Si se admite que la tradición de la poesía norteamericana tiene madre fundadora y padre fundador, de la fecunda descendencia y sus ramificaciones surge en las primeras décadas del siglo pasado el nombre de un poeta en el que parecen armonizar las grandes líneas que aquellos representan. Si en Walt Whitman prevalece la voz expansiva, abierta, plural, que proclama esos mismos caracteres para dar cuenta de la experiencia en el mundo, es Emily Dickinson su reverso, una voz vuelta hacia sí, que revela en su relación con la naturaleza y las cosas, otro aspecto del paisaje interior.
Wallace Stevens, de él se trata, llevó tan lejos como pudo la realización en el poema del encantamiento del mundo, o lo que, en otros términos y otra tradición, Lezama Lima describió como “la cantidad hechizada”. Stevens encontró en la noción de “ficción suprema” una extensión de la poesía, es decir, el atributo de acercamiento a la realidad, de la que forma parte y por lo tanto se alimenta, en un círculo en constante rotación: “Soldado, hay una guerra entre la mente/ Y el cielo, entre el pensar y el día y la noche./ Por eso está el poeta siempre al sol”. La imagen como fuerza centrípeta, la imaginación como instrumento que organiza pensamiento y percepción, son los elementos centrales de su poesía y de su reflexión sobre esta.
Nacido en 1879 en Pensilvania, Wallace Stevens escribió poesía desde muy joven, pero recién en 1923, a los cuarenta y cuatro años, publicó su primer libro, Harmonium, varios de cuyos poemas habían aparecido antes en revistas especializadas. Entre tanto, se desempeñaba profesionalmente como abogado en la Hartford Livestock Insurance Company, la empresa de seguros de la que llegaría a ser vicepresidente. Cierto desdén o reticencia hacia los ambientes literarios, la monotonía de sus costumbres personales, y hasta el aspecto que se desprende de sus fotografías, lo alejan de la figura del poeta que dibujan las convenciones, y recuerda lo que W.H. Auden decía sobre este tópico: “El poeta es mucho más parecido a un hijo de vecino que a Kelley a Sheats (inversión deliberada de las iniciales de dos de los poetas románticos ingleses más significativos). Lleva el pelo corto, zapatos acordonados, sobrero de hongo, usa traje a rayas finas y va a trabajar al banco en el tren local.” Stevens seguramente habría sonreído con aprobación. Pero, más allá de maneras de ganarse el pan o preferencias en el arte de vivir en sociedad, hay en Wallace Stevens una constancia que es una fe, con la que sostuvo a lo largo de su vida uno de los proyectos poéticos más singulares del siglo XX.
Algunos de los poemas más célebres de Stevens pertenecen a aquel primer libro. El tratarse de una obra que vio la luz pública en su madurez o al menos al alcanzar una plenitud primera -que irá en ascenso, aunque la lógica misma de plenitud contradiga la posibilidad de un acrecentamiento- podría responder en parte a esta cuestión. “Trece maneras de mirar un mirlo”, “Domingo a la mañana”, “Exquisito nómade”, “Peter Quince en el clavicordio” y “El muñeco de nieve” son algunos de ellos. Pero pertenecen también a Armonio otros como “Matices de un tema de Williams”, donde ensaya un par de variaciones a “El hombre”, un poema de quien fuera su amigo, el reconocido poeta de Paterson, y varios más que, aunque de tono menor en apariencia, revelan el dominio de Stevens sobre su voz: “Últimas miradas a las lilas” y “El emperador de los helados” valen de ejemplo. Tuvo que pasar más de una década hasta la publicación de un segundo volumen, Ideas de orden, al que seguirán varios libros fundamentales, en los que irán apareciendo sus poemas más complejos, aquellos que acaso representen el punto más alto de su labor, como “Las auroras de otoño”, “El hombre de la guitarra azul”, o “Notas para una ficción suprema”, entre tantos otros.
Se ha hablado aquí de fe, que debe ser considerada en su carácter laico no menos que en el difuso, o sensible, terreno de la religiosidad. La conversión del poeta al catolicismo sobre el final de su vida es controversia entre biógrafos y críticos, pero lo que cabe señalar es la clara disposición de espíritu en Stevens en torno a la secuencia que articula contemplación, atención y creación, elementos que dan espesor a sus poemas. En un ensayo, el poeta Alejandro Crotto escribe: “El amor de Stevens por la materialidad del mundo es fundamental, en el sentido estricto: se apoya en él para escribir su poesía. ‘Lo real es solo la base. Pero es la base’, dice en uno de sus más famosos adagia. De ahí le viene la claridad para lograr que la imagen poética dé cuenta de aspectos materiales de nuestra experiencia”.
La poesía de Stevens obliga a revisar las ilusiones del objetivismo. La materialidad del mundo -no la superstición de una realidad objetiva- no niega ni rechaza la subjetividad del poeta, ni aun el componente de abstracción que la realidad misma aloja. El poema se propone como una interrelación entre partes: “La poesía es el tema del poema, / De eso el poema surge y // A eso retorna. Entre los dos, / Entre el surgir y el retornar, // Hay una ausencia en la realidad, / Las cosas como son. O eso decimos. // Pero ¿están separadas? ¿Es acaso / Ausencia en el poema, que allí adquiere, // Sus verdaderas apariencias, verde sol, / Rojo de nube, tierra que siente, cielo pensante?”.
Un prólogo ajustado a cargo del traductor Pablo Ingberg, con la información biográfica necesaria y muy buenas consideraciones críticas, se completa con algunas especificaciones en torno a las particularidades métricas, rítmicas, de prosodia en el original, que permiten una reflexión adecuada en relación a estas versiones: “Un riesgo alto que suele enfrentar la traducción, en especial en estos casos, es que, por temor a que rarezas de la traducción se entiendan, no como recreación de rarezas del original, sino como flaquezas o tropiezos de quien traduce en el manejo de la lengua a la que traduce, y a menudo por temor a que quien lea no entienda algo, se produzca una traducción menos audaz en su lengua que el autor en la suya”. Pablo Ingberg, además, acompaña la edición con un apartado de notas de gran utilidad.
Wallace Stevens declaró alguna vez que buena parte de su poesía surgió durante las caminatas que realizaba desde su casa hacia el trabajo, apuntes que iba anotando en pequeños papeles que luego su secretaria pasaba en limpio. La anécdota, que pone bajo sospecha la idea de inspiración o arrebato, ilustra en todo caso la actitud vitalista de un poeta que no escindía el trabajo de la mente del elemento irracional, la observación rigurosa junto a la indeterminación. Pasados los sesenta años dio a conocer Partes de un mundo (1942), Transporte al verano (1947), Las auroras de otoño (1950), libros que constituyen un verdadero legado, e irradian la majestuosidad de su obra, como estos versos de ese gran poema que es “Esthétique Du Mal”: “Exceptuados nosotros, el Vesubio podría consumir / La tierra más remota en fuego sólido y no conocer / El dolor (ignorando gallos que nos despiertan / A la muerte). Esto es una parte de lo sublime / De la cual reculamos. Pero, salvo nosotros, / El pasado total no sintió nada cuando lo destruyeron.”
Poesía completa, Wallace Stevens. Trad. Pablo Ingberg. Cuenco de Plata, 832 págs.
Fuente: Clarín — Ver noticia original