Carmen Giangrossi (47) es oficial pública del Registro Civil del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, rol que popularmente y en otras jurisdicciones se denomina juez de paz. En su caso, tras la sugerencia de una pareja que la bautizó así, es “la jueza del amor”.
Aunque durante muchos años la ceremonia terminaba con el clásico “los declaro marido y mujer”, hoy esa frase fue reemplazada por “quedan unidos en matrimonio”, la cual incluye a todas las identidades de género que quieran casarse. En el caso de Carmen, a lo estrictamente formal se le suman muchos otros detalles que hacen de lo que podría ser un mero trámite, un momento inolvidable tanto para los novios como para los invitados.
“Me he encontrado con personas en el supermercado que me dicen ‘ay, doctora, usted me casó’”, reconoció la funcionaria en diálogo con Clarín. Y esa es su intención: generar recuerdos que vayan más allá de lo que la ley y el protocolo exigen.
“Obviamente que es el acto jurídico y que es supremo; sigo todo lo que tengo que seguir de la ley, pero lo hago de una manera dinámica, didáctica y para no aburrirme ni yo, ni los novios, que viven un momento especial”, explicó. Por eso en sus casamientos surgen anécdotas peculiares.
Mientras recordaba algunas de ellas, trajo un suceso del día anterior: la flamante novia había perdido a su padre poco tiempo atrás. En ese marco, durante la ceremonia la pareja eligió dejar una silla vacía con la siguiente leyenda: “Reservado. En honor a quienes no están físicamente, pero viven por siempre en nuestros corazones”.
El ambiente descontracturado que “la jueza del amor” encabeza permite situaciones de este tipo. El “sí, quiero”, entonces, se llena de detalles únicos.
Cómo es un casamiento por civil personalizado con “la jueza del amor”
Carmen cuenta que, contrariamente a lo que muchas veces suele decirse, la gente se sigue casando y que, mayoritariamente, son parejas de alrededor de 30 años de edad. Según dijo, “muchos manifiestan que tienen un proyecto de familia y quieren estar casados antes de ser mamás o papás”.
Hay otros casos donde “quieren poner los papeles en orden después de 20, 30, 40 o 50 años de convivencia”. “Hay de todo, en realidad”, aclaró la abogada -título obligatorio para ejercer su cargo- que desde hace 11 años oficia matrimonios en la Ciudad de Buenos Aires.
En cambio, en la modalidad que permite celebrar el matrimonio en domicilios privados –una opción disponible en la Ciudad de Buenos Aires- Giangrossi tiene otro tipo de libertades. Entonces, tiempo antes del casamiento se comunica con los novios y preparan el evento.
“Trato de ponerme de acuerdo con ellos para tener una videollamada, para que me cuenten o me den material acerca de qué es lo que les gustaría. Ahí armamos la historia de amor, dónde se conocieron, hace cuánto que están juntos. Esas preguntas que son el hilo conductor como para empezar la ceremonia. Tal vez me cuentan alguna anécdota que quieren compartir con sus invitados. Son otros tiempos y las ceremonias mucho más personalizadas”, explicó.
Más allá de lo especial que puedan resultar este tipo de bodas, destacó la funcionaria, cuando se realizan estos casamientos también hay que tener en cuenta aspectos reglamentarios. “Ante todo, para ver si cumplen los requisitos legales, porque hay gente que se casa en domicilios privados para tratar de obviar alguno, por ejemplo, que no estén dando bien el consentimiento”.
Según el Ministerio de Justicia, para que un matrimonio se lleve a cabo es indispensable el consentimiento libre de ambos contrayentes expresado en forma personal y conjunta ante la autoridad competente para celebrarlo, excepto en el caso de matrimonio a distancia. Son los oficiales públicos quienes chequean este punto.
Casarse en Argentina: “Es un hito político y jurídico, todos tenemos las leyes para ejercer nuestros derechos como cualquier habitante del planeta”
“Es jueza del amor porque de paz no tengo nada”, bromeó Carmen al explicar el nombre con el cual se la conoce en las redes sociales. No fue una denominación que surgió de sí misma sino la forma en que la bautizó una de las parejas que pasó por sus actas.
Su trabajo, aseguró, la enorgullece. Disfruta de cada unión, pero también cuando vuelve a su casa y sus hijos le preguntan: ‘Mami, ¿a quién casaste hoy?’. Cada día y cada boda es una historia distinta.
“Me motiva expresarme junto a ellos en un hito que es político y jurídico, que tenemos leyes en igualdad y vienen parejas de todo el mundo a casarse a Argentina porque las leyes de sus países no lo permiten”, enfatizó. Y añadió orgullosa: “No importa la persona, no importa el sexo, no importa la nacionalidad: absolutamente todos tenemos las leyes para ejercer nuestros derechos como cualquier habitante del planeta”.
Gracias a la ley de matrimonio igualitario -sancionada en 2010-, a lo largo de su experiencia profesional tuvo la oportunidad de casar a personas que en sus países de origen no podían hacerlo: “Hay turistas que vienen y se casan en el Registro Civil de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, y a mí me da un orgullo tremendo que así pueda ser; que cada uno puede elegir si casarse o no es maravilloso”.
“¿Dónde escondiste el anillo?”: el anecdotario infinito de “la jueza del amor”
Cuando Carmen tiene la posibilidad de explayarse y acordar con los novios una ceremonia por fuera de los cánones tradicionales, las anécdotas que surgen de cada unión parecen ser infinitas.
Entre las destacadas, aparece la de una pareja en la que el novio comenzó a relatar que habían hecho un viaje al sudeste asiático y que su intención era proponerle casamiento a su futura esposa en un templo al que se llegaba subiendo una montaña, pero con poca ropa.
“Era un contador de historias maravilloso”, recordó la jueza. Así, el hombre avanzó en su evocación donde la desnudez era protagonista (llevaban unas túnicas que luego debían sacarse) y llegó un punto en que contó lo que dejó a los invitados entre el asombro y la incomodidad: “Me tuve que esconder el anillo porque si no mi novia se iba a dar cuenta de lo que iba a hacer”. Tras esa frase, reconstruyó la oficial, “la abuela de la novia quedó con la mandíbula como en los dibujitos animados”.
Finalmente, Giangrossi fue directamente al punto: “Mirá, yo te tengo que preguntar, porque acá estamos todos atónitos: ¿Dónde escondiste el anillo?”, consultó al novio para despejar toda duda posible. Finalmente -y con mucha gracia- el hombre contó que su estrategia fue mentirle a su novia y decirle que se había lastimado el “dedo gordo” del pie. Entonces, ocultó el anillo allí con un apósito adhesivo.
Con toda esta aventura encima, al llegar al lugar de destino se sacó el anillo del pie e hizo su peculiar propuesta de matrimonio. Todo el relato fue celebrado por los protagonistas de la boda y por los invitados.
Fuente: Clarín — Ver noticia original