
Menos de cuatro minutos diarios de actividad física intensa acumulada en tareas cotidianas se asociaron con un menor riesgo de demencia en un estudio de más de 22.000 personas adultas. El hallazgo no demuestra una relación causal, pero suma datos al vínculo entre el movimiento regular y la salud cerebral.
La investigación analizó a 22.618 participantes del proyecto UK Biobank, en su mayoría de alrededor de 60 años, que no tenían un diagnóstico de demencia al inicio.
Cada persona utilizó durante siete días un acelerómetro de muñeca entre 2013 y 2015. Luego, los investigadores monitorearon su evolución durante cerca de 8 años, hasta un diagnóstico, la muerte o el cierre del período de observación en noviembre de 2022.

El equipo examinó esfuerzos esporádicos de alta intensidad que forman parte de la rutina, como subir escaleras, cargar compras pesadas o apurarse para alcanzar un transporte. De las personas estudiadas, 170 recibieron un diagnóstico de demencia durante el seguimiento.
Según informó New Scientist, quienes acumulaban 3,7 minutos por día de movimiento vigoroso incidental presentaron una asociación con un riesgo de demencia 48% menor frente a quienes no realizaban ejercicio.
Entre los participantes sin actividad física, el 2,5% desarrolló la enfermedad. La proporción fue de 0,71% entre quienes no tenían una rutina planificada pero registraban esos episodios cotidianos, y de 0,59% en quienes combinaban ambas formas de movimiento.

Los resultados no prueban que el ejercicio evite la demencia
Nicholas Koemel, de la Universidad de Sídney y autor del trabajo, señaló al medio que estos esfuerzos breves aparecen en muchas situaciones de la vida diaria.
El estudio también asoció la actividad intensa de rutina con mayor volumen de materia gris en varias zonas cerebrales y menor presencia de hiperintensidades de materia blanca, alteraciones que pueden observarse en imágenes del cerebro.

Sin embargo, se trata de un estudio observacional. Por eso, sus resultados no permiten afirmar que esos minutos de actividad sean la causa directa de la reducción del riesgo.
También cabe la posibilidad de que personas con cambios funcionales tempranos, todavía sin diagnóstico, tuvieran menos capacidad para realizar esfuerzos vigorosos. La medición de actividad, además, reflejó solo una semana de hábitos, varios años antes de los diagnósticos.
Mike Trott, de la Universidad de Queensland, describió los resultados como llamativos, aunque advirtió sobre ese límite de la medición puntual. Koemel recomendó incrementar la actividad en forma progresiva, ya que cambios bruscos pueden elevar la posibilidad de accidentes o lesiones.

La Organización Mundial de la Salud recomienda mantener una vida activa
La Organización Mundial de la Salud (OMS) identifica la inactividad física como uno de los factores vinculados con un mayor riesgo de deterioro cognitivo y demencia.
En sus recomendaciones sobre reducción de riesgo, el organismo sostiene que la actividad física debe recomendarse a adultos con cognición normal para disminuir la probabilidad de deterioro cognitivo; la certeza de la prueba disponible es moderada.
La OMS define la actividad física como todo movimiento corporal producido por los músculos que requiere gasto de energía. Esto abarca el tiempo libre, desplazamientos, trabajo y tareas domésticas, por lo que los episodios evaluados en la investigación entran dentro de una noción amplia de movimiento cotidiano.

Para adultos y personas mayores, las guías del organismo proponen como referencia semanal:
- 150 a 300 minutos de actividad aeróbica moderada
- 75 a 150 minutos de actividad aeróbica vigorosa
- Una combinación equivalente de ambas intensidades
La institución aclara que toda cantidad de actividad cuenta y que cualquier movimiento es preferible a la inactividad. A la vez, sus directrices no establecen que unos pocos minutos por día sustituyan esas recomendaciones generales ni que prevengan por sí solos la demencia.

La prevención incluye otros factores de salud
La demencia no depende de una única conducta. La OMS señala que la edad es el factor de riesgo conocido más importante, pero enumera condiciones y hábitos modificables que pueden influir a lo largo de la vida. Entre ellos figuran la hipertensión, diabetes, sobrepeso, tabaquismo, consumo nocivo de alcohol, aislamiento social, problemas de audición y sedentarismo.
Por eso, las pautas de prevención incluyen mantenerse físicamente activo, llevar una alimentación equilibrada, controlar la presión arterial, colesterol y azúcar en sangre, evitar el tabaco y consumo nocivo de alcohol, y conservar vínculos y actividades cognitivas.
En personas con enfermedades crónicas, limitaciones de movilidad o dudas sobre qué intensidad es adecuada, el plan de ejercicio debe contemplar la situación de salud individual.
Fuente: Infobae — Ver noticia original