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Un gato, una golpiza y una úlcera: el oscuro final del Petiso Orejudo en la cárcel del fin del mundo

Cayetano Santos Godino pasó 21 años en el presidio de Ushuaia, hoy convertido en museo, donde una figura de cera lo recuerda en la celda 90. Cómo era la vida en el penal destinado a los presos más peligrosos del país.
Un gato, una golpiza y una úlcera: el oscuro final del Petiso Orejudo en la cárcel del fin del mundo

Una celda del antiguo presidio de Ushuaia guarda una de las historias criminales más oscuras del país. Allí, un muñeco de cera representa a Cayetano Santos Godino, conocido como el Petiso Orejudo, quien asesinó a cuatro niños, intentó matar a otros y provocó incendios en distintos edificios antes de cumplir los 17 años.

El lugar que lo alojó durante las últimas dos décadas de su vida es conocido como la cárcel del fin del mundo. Construida en Tierra del Fuego para recibir a delincuentes considerados peligrosos y reincidentes, la prisión funcionó durante décadas en una de las zonas más aisladas del territorio nacional.

Godino pasó 21 años detrás de sus rejas. Murió el 15 de noviembre de 1944, a los 48 años, después de ser trasladado de urgencia a la enfermería del penal por una hemorragia interna.

Su fallecimiento quedó rodeado de versiones contradictorias. La explicación oficial atribuyó la muerte a una úlcera gastrointestinal, pero entre los presos circulaba otra historia: aseguraban que varios internos lo habían golpeado brutalmente después de descubrir que había estrangulado al gato que tenían como mascota.

Cómo era la prisión que alojó al Petiso Orejudo

La construcción del presidio respondió a un proyecto del Gobierno nacional que buscaba establecer una colonia penal en Tierra del Fuego. La iniciativa pretendía reproducir el modelo utilizado por Inglaterra en Australia: alejar a los delincuentes de los principales centros urbanos y aprovechar su trabajo para desarrollar el territorio.

Por su aislamiento geográfico y las duras condiciones climáticas, Ushuaia ofrecía un escenario considerado apropiado para ese objetivo. Los responsables del proyecto buscaban dificultar cualquier intento de fuga y mantener lejos a los condenados por delitos graves.

La prisión comenzó a funcionar en 1902 y su construcción demandó 18 años. En 1911, un decreto presidencial fusionó el Presidio Militar con la Cárcel de Reincidentes de Ushuaia.

Para 1920, el establecimiento tenía cinco pabellones con 76 celdas exteriores cada uno. Aunque las 380 celdas habían sido diseñadas para alojar a una sola persona, el penal llegó a recibir a más de 600 presos.

Cada pabellón tenía una distribución que respondía al modelo arquitectónico panóptico. Las distintas alas desembocaban en un hall central desde donde los guardias podían controlar los movimientos de los internos.

Las celdas tenían muros y pisos de piedra, además de una pequeña abertura enrejada de apenas 20 centímetros cuadrados. Durante los meses de invierno, la oscuridad podía extenderse durante más de 15 horas, una condición que acentuaba el aislamiento de los condenados.

Los presos llegaban en barco, con grilletes en los tobillos y bajo custodia militar. El frío, la soledad y el régimen disciplinario hicieron que Tierra del Fuego recibiera los sobrenombres de “la Siberia criolla” y “la tierra maldita”.

A diferencia de lo que podía imaginarse por las dimensiones de las celdas, los internos pasaban buena parte del día fuera de ellas. El régimen penitenciario estaba organizado alrededor del trabajo, la enseñanza primaria y una disciplina estricta.

El trabajo de los presos y la vida cotidiana en Ushuaia

La cárcel llegó a tener 30 sectores de trabajo, algunos ubicados fuera del edificio. Los internos participaban en actividades de carpintería, panadería, zapatería, metalurgia y mecánica, entre otros talleres.

Los trabajos no estaban limitados a cubrir las necesidades del establecimiento. Los presos también participaron en la construcción de calles, puentes y edificios públicos que acompañaron el crecimiento de Ushuaia.

Del libro de Adrian Caetano. 

La explotación forestal era otra de las tareas habituales. Los condenados se trasladaban hacia los bosques para cortar árboles y abastecer de leña tanto al presidio como al pueblo.

Para esos desplazamientos utilizaban un tren a vapor que comenzó a funcionar en 1910. El recorrido llegó a tener 25 kilómetros y atravesaba zonas cercanas al actual Parque Nacional Tierra del Fuego.

Los internos recibían una remuneración por sus actividades. El dinero se depositaba en una cuenta personal para que pudieran disponer de él cuando recuperaran la libertad.

Durante su funcionamiento, el penal también incorporó servicios que fueron fundamentales para la ciudad. Allí funcionaron la primera imprenta, el teléfono, la electricidad y otros espacios destinados a atender las necesidades de la población.

El complejo contaba con una cocina, una panadería, talleres separados y una administración ubicada frente a la bahía. En 1943 inauguraron un hospital moderno que luego fue utilizado por la Base Naval y durante mucho tiempo fue el único centro hospitalario de la zona.

La celda 90 y el recuerdo del Petiso Orejudo

En la actualidad, el antiguo presidio funciona como parte del Museo Marítimo de Ushuaia y conserva espacios que permiten reconstruir cómo era la vida detrás de sus puertas. Uno de los sectores más visitados es el dedicado a los criminales que alcanzaron notoriedad durante su paso por la prisión.

La celda número 90 está asociada a Cayetano Santos Godino. Allí, una representación de cera recuerda al hombre que llegó a convertirse en uno de los personajes más conocidos de la historia penitenciaria argentina.

Los carteles del museo reconstruyen sus ataques y los episodios que precedieron a su detención.

Godino fue detenido en 1912, después de su último homicidio. Por su edad, inicialmente quedó bajo custodia en instituciones destinadas a menores y posteriormente fue trasladado al Hospicio de Las Mercedes, donde también protagonizó episodios violentos contra otros pacientes.

Los registros exhibidos en el museo describen que los médicos lo declararon alienado mental y mencionan un diagnóstico de “imbecilidad incurable”. Después de permanecer recluido en distintas instituciones, fue destinado al presidio fueguino, donde pasó el resto de su vida.

Su tumba fue profanada y el mito sostiene que se usaron su cráneo de pisa papeles. 

Fuente: Crónica — Ver noticia original