Cuentan que Lula ganó miles de nuevos votos cuando en el último debate presidencial reaccionó indignado ante la burla de Flavio Bolsonaro de llamarlo “nueve dedos” por el dedo que perdió cuando trabajaba de noche como menor de edad. “O trabajaba o no comía”, le dijo Lula, que exigió disculpas y las obtuvo. Fue un momento tenso, en un país que tiene catorce millones de personas que sufren alguna discapacidad. El colega Diego Morillas, uno de los mayores especialistas de boxeo en el país, escribió anoche en sus redes un mensaje al derrotado candidato de la ultraderecha: “Cuando te burles de alguien a quien le falta un dedo, acordate que para ganar por nocaut con tener diez nudillos ya es suficiente”.
Juca Kfouri, acaso el periodista deportivo más notable del periodismo brasileño del último medio siglo, me escribió anoche su felicidad porque Lula, elegido presidente por cuarta vez, derrotó no solo a Bolsonaro, sino también “a Donald Trump, a las big techs y a los fascistas de Brasil”. Y a las “bets”, añadimos luego, por las casas de apuestas (la ludopatía arrasa entre los adolescentes) que inflaron los presupuestos de los clubes de fútbol de Brasil, y que apelaron ahora la prohibición que les impuso Lula. Los clubes amagaron inclusive paralizar el campeonato como señal de protesta. “Exigieron volver a jugar cuando la pandemia mataba a setecientos mil brasileños pero amenazan parar ahora porque les prohíben patrocinar a casas de apuestas”, respondieron colegas en Brasil, críticos de la dirigencia y libres ellos del virus de las apuestas, que compran clubes, jugadores y prensa, además de arruinar vidas.
El expresidente Jair Bolsonaro trasladó a su hijo Flavio la simpatía mayoritaria del fútbol por su figura, pero en los días previos a la votación decisiva de anoche fueron siendo cada vez más los jugadores que salieron a la cancha por Lula, además de los conocidos exfutbolistas Walter Casagrande, Raí y Juninho Pernambucano, históricos simpatizantes del candidato del PT. Sumaron luego Richarlison y su denuncia con pruebas sobre la isla que una pandilla bolsonarista le robó en Angra dos Reis, el capitán de Barcelona Raphina, Paulinho y hasta el argentino Agustín Giay (Palmeiras) y el uruguayo Miguel Merentiel (Boca) celebrando goles con la L de Lula. Pero el caso más notable, lo dijo anoche el propio Lula, fue el aporte del diputado Andre Janones, hijo de una empleada doméstica, “cerebro digital” clave para revertir la derrota de la primera vuelta. Anoche Lula, que cumplirá 81 años, lo ubicó a su lado y levantó la mano de Janones, que respondió con sonrisa plena. Janones subió al palco con la camiseta de la selección de Brasil, de la que se había adueñado el bolsonarismo y él replicó que esa camiseta debía ser de todo el pueblo y no de un partido político.
Un hombre con camiseta brasileña fue entonces el que le dijo a millones de brasileños, y esto es textual, que Lula era como Leo Messi y que todo el resto debía comportarse como lo hizo la selección de Lionel Scaloni, correr todos por él, por Messi, para que el genio, Lula (o Messi) pueda lucir su genio. Lula y Messi, además, ejemplos ambos de persistencia. El político presidente recién en su cuarta postulación y el futbolista campeón mundial recién en su quinto intento. Es cierto, el brasileño, si bien orgulloso como “pentacampeón mundial”, y aún con su selección hoy alicaída, tiene una relación menos fanática que la nuestra tal vez con el fútbol. Recuerdo en pleno Mundial 2014 en Brasil que seguí un partido de Argentina en un bar de Sao Paulo con una decena de jóvenes brasileños vistiendo camiseta albiceleste y cantando nuestras típicas canciones de cancha, sin que nadie los tachara de traidores o algo cercano.
El “Brasil decime qué se siente” que les cantamos 24 horas sobre 24 en el Mundial en su propia casa suena impensable aquí en situación inversa. O el video viralizado de Lula como Diego Maradona haciendo jueguito al ritmo de “Life is life”. Dicho esto, Janones usando la figura de “La Scaloneta” de “todos para Messi” no hace más que darle un reconocimiento global al compromiso colectivo de nuestra selección campeona en Qatar y subcampeona en Estados Unidos. La popularidad del fútbol, sabemos, ayuda pero jamás puede definir batallas políticas. Solemos escuchar lecciones desde el Primer Mundo, pero Brasil anoche hizo escuchar la suya: al presidente derrotado en la elección anterior, la justicia lo condenó a veintisiete años de cárcel porque no aceptó su revés y lideró un intento de golpe de Estado. Un aviso para cualquier otro derrotado. En Estados Unidos pasó casi lo mismo. Pero al presidente que alentó el golpe la justicia le permitió todo y hoy está de vuelta en Casa Blanca. Eso sí, él también derrotado por Lula.