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Un castillo abandonado en Buenos Aires y fantasmas que «están enojados con lo que pasó»: las tragedias detrás del palacio aristocrático que vecinos intentaron recuperar

Castillo San Francisco de Egaña historia. Castillos en la provincia de Buenos Aires para visitar. Qué pasó con el castillo de Rauch. Historias de Rauch.
Un castillo abandonado en Buenos Aires y fantasmas que «están enojados con lo que pasó»: las tragedias detrás del palacio aristocrático que vecinos intentaron recuperar

Hay lugares en el mapa bonaerense donde la geografía parece haber sufrido un quiebre en el tiempo, como una especie de grieta por la que se filtran las pretensiones de la aristocracia de principios de siglo XX, combinadas con el posterior abandono del Estado y hasta incluye muertes y leyendas paranormales. En ese sentido, un caso bisagra es el del Castillo San Francisco de Egaña, una construcción que cuenta con 77 habitaciones, 14 baños, 2 cocinas concebidas (bajo la estricta premisa de no mezclar los aromas) y hasta una carpintería propia en el tercer piso. La edificación, ubicada a 25 kilómetros de la ciudad de Rauch, se demoró 12 años en ser construida y su dueño nunca llegó a la inauguración porque murió ese mismo día. Luego quedó paralizado durante 30 años, más adelante fue un reformatorio en el que hubo un asesinato y después quedó librado al abandono, hasta que los vecinos empezaron a tratar de salvarlo.

Eugenio Díaz Vélez, el creador de la fastuosa construcción, fue nieto de Eustoquio, militar argentino que luchó en las invasiones inglesas, participó en la Revolución de Mayo y combatió en la guerra de independencia. El hacendado arquitecto, poseedor de un imperio latifundista que llegó a superar las 16.000 hectáreas, estaba obsesionado con imitar las estéticas europeas y logró su cometido, aunque nunca pudo disfrutarlo. De hecho, el 23 de mayo de 1930, cuando finalmente realizaría una grandilocuente fiesta con invitados que viajaron desde la Capital Federal hacia Egaña, partido de Rauch, su mayordomo fue a despertarlo en su casa porteña de Barracas, pero lo encontró muerto.

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Los 12 años que insumió su construcción, más la ironía del destino, generaron que nunca fuera utilizada con los fines con los que había sido concebida. “Tras la tragedia, su viuda, María Escalada, tanto como sus hijas, decidieron nunca más volver al castillo y quedó más de 30 años cerrado”, le explicó Sergio Bilbao, coordinador turístico de Rauch, a El Destape.

La arquitectura del capricho y el banquete del velatorio

“Su construcción arrancó en 1918 y terminó en 1930. Se extendió más de la cuenta porque Eugenio Díaz Vélez tenía ideas muy cambiantes. Él viajaba a Europa todos los veranos de allá y, al regresar, si había alguna parte que se estaba construyendo y no le gustaba mucho, la hacía modificar. Es decir, sus decisiones hacían que armara, desarmara y volviera a armar”, explicó Bilbao.

Con todo, en 1930, la estancia San Francisco abriría sus puertas para albergar una de las fiestas más fastuosas que recuerde la provincia de Buenos Aires. De hecho, un tren alquilado especialmente para la ocasión partió de la estación Constitución rumbo a Egaña. Sus pasajeros, en tanto, pertenecientes a una buena parte de la alta sociedad porteña, fueron vestidos de etiqueta. En la propiedad, su esposa María Escalada y su hija María esperaban el arribo del patriarca para cortar la cinta inaugural.

Aunque aquellos años de construcción de la obra parecían arrastrar un derrotero de infortunio. Por caso: poco tiempo atrás, la familia había sufrido el golpe desgarrador del fallecimiento de otra de sus hijas, la joven Josefina. Los hijos de los memoriosos de la zona aun recuerdan los detalles oscuros de aquella pérdida temprana que ya parecía presagiar lo que vendría después.

“Josefina, la hija menor, se había enamorado de un chico de una estancia cerquita. Cuando la familia Díaz Vélez iba al campo donde construían el castillo. Eugenio se entera, y en esos tiempos la persona con dinero tenía que estar con otra persona del mismo nivel, al punto que llegaban a casarse entre primos”, explicó Bilbao.

