ese chico. La pasión es el súper combustible, un combustible atómico.

¿Qué mensaje les dejarías a los jóvenes profesionales y estudiantes?

Algo que me enseñaron de muy chico: ser el mejor en lo tuyo. No el mejor de todos, porque siempre va a haber uno mejor que vos, sino tu mejor versión. La mediocridad te lleva al fracaso, y la única manera de luchar hacia el éxito es poner todo lo tuyo.

Fuente: Infobae — Ver noticia original