El 12 de noviembre de 1918, al día siguiente del armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial, el primer ministro francés, Georges Clemenceau, recibió una emotiva carta de su amigo el pintor Claude Monet. En ella, el artista ofrecía al Estado francés dos paneles de gran formato inspirados en los nenúfares de su estanque en Giverny. Monet calificó esa ofrenda como “un bouquet de flores en homenaje a la victoria y a la paz conquistada”.
Monet y Clemenceau forjaron su amistad en la juventud, cuando ambos comenzaban a perfilarse como figuras prominentes sus respectivos campos, el arte y la política. Ese vínculo se prolongó a lo largo de sus vidas, alimentado por una profunda admiración mutua. El entusiasmo de su amigo impulsó al pintor a expandir su idea original y trabajó en lo que denominó “grandes paneles decorativos” -que terminaron siendo ocho composiciones monumentales- hasta su fallecimiento en diciembre de 1926, a los 86 años. Tras diversas idas y venidas institucionales y burocráticas, los paneles se emplazaron en el Museo de la Orangerie respetando el diseño concebido por el artista. Se inauguraron formalmente en mayo de 1927.
Aunque la recepción inicial del público fue fría, e incluso hubo duras críticas que tacharon la obra de expresión decadente de un artista agotado, con el tiempo su alta calidad artística fue justamente apreciada. Hoy se la reconoce como una de las cumbres del arte occidental del siglo XX. Al respecto, probablemente el juicio más pertinente es el formulado por el pintor surrealista André Masson, quien definió a los Nenúfares como “la Capilla Sixtina del impresionismo”.
En la revalorización de la obra tuvo un papel crucial el expresionismo abstracto de la Escuela de Nueva York de los años cuarenta. Figuras de la talla de Jackson Pollock, Willem de Kooning y Mark Rothko vislumbraron en los grandes paneles decorativos de la Orangerie una plataforma conceptual sobre la cual desarrollar sus propios lenguajes. Al respecto, el influyente crítico de arte Clement Greenberg afirmó que el Monet de los Nenúfares representa “una cumbre del arte revolucionario” que conecta directamente con aquella vanguardia neoyorquina.

Sin embargo, más allá de su enorme proyección en el plano artístico, la creación de Monet posee un valor simbólico, humanista y político que ha sido históricamente soslayado. La ofrenda de los paneles fue concebida de modo expreso como un tributo a la victoria y a la paz tras una guerra especialmente cruel y destructiva. En la tradición occidental, el arte dedicado a conmemorar la victoria se ha manifestado en monumentales estructuras arquitectónicas o escultóricas, como arcos de triunfo o estatuas ecuestres de generales victoriosos. Por su parte, la denuncia de la guerra suele expresarse a través del dolor y la violencia infligidos a las víctimas, como en Los desastres de la guerra o El dos de mayo de Goya y, de manera paradigmática, en el Guernica de Picasso. Con respecto a este último enfoque, Susan Sontag advirtió que el efecto de tales imágenes suele ser ambivalente: si bien despiertan sentimientos de conmiseración y duelo, también pueden avivar el resentimiento hacia los verdugos y ansias vindicativas; en definitiva, más violencia.
El enfoque de Monet es radicalmente opuesto. El maestro impresionista invita a la introspección mediante una experiencia estética contemplativa que estimula sentimientos nobles y empáticos. Su obra condena la violencia sin mostrarla, actuando como un bálsamo contra la saturación del horror. Recurre a la belleza no como un mecanismo de evasión, sino como una postura política activa de reparación, memoria y concordia.
El problema radica en que este trasfondo no emana de manera evidente de la mera contemplación de las telas, sino del propósito original con el que fueron entregadas al Estado: ese “bouquet de flores por la victoria y por la paz”. Al no explicitarse este cometido en la modalidad expositiva de la Orangerie, el mensaje político se diluye. El visitante absorbe su inmenso valor artístico, pero despojado de su no menos relevante significación simbólica.
En estos tiempos aciagos, bien avanzado un siglo XXI sacudido por tensiones territoriales y geopolíticas que remiten a los peores fantasmas de las guerras de los siglos XIX y XX, y a las puertas del centenario del fallecimiento del pintor, resulta oportuno rescatar el testamento conceptual de Monet. Un mensaje que el viejo maestro pergeñó sobre lienzos colosales en su taller de Giverny mientras, a no mucha distancia de su idílico jardín, resonaban con fuerza los cañonazos de la conflagración más devastadora que la humanidad hubiese conocido hasta entonces.
Eduardo A. Varela es abogado y diplomático, máster en Relaciones Internacionales y en Ciencia y Sociedad
Fuente: La Nación — Ver noticia original