Una vieja frase futbolera afirma que los títulos los ganan los jugadores más experimentados. Pero los Superclásicos, a veces, los ganan los pibes. El único gol de ayer en la Bombonera lo marcó el central Lautaro Di Lollo, 22 años. Y la figura fue el volante Milton Delgado, de 21. Son pibes, pero, es cierto, ya curtidos, con más de ochenta partidos cada uno en la Primera de Boca. Podríamos citar entonces a Leonel Flores (atacante de 19) y Facundo “Jagger” Herrera (central de 20), ambos más novatos. Como sea, los cuatro son figuras de Boca Predio, el centro de formaciones juveniles de Boca en Ezeiza. De allí surge también Tomás Aranda (19), acaso la mayor esperanza y ya cerca de volver al primer equipo, tras la grave lesión que frenó su ascenso.
Quiero empezar con el fútbol, porque sino nos olvidamos de lo central. Es cierto, el arbitraje de Nicolás Ramírez fue muy malo, poco ayudado primero por la dirigencia de River que condicionó todo y luego por los jugadores de ambos equipos, que protestaron y exageraron como nunca, los dos con “la guardia alta”, porque los obligan a protestar todo y a sacar ventaja de todo. Es difícil dirigir así para cualquier árbitro, llámese Ramírez o el que sea. Jugadores que exigen una ejemplaridad que ellos no tienen.
Pero si elegí iniciar hablar sobre los juveniles de Boca es porque la contracara de eso ayuda tal vez a explicar el contraste entre los dos grandes del fútbol argentino. Hay lesiones en el medio, pero resulta difícil entender que el River que conmovió al mercado de pases con un gasto record de setenta millones de dólares haya presentado ayer en la Bombonera un mediocampo con dos pibes casi debutantes como Lucas Silva y Tobías Andrada, ambos de 19 años. Y que los refuerzos desde el banco fueran luego Juan Cruz Meza, Lautaro Pereyra y Giovani González, todos también todavía de poco recorrido (Lautaro Rivero sí acumula más rodaje, ni qué hablar del arquero Santiago Beltrán). River tiene un semillero histórico, que concretó las ventas record de Franco Mastantuono y del “Diablito” Echeverry (ambas precipitadas acaso). Y que ayer mismo fue finalista de la Messi Cup en Miami (perdió ante Palmeiras). Aún sí, conociendo el valor de ese semillero, hubo algo que fue muy mal hecho en el armado de ese plantel para llegar a uno de los principales partidos del año con tan poca alternativa y con un DT tan interino que jamás fue DT.
Ya no es solo el rival clásico y en su cancha, sino que River presentó ese mediocampo tan endeble justo en el partido que le tocó medir fuerzas contra el mejor mediocampo que tiene hoy el fútbol argentino, otra clave que explica el fácil triunfo de ayer de Boca contra un River que casi no disparó al arco (el argumento de jugar con diez no alcanza, porque Estudiantes con diez terminó empatando este fin de semana un partido que perdía 3-0). El medio de Boca sobresale porque el Ruso Ascacíbar se asentó, porque Leandro Paredes lidera todo aún dando ventajas físicas (y coqueteando siempre con la expulsión) y porque Delgado es una realidad. El recambio ayer de Boca desde el banco también confirma que hay allí un plantel mucho más equilibrado. No entraron pibes, sino refuerzos pesados, como Alan Velasco, Enner Valencia, Tomás Belmonte, el chileno Carlos Palacios y Ayrton Costa.
La decisión de River de no mandar a sus jugadores a la conferencia de prensa previa al Superclásico fue tan infantil y precipitada como la primera “bomba” tuitera del ex presidente Rodolfo D’Onofrio, de gritar “ladrones” por la sanción de una falta y tarjeta roja por último hombre de Lucas Martínez Quarta apenas iniciado el partido. Fue un fallo que tuvo aprobación de casi todos. El grito inoportuno quita peso luego a la eventual queja lógica, lo mismo que el reclamo airado del capitán Gonzalo Montiel y otros más, tras el primer gol de Boca, absolutamente lícito. La queja por la queja. ¿En serio el problema actual de River es una persecución de la AFA? Es una estrategia que ayuda a desviar el foco, pero que suele tener patas cortas.
Luego sí, fue el turno de un Ramírez absolutamente condicionado por su primer gran error y que arruinó mucho de lo que vino después, buscando compensar primero con exceso de tarjetas amarillas contra Boca. Y después sí midiendo acaso con distinta vara para beneficio del local, aunque en cada jugada puntual haya matices para discutir, sin necesidad de gritar “ladrones”, “robo”, o invocar una supuesta superioridad moral o declamar una ética que no es tal, sino, simplemente, una visión distinta, y absolutamente legítima (y compartible en muchos puntos) sobre la organización y sobre el negocio del fútbol.
¿O no había hablado pestes Stefano Di Carlo de Juan Sebastián Verón, hoy gran aliado, solo unos meses atrás? La falta absoluta de grandeza para reconocer que fallos de hoy fueron beneficios de ayer y de pensar que todo lo que nos perjudica es robo y no error o incompetencia, crea un clima cada vez más insoportable, como lo sufrió en La Plata la colega Morena Beltrán, un bochorno que, sabemos, habría sido escándalo mayor si hubiese sucedido en otro estadio.
La AFA, mucho más con sus clubes chicos protegidos que con los grandes, y también con los reglamentos que cambia sobre la marcha, ayudó mucho a la pérdida actual de credibilidad y a la sospecha permanente. Todo alimentado por titulares y tapas de prensa que también parecieran formar parte de esa mirada distinta, aunque en este caso no tanto del reglamento, sino del negocio. ¿Por qué el titular indignado si la expulsión o la jugada que fuere, una vez observada, había tenido una sanción correcta? Algo así le sucedió a la selección argentina en el último Mundial. Y protestábamos aquí porque muchos otros decían que eramos protegidos de la FIFA.
Los clásicos suelen ser partidos difíciles. Sonaba ilusorio esperar entonces un buen partido ayer en la Bombonera, por mucho que fuera un Superclásico más ilusionante por su cantidad inédita de campeones mundiales. Así como fue etapa de más gloria para River en algún momento, ahora parece ser la hora de Boca, que tocó fondo acaso con su eliminación temprana de la Libertadores, que lleva más de tres años sin un solo título oficial y con buenos jugadores que, en algún momento, con buena conducción desde la banca, tenían que despertarse. Es lo que están haciendo. Aunque todavía, como dice el Vasco Arruabarrena, no hayan ganado nada. Dijo algo mejor ayer el DT de Boca cuando le preguntaron por las polémicas. Recordó que hace once años había vivido su último Superclásico. Pero que todo sigue igual. “Las boludeces de siempre”, las definió.