Y continuó: “Le dejan en claro a Josefina que esa relación no podía seguir. Un día se encuentran en el campo, ella le explica la situación y que no podían continuar juntos. Luego el chico la mata y después se suicida”. Aquel trágico antecedente era solo el comienzo de un derrotero de desgracias. El día elegido para la inauguración oficial de San Francisco, con la concurrencia ya instalada en las galerías del palacio, se produce lo que parecía el corolario de infortunios para la familia (pero aun faltaba otro más).

“El día tan esperado para Eugenio, su mayordomo lo va a despertar en su residencia de Barracas —donde hoy funciona el Hospital Pedro Elizalde— y lo encuentra muerto en su habitación. Así que ese tren lujoso se entera por telégrafo del desgraciado hecho. La esposa, entonces, suspende la inauguración y ese mismo tren que llevó a los comensales volvió a Buenos Aires para asistir a la despedida de Eugenio. Es decir que de una fiesta espectacular, se pasó a un velatorio”, agrega Bilbao. Así las cosas, María Escalada impartió una orden drástica: cerrar las puertas, abandonar los baúles con vajilla importada y no pisar nunca más el paraje.

La era del reformatorio y el crimen de los siete disparos

Tras décadas de abandono, la propiedad fue expropiada por el gobierno de la Provincia de Buenos Aires. En consecuencia, las 16.000 hectáreas originales se redujeron y el casco quedó rodeado por un predio de 250. El inmueble, en tanto, pasó a la órbita del Ministerio de Asuntos Agrarios de la Provincia. En 1958, bajo las órdenes del gobernador de la provincia, Oscar Allende, las habitaciones destinadas a banquetes aristocráticos se convirtieron en las dependencias de un reformatorio para menores con problemas familiares o sin tutela.

Durante años, el lugar funcionó con una lógica productiva y comunitaria que Bilbao rescata de la memoria de sus propios protagonistas: “Se reabre como colegio de minoridad, para chicos con problemas familiares. El reformatorio lo pone el Ministerio de Asuntos Agrarios. Era muy lindo; yo conozco hoy una persona que estuvo ahí. Criaban petisos ponis, animales de todo tipo, era como especie de granja. Con las verduras de las huertas enormes que hacían, alimentaban y repartían a otros colegios de minoridad de La Plata”.

Sin embargo, el destino trágico del castillo volvió a manifestarse a mediados de la década del 70, con uno de sus episodios más desgarradores. “Cuando funcionaba el reformatorio, hubo un asesinato”, precisa el coordinador turístico. Y agrega: “Uno de los chicos, que ya hacía mucho tiempo que estaba, cumplió 18 años y tenía que irse. El señor que estaba encargado en ese momento, de apellido Burg, le explicó que ya era tiempo de dejar el lugar porque era mayor de edad. Burg era una muy buena persona y los chicos lo querían mucho. Por eso sorprendió tanto que este joven tomara la decisión de matarlo de siete disparos”.

El homicida fue capturado tiempo después por las fuerzas policiales y condenado a una severa pena de prisión. El hecho aceleró el final del dispositivo estatal: “El castillo siguió funcionando hasta el año 76, más o menos, y después se cierra el reformatorio. Y vuelve a quedar unos 30 años más abandonado”.

Presencias entre la bruma: la física de lo inexplicable

Las sendas tragedias que se produjeron en torno al castillo, lo convirtieron en un terreno fértil para las investigaciones paranormales, las leyendas y los mitos. De hecho, quienes frecuentan el predio aseguran que el espesor de la atmósfera no responde únicamente a la humedad de la pampa.

El propio Sergio Bilbao, impulsado por su tarea comunitaria, decidió capacitarse formalmente para articular el relato histórico con las vivencias del lugar: “Soy coordinador turístico y el castillo me obligó a estar preparado para recibir a los turistas. Realmente pasan cosas extrañas. Yo siempre lo dije: cuando uno va a cuidar el lugar, está como protegido por factores paranormales o como se llame, porque a nosotros nunca nos pasó nada. Vimos luces extrañas, sombras, gente que fue a hacer videos y encontró cosas raras. Un día vinieron unos chicos que se habían sacado una selfie detrás de un árbol y cuando me mostraron la foto vi que detrás de ellos salía un hombre con un sombrerito, un bigotito y una cara muy del estilo de antes: la verdad que me sorprendió mucho”.

Las historias se acumulan en las páginas de sus diarios de guía. La tragedia de los peones rurales y puesteros que habitaron las postas perimetrales del casco también dejó marcas invisibles. “En las dos casitas que eran para ellos pasaron cosas. Uno podando un árbol se cae de la escalera, se la clava en un costado del cuerpo y termina falleciendo. Y otra historia fue la de una mujer que murió quemada. En ese tiempo se prendía el fuego con querosén; quiso prender el fuego y se le vino encima. Usaban vestidos grandes; desesperada empezó a correr entre los montes pidiendo ayuda y el fuego se le pegó al cuerpo. En estudios paranormales que se hicieron, sale que esta mujer está en una de las casas. Cuando entrás ves que hay algo fuerte, te das cuenta en el ambiente. Está como un espíritu enojado por lo que le pasó, porque todavía no encontró su paz”, asegura Bilbao ante El Destape.

Incluso el espectro del encargado asesinado en los años setenta parece reclamar su permanencia. “En un estudio de crónicas paranormales salió que este hombre Burg, que fue asesinado, sigue estando en el lugar. Y creo que la figura del hombre con sombrero que apareció en esa selfie que me mostraron los jóvenes que mencioné es la de él. Otro día, entra un chico y ve a un señor sentado en la escalera, de barba. Sale a contarle al compañero, entran enseguida los dos y el señor ya no estaba más. Lo buscaron por todas partes y no lo encontraron nunca más”, recuerda el guía turístico de Rauch.

El saqueo y la hazaña comunitaria

Durante tres décadas de abandono la joya arquitectónica se convirtió en una carcasa saqueada. Las arañas de cristal, las griferías de bronce, las maderamenes trabajadas y hasta los pisos de parquet desaparecieron en subastas irregulares o en pequeños robos sistemáticos. “Hasta en algún momento se hicieron remates, que confirman que desde el Estado no valoraron el castillo. Si lo hubieran cuidado, sería una de las maravillas de la Argentina. De hecho, lo sigue siendo como está, porque la gente lo visita de todos lados; vienen de Europa, por ejemplo. Con 77 habitaciones, 14 baños, 2 cocinas, una carpintería y un estilo que te transporta a otra época, es impresionante”, lamenta Bilbao.

En 2011, la inacción estatal encendió la alarma en la comunidad de Rauch. Un grupo de vecinos autoconvocados, movilizados por el sentido de pertenencia, decidió organizarse para detener el colapso de las ruinas. “Llamamos a la Casa de la Cultura de Rauch. Muchos estábamos interesados en empezar a hacer algo para que no se deteriore o protegerlo y mantenerlo de alguna forma y se logró un permiso. El primer tiempo éramos 15 o 16 personas que trabajábamos todos los fines de semana. Imagínense un lugar abandonado 30 años: los árboles avanzados sobre la edificación, el parque no existió porque era todo yuyo. Así armamos la página de Facebook Por la reconstrucción Castillo Egaña y estuvimos trabajando durante 10 años”.

El esfuerzo autogestionado transformó al gigante dormido en un polo cultural de escala regional e internacional. Familias enteras se acercaban con reposeras y termos a pasar la tarde; grupos de ciclistas, motociclistas y amantes de las travesías en jeep convirtieron las inmediaciones en el escenario predilecto para despedir el año. A través del trabajo en redes, el sitio empezó a tener visibilidad en lugares impensados.

“Recibimos gente de España, de Francia, de Alemania, Estados Unidos, Rusia, México. Se logró lo que queríamos. Le pusimos luz al castillo: de noche lo iluminábamos y era hermoso verlo de afuera. Con mucha voluntad y pasión manteníamos el lugar. Hasta le lavábamos los pisos. Nos robaban cosas y las volvíamos a poner, porque no podíamos quedarnos a vivir ahí para controlar”, asegura Sergio.

El fin de la ilusión de los vecinos se concretó con la pandemia por Covid que trajo aparejado el aislamiento, social, preventivo y obligatorio. De hecho, el distanciamiento paralizó las cuadrillas de trabajo, a su vez también propicio el terreno para el vandalismo. “Esto culminó con la pandemia. Nosotros no podíamos salir o ir a ver porque no se podía, pero bueno, los ladrones sí pudieron ir y nos robaban todo: pusimos hasta una bomba de agua para que la gente se hidrate en verano y se la llevaron”, recrimina Bilbao con amargura.

“ Comenzar de nuevo es muy difícil por el tema económico, porque es todo ad honorem. Para nosotros fue muy triste porque fue un trabajo de mucho tiempo y amor”, concluye Sergio.

Fuente: El Destape — Ver noticia original