Arantxa es una mujer de 34 años que, junto a su marido y sus dos hijos de tres y cinco años, encontró en una aldea de Asturias, España, el lugar ideal para empezar de nuevo. Su historia, fue contada en el canal de YouTube Crónicas Berasategui, y refleja que una mudanza fue mucho más que un simple cambio de domicilio: significó recuperar el contacto con la naturaleza y criar a sus hijos con mayor libertad.
La familia llegó a Asturias hace seis años, buscando tranquilidad y la posibilidad de llegar a fin de mes sin sobresaltos. El deseo de que sus hijos crecieran en libertad y rodeados de verde fue el motor de la decisión. “Nosotros queríamos que nuestros hijos crecieran en libertad y empezar a cultivar árboles”, contó Arantxa, que junto a su pareja se animó a restaurar una casa que llevaba tres décadas cerrada y en ruinas.
De dos casas abandonadas a un hogar pensado para vivir
Cuando encontraron la propiedad, la vivienda estaba dividida en dos construcciones y prácticamente destruida. El proyecto fue ambicioso: unificaron los espacios y encararon una reforma que se extendió durante dos años, en paralelo con un embarazo y los primeros años de crianza de sus hijos.
La idea no era borrar el pasado de la casa, sino adaptarla a una vida más natural. Por eso, eligieron materiales de origen natural y buscaron soluciones sencillas, priorizando la funcionalidad y el aprovechamiento de los recursos. El resultado es una casa pensada para ser vivida, donde cada decisión estética está ligada a la practicidad y a la conexión con el entorno.
Uno de los símbolos de la vivienda es la cocina económica, una pieza tradicional que la familia quiso conservar. Como la original no funcionaba, consiguieron una de segunda mano por 250 euros. Además de cocinar, este sistema ayuda a calentar la casa durante los meses fríos, en combinación con una chimenea conectada a un serpentín que distribuye el agua caliente a los radiadores.
“Nos calentamos con leña casi todo el tiempo y, si no queda otra, tiramos de gasoil”, explicó Arantxa. Así, aprovechan los recursos del entorno rural y reducen la dependencia de otros combustibles, aunque no pueden prescindir de ellos por completo.
Una mudanza a la aventura y una vida más conectada
Arantxa es oriunda de un pueblo de Almería y su marido del norte de Palencia. Él es maestro y, tras aprobar las oposiciones, comenzó a trabajar como interino en Asturias. La familia se instaló sin saber con certeza dónde terminaría viviendo, ya que los destinos de los docentes interinos se confirman con poca antelación.
“Nos vinimos a la aventura”, recordó Arantxa. Tras cuatro años en una pequeña localidad asturiana, encontraron la casa actual gracias a contactos. El lugar ofrecía lo que buscaban: espacio exterior, posibilidad de cultivar y una infancia diferente para sus hijos.
Crianza y autosuficiencia: desafíos y aprendizajes
Durante los primeros años, Arantxa se dedicó de lleno a la crianza y sus hijos recién comenzaron la escolarización cuando el mayor cumplió cinco años. “Yo no quiero que mis hijos crezcan en un sitio donde hay miedo”, afirmó, y aclaró que no se refería solo a su pueblo de origen, sino a muchos lugares donde los chicos ya no pueden salir a jugar con tranquilidad.
La familia también apuesta a la autosuficiencia. Tener terreno les permite cultivar alimentos y criar animales, aunque Arantxa reconoce que la huerta todavía no cubre una parte significativa de la alimentación familiar. “Nuestros gastos no se han reducido al tener la huerta”, admitió, y remarcó que el objetivo es avanzar de a poco hacia una mayor autonomía, sin plantearse la autosuficiencia como algo inmediato.
“Nuestro objetivo es ese: reducir los gastos, criar pollos y meter algún carnero a las ovejas para poder economizar”, explicó. También cuestionó la abundancia de productos en los supermercados: “Estamos acostumbrados a ir al súper y tener un montón de productos, pero no necesitamos tanto”.
Fuente: TN — Ver noticia original