Érika Cejas tenía 35 años cuando encontró en la carpintería una nueva salida laboral, después de perder su empleo durante la pandemia. A través de un curso gratuito de formación profesional, aprendió a trabajar la madera, empezó a fabricar muebles y convirtió un interés de la infancia en un emprendimiento propio, ya con 41 años.
Después de años de trabajo en una tienda de lencería que cerró en 2020, Érika tuvo que buscar una alternativa para generar ingresos y ayudar económicamente a su hogar. Un anuncio sobre los cursos gratuitos apareció casi por casualidad y la llevó a anotarse en una capacitación que cambiaría su futuro.
Cómo descubrió la carpintería después de perder su trabajo
La decisión llegó un 5 de agosto, cerca de las diez de la noche, cuando vio que estaban por cerrar las inscripciones para los talleres del Centro de Formación Profesional porteño. Eligió carpintería, una actividad que tenía un significado especial para ella por los recuerdos de su abuelo materno.
“Él tallaba madera, hacía las patas de la mesa hermosísimas y yo me pasaba horas viéndolo trabajar en su casa”, recordó Érika. Durante su infancia en Ituzaingó, también compartía con él salidas para buscar materiales y construir sus propios proyectos, como una casa de muñecas y carritos de paseo.
Aunque al principio pensó que era un oficio reservado para los hombres y temía ser la única mujer del curso, encontró un grupo que la recibió desde el primer día. Con la guía de su profesor, Diego Lederhos, aprendió desde las tareas básicas hasta la fabricación de muebles y otros objetos de madera.
De fabricar muebles para su casa a tener su propio emprendimiento
Lo que comenzó como un proyecto personal para equipar su futura vivienda se transformó en una actividad económica. Primero recibió encargos de personas cercanas y compañeros de otros cursos; después, el boca en boca hizo que llegaran pedidos de vecinos y conocidos del club de taekwondo de su hija.
Entre sus trabajos, llegó a fabricar y vender 17 rejillas para pan. También empezó a realizar cajoneras, mesas ratonas y armarios, mientras incorporaba herramientas y ganaba experiencia para desarrollar sus propias ideas.
“En la parte económica mi vida cambió muchísimo, pasé de no tener un ingreso a de pronto tenerlo y hasta a poder comprarme mis propias herramientas, lo que fue una gran alegría”, contó.
La experiencia también modificó la manera en que se veía a sí misma y sus posibilidades laborales. “El aprender algo más me hizo sentir más útil y me llenó por dentro, incluso aunque ya de edad sea grande”, expresó.
El sueño de convertirse en instructora de carpintería
Después de dos años de formación, Érika empezó a proyectar un nuevo objetivo: enseñar el oficio. Su profesor reconoció su capacidad para acompañar a sus compañeros y resolver planos desde cero, y la impulsó a realizar el curso de instructora para poder dar clases.
“Es un sueño poder dar clases. Pasé de no saber nada, a aprender y ahora a estudiar para poder dar los cursos, es un montón”, afirmó.
En ese camino, su hija de 11 años es una de sus principales motivaciones. Érika quiere construir los muebles de su habitación y dejarle un recuerdo familiar parecido al que conserva de su abuelo: “Deseo el día de mañana poder decirle que toda su habitación se la hice yo y señalarle su cama, su escritorio y poder darle lo mismo que mi abuelo me dio a mí”.
Fuente: TN — Ver noticia original