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“No sabía que estaba dejando pasar la última oportunidad”

Hoy quisiera poder volver a aquella conversación y cambiar mi respuesta. Decirle qué día llegaba, sacar el pasaje, dejar algunas cosas sin resolver. No puedo. Lo que más me duele es que aquel abrazo no dependía de un milagro. Dependía de que yo fuera
“No sabía que estaba dejando pasar la última oportunidad”

—Dale, venite antes de que me muera.

Mi amigo me lo había dicho un mes antes. Le contesté en broma que no fuera tan dramático, que ya estaba organizando todo para ir a abrazarlo. Llevaba dos años peleando contra un cáncer que lo estaba destruyendo, pero yo todavía podía imaginarlo en Mar del Plata, esperándome. Sabía que estaba muy enfermo. Lo que no terminaba de creer era que pudiera morirse antes de que yo llegara.

Siempre encontraba algo que resolver antes de viajar. Un compromiso, un problema de trabajo, alguna de esas urgencias que parecen impostergables hasta que sucede algo que las vuelve insignificantes. No había decidido dejar de verlo. Apenas había ido corriendo la visita unos días, después otros. Cada postergación parecía pequeña. El resultado fue definitivo.

Un mes después de aquella conversación, estaba llegando a Aeroparque para tomar el avión cuando vi que me llamaba Fernando, su hijo. Atendí con un mal presentimiento.

—Hola, Miguel. Papá acaba de irse…

Me quedé mudo. Le dije que lo sentía, que nos veríamos allá, y corté. Más tarde, mientras el avión se preparaba para despegar, una azafata me pidió que apagara el teléfono. Obedecí, pero seguí mirando la pantalla oscura. Hacía unos minutos todavía viajaba para encontrarme con mi amigo. Ahora iba a su velorio.

Había llegado tarde. Durante semanas había imaginado el abrazo que le daría al verlo. Sabía que iba a encontrarlo más flaco, más débil, posiblemente muy distinto del hombre que recordaba. Me había preparado para eso. Para lo que no me había preparado era para llegar y que ya no estuviera.

Cuando aterricé en Mar del Plata, faltaban dos horas para el velorio. Salí a caminar por la playa con los auriculares puestos. El mar estaba inmenso, hermoso, indiferente. Me daba rabia que todo pudiera seguir igual, que las olas rompieran y la gente caminara mientras mi amigo acababa de morirse a los cincuenta y cuatro años.

Era bueno, deportista, alegre. Repasaba esas cualidades como si fueran argumentos que alguien hubiera debido tener en cuenta antes de llevárselo. Necesitaba encontrar una explicación, algo contra lo que pudiera discutir. Pero el mar seguía ahí y yo caminaba por la orilla, furioso con la enfermedad, con la vida y, sobre todo, conmigo.

Busqué una canción que me ayudara a acercarme a lo que sentía. Pasé varias hasta encontrar una que nunca me había conmovido demasiado. Esa vez me atravesó. Me largué a llorar mientras caminaba. Pensaba en todo lo que habíamos compartido y en lo extraño que era saber que, desde ese momento, cualquier encuentro con él tendría que suceder en mi memoria.

En la sala velatoria abracé a su mujer y a sus hijos. Después me acerqué al féretro. La enfermedad había devastado su rostro y me quedé mirándolo, buscando algún gesto conocido. Necesitaba reconocerlo, encontrar al amigo con el que había hablado apenas un mes antes. Apoyado en el borde del cajón, volví a llorar.

Ahí también aparecieron otras pérdidas. Mi infancia, mi adolescencia, las libertades de aquellos años. Mi matrimonio, que había terminado. Etapas enteras de mi vida a las que ya no podía volver. Frente a mi amigo muerto, sentí con una claridad dolorosa que yo tampoco iba a tener siempre otra oportunidad.

¿Cuántas cosas estaba dejando para después porque daba por hecho que ese después me esperaba?

No salí del velorio convertido en otro hombre. Volví al trabajo, a los compromisos, a las urgencias. Todavía me descubro postergando encuentros y conversaciones que me importan. A veces porque estoy cansado; otras, porque me convenzo de que la semana siguiente voy a estar más tranquilo.

Entonces recuerdo su pedido. Me duele que haya tenido que decirlo tan claramente y que, aun así, yo haya encontrado la manera de escucharlo como una broma. Me había pedido que fuera. Yo le había prometido que iría. Los dos hablábamos del mismo viaje, pero quizá él entendía mejor que yo cuánto tiempo quedaba.

Hoy quisiera poder volver a aquella conversación y cambiar mi respuesta. Decirle qué día llegaba, sacar el pasaje, dejar algunas cosas sin resolver. No puedo. Lo que más me duele es que aquel abrazo no dependía de un milagro. Dependía de que yo fuera.

* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli

Fuente: Infobae — Ver noticia original