Lula sorprendió con una heroica remontada de los resultados de la primera vuelta. Y todo el arco político del centro a la izquierda festejó. Acá y en el resto del planeta. En Argentina las muestras de apoyo y alegría se multiplicaron en forma instantánea y fueron particularmente autorreferenciales, hasta el extremo de que muchos quisieron ver en el vencedor un clon de ellos mismos: Cristina Kirchner y Axel Kicillof se destacaron en este esfuerzo, ella identificando la victoria del PT con el 17 de octubre, es decir, leyéndola como un triunfo peronista, una reivindicación de sí misma, nada de lo que sorprenderse en verdad; y él señalando que había sido derrotada la motosierra de Javier Milei.
Que Milei a su vez había hecho todo lo humana e inhumanamente imaginable para abonar estas analogías está fuera de discusión. Y las costosas enseñanzas que el resultado arroja para su proyecto y su gobierno, al fracasar su apuesta por internacionalizar a lo bestia la competencia electoral, ya se las están señalando muchos de sus socios y aliados: Patricia Bullrich con sus muestras de hartazgo ante los errores no forzados y las agresiones constantes a medio mundo, los empresarios cercanos, que no quieren seguir acumulando problemas para comerciar, financiarse e invertir, sus propios compadres de la derecha latinoamericana, que se apresuraron a felicitar a Lula y poner por delante de sus preferencias ideológicas los intereses de sus respectivos países, etc.
Pero como suele suceder, las victorias enceguecen y dificultan el aprendizaje mucho más que las derrotas. Así que aunque en principio es la derecha la que quedó cuestionada con estos resultados, es en la izquierda y el progresismo donde ellos pueden terminar teniendo efectos más problemáticos. Y los referentes argentinos del sector se han lanzado de cabeza a hacer todo lo posible para que esto sea así.
¿Qué es lo que la experiencia de Lula está enseñando pero ellos no quieren o no pueden ver? ¿Y qué errores de interpretación ya habituales en ese campo ideológico se están agravando con esta victoria?
Empecemos por lo más evidente: al festejarse a sí mismos y subirse apresuradamente al carro del vencedor, imaginan que el viento que sopla desde el país vecino les va a dar la razón en lo que vienen haciendo y ofreciendo a los votantes argentinos, así que tienen menos incentivos que antes de este último domingo para revisarlo y mejorar su oferta política y electoral.
Al contrario, con el protagonismo que quiso darse Milei en la campaña brasileña, y los malos resultados que consiguió, se tiende aquí a prestarle más atención a su derrota y el mal ejemplo que deja, que a los motivos reales del triunfo de Lula. Que distan de refrendar las estrategias de sus admiradores locales.
Lula logró revertir el resultado de la primera vuelta convenciendo a votantes no ideologizados, algunos que no habían concurrido a las urnas, otros que habían votado a terceras fuerzas de centro y centro derecha, de que Flavio Bolsonaro representaba una amenaza para derechos adquiridos gracias a las políticas sociales del PT, y un peligro para la vigencia de la Constitución, por sus malos antecedentes, y los aún peores de su familia, en cuanto al respeto de la división de poderes y el gobierno de la ley, la complicidad con redes delictivas y prácticas de corrupción. Lo logró corriendo a los sectores más de izquierda de su campaña, dándole un rol más destacado en ella a su vicepresidente, Geraldo Alckmin, y centrando la discusión en los programas de salud y educación que habían mejorado los índices sociales de Brasil en los últimos años, y Bolsonaro prometía recortar. A lo que sumó un plan platita, aumentos de Bolsa Familia y de otras transferencias de ingresos mediante.
¿Por qué fue creíble y efectivo con esas iniciativas? Ante todo, porque ya había hecho cosas similares en el pasado. Ya había gobernado aliado a la centroderecha, otorgándole a sus representantes lugares de peso en sus gabinetes. Para empezar, lo hizo en su primer mandato, desde principios de 2003, cuando designó a reputados liberales al frente de la gestión económica y combatió eficazmente la desconfianza de los mercados hacia sus políticas distributivas. Un poco antes de que Néstor Kirchner empezara a recorrer el camino opuesto en estos pagos, echara a Roberto Lavagna, Alfonso Prat Gay se rodeara de economistas obsecuentes.
Y también porque estas políticas distributivas