Cuando en ninguna farmacia faltaba una balanza y en cada calesita había una sortija, Sergio y yo nos subíamos juntos a la báscula con el fin de hacer subir la aguja tan alta como la presión del boticario don Litma y torcíamos el brazo de don Raúl, calesitero de la Terminal, para jinetear caballos de madera sin parientes a la vista a quienes saludar. Cuando la mochila era una pesada bolsa de lona, uso exclusivo de viajeros de a pie, nosotros dos, ingresamos a la escuela del barrio contra nuestra voluntad, portando portafolios de cuero con papel y lápiz en su interior para cumplir con el mandato sagrado, aprender a leer y a escribir. Todo lo que la maestra dibujaba en el pizarrón teníamos que copiarlo en nuestros cuadernos antes de que el borrador transformara en polvo de tiza los extraños símbolos. La palabra desenvolvimiento, si bien era un título complejo de copiar, no sólo nos garantizaba una jornada sin sufrimientos a causa de operaciones matemáticas , también era el inicio de un viaje imaginario por la provincia de Santa Fe, recorriendo, entre vacas, trigales, trenes y algunas chimeneas, un mapa regado de pueblos con nombres femeninos. La señorita Raquel solía invitar a familiares de alumnos nacidos en la región con el fin de viajar en el tiempo enancados en sus primeros recuerdos. Así fue como una tarde nos visitó el abuelo de Miguelito Blanco, dueño del kiosco de golosinas abierto en la ventana de su casa azucarada. El oriundo de Angélica contó emocionado su pasado de galpón escuela sin aulas ni divisiones y el momento exacto en el que Carminia, una nueva vecina de la zona rural, bajó de una volanta para dejarlo mudo de amor. Tal vez, con la intención de que viéramos al anciano como al niño vulnerable que había sido , la docente le preguntó por sus miedos mas recordados, fue cuando Don Blanco se salteó sin pensar la línea de tiempo para responder desde el terror , “ el bombardeo a Plaza de Mayo”. La maestra aprovechó nuestro desconcierto para finalizar el reportaje de inmediato con un aplauso cerrado para el último visitante del ciclo. Nunca más se realizaron dichos encuentros a pesar de que mi abuela figuraba en la lista de espera para contar los orígenes de su pueblo natal, María Susana. Aquellos recorridos fantasiosos que hicimos desde el pupitre, al llegar la adolescencia lo concretamos viajando a dedo, con una carpa prestada, dos mochilas de segunda mano, un sueño como meta y caminos trazados por el azar, supimos rodar por las rutas argentinas con los dedos ateridos, acompañados por el inmortal himno del Flaco. Una tarde de sol, luego de calcinarnos sobre la caja de una chata F 100 viajando desde Patquia hasta Chilecito, en búsqueda de un poco de agua golpeamos las manos frente a una humilde vivienda que tenía en el frente un enorme cactus con un cartel de madera colgando desde uno de sus gajos con tres palabras talladas , “ no te quejes”. Un hombre de mediana edad, piel de aceituna, crespa cabellera y fino bigote nos atendió con una amabilidad curiosa, quiso saber nuestro origen , al nombrar Rosario nos desafió en el acto con otra pregunta, “ qué cosa funciona en la sala del cine San Martín, que no existe en ningún otro cine del mundo?”, nunca imaginamos que conocer un bar en penumbras nos iba a brindar tantas satisfacciones, nos abrió la puerta de su soledad, nos convidó vino patero y queso de cabra, mató un pollo, prendió el fuego y nos aclaró que estábamos en nuestra casa. La charla se hizo fogón y el calor de la leña fue derritiendo nostalgias. En el camino se encuentran maestros que no saben de censura, no adoctrinan ni prohíben, sólo hacen sonar la campanas de los perdedores desde el templo del olvido, en una sobremesa regada con grapa casera escuchamos el final de un antiguo relato inconcluso a cargo del ex conscripto de infantería de marina, Marcos Gaetan, clase 1933, testigo presencial de las cien bombas que la aviación naval arrojó sobre compatriotas civiles una mañana de junio del 55. Habló de un antes y un después, dijo que en ese momento conoció la maldad del hombre en forma explícita, esperó con ansias la baja del servicio militar para internarse en el mar, espantado por la violencia reinante en la tierra. Trabajó en barcos pesqueros, viajó por el mundo dando vueltas como en una calesita, en una ocasión, contemplando la nada sobre aguas tranquilas y lejanas , cuando pudo sentir la serenidad de los valles, el arrullo de las acequias y el silencio de los precipicios, entendió para siempre que la distancia no existe, que la esencia no se puede tocar, tampoco pesar en ninguna balanza, era parte de la dualidad, conformaba el milagro, un alma eterna habitando un cuerpo finito. Aquella noche no dormimos en el suelo, descansamos en las camas de sus hijas ausentes, en una habitación con galanes de la época vigilándonos desde tapas de revistas Radiolandia pegadas en las paredes. Al otro día recorrimos la zona en su viejo Sian Di Tella, en la cuesta de Miranda nos pidió, por favor, que dejáramos de agradecerle, que sólo estaba haciendo aquello que esperaba que hicieran otros desconocidos con los cuatro hijos que tenía dispersos por el mundo. Si bien mi amigo hablaba menos que quien escribe, era el encargado de hacer la pregunta impertinente. Así fue como, en medio de un camino sinuoso , quiso saber si el conductor creía en Dios. Sin dejar de mirar el sendero , don Marcos nos confesó que no creía, estaba seguro de sentirlo, así como sentía amor, miedo o gratitud. Al final cumplimos nuestro sueño, mojamos nuestros pies en el Pacífico. Un hondo silencio contemplativo era el preámbulo de cada regreso. Fue nuestro último viaje sin pasajes, sin dudas, los mejores.
Fuente: Página/12 — Ver noticia original