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“¿Qué es lo que no podemos decir?”

"¿Qué es lo que no podemos decir?"

Hay adicciones con prestigio y adicciones con prontuario. Una escena en una esquina de Rosario y una palabra que se deja abrir. Una mujer está metida hasta la cintura en un contenedor de basura y le alcanza bolsas a un nene que no tendrá más de 8 años. El padre las abre sobre la vereda y separa cartón, botellas, algo que todavía se puede comer. En la esquina, tres pibes y una piba se pasan una pipa hecha con un pedazo de antena. Fuman paco a las 10 de la mañana. Paso al lado con el celular en la mano, contestando un mensaje del trabajo.

De este lado del Paraná la escena se repite tanto que dejó de ser escena. Es paisaje. Y ahí empieza el problema, porque a lo que ellos fuman lo llamamos adicción y a lo que yo llevo en la mano lo llamamos estar conectado. A las horas de trabajo, compromiso. Al gimnasio, salud. Al espejo, cuidado de sí. A la inteligencia artificial, por el momento, progreso. Hay adicciones con prestigio y adicciones con prontuario, y las dos caminan por la misma vereda sin mirarse.

La palabra se deja abrir, a(dicción), lo que queda sin decir. Los romanos entendían algo más duro. El addictus era el deudor que el juez le entregaba como esclavo a su acreedor, y la deuda se cobraba con el cuerpo. Los pibes de la esquina lo saben mejor que cualquier diccionario, le deben al transa y el transa cobra. Yo también debo, pienso, mi acreedor me manda notificaciones y me cobra en horas de sueño. Me desdigo enseguida, la frase es demasiado cómoda. Mi deuda se paga con insomnio. La de ellos se paga con la vida.

¿Qué es lo que no podemos decir? Tal vez esto, que esa esquina también es nuestra, que el paisaje lo hacemos entre todos y que mirar el celular es la forma más educada de no mirar. Levanto la vista. El pibe me está mirando. No nos decimos nada. O en esa mirada nos decimos todo.

Nelson Abaca [email protected]

OTRAS CARTAS

“Creemos en la democracia, no sembramos caos”

Los ciudadanos podemos estar disconformes con un gobierno o con algunas medidas, pero eso no nos da derecho a ser violentos. La violencia genera más violencia.

Quienes creemos en la democracia, no somos violentos ni buscamos derrocar gobiernos. No incendiamos un ayuntamiento para exigir mejor nivel de educación ni para tener más profesores. Tampoco quemamos autos. No saqueamos tiendas ni incendiamos edificios públicos y/o privados. Hacemos reclamos en forma pacífica y nunca vamos encapuchados ni armados con palos y bombas molotov caseras.

Lo que está pasando en Francia, España, Italia y Bélgica es de terror. No son protestas sociales. Son desmanes orquestados por movimientos violentos de la ultra izquierda. Se aprovechan del descontento, se mezclan entre la gente y siembran el caos.

A la izquierda nunca le interesó la justicia social. Confrontan para dividir. Vienen por nuestros valores, nuestra libertad, nuestra forma de vida, nuestra fe. Esta ideología violenta se viene propagando a otros países.

Argentina está a tiempo de parar esta locura.

Mercedes Moreno Klappenbach [email protected]

“Los extremos solo traen sufrimiento y desigualdad”

El otro día, en una charla entre amigas sobre la situación política mundial, nos preguntábamos si éramos de izquierda o de derecha, o si preferíamos el populismo o el conservadurismo. La verdad es que a mí no me gustan los extremos.

Claramente no soy comunista, pero tampoco puedo apoyar al otro extremo; siento que se ha perdido el término medio. En nombre del “pueblo” o de la “patria” se ha terminado por destruir a la clase media: a los trabajadores de siempre y a los profesionales.

Esto no es algo que ocurra solo en la Argentina; el mundo entero está convulsionado y no por casualidad. Hay mucho descontento, mucho sufrimiento y una desigualdad económica abismal. El rico de hoy es extremadamente rico, y aunque no estoy en contra de eso ni creo que la solución sea quitarles a unos para darles a otros, lo cual sería un grave error, sí considero urgente crear oportunidades para todos.

No creo en los extremos ni estaré nunca de acuerdo con ellos.

Susana Mastronardi [email protected]

Fuente: Clarín — Ver noticia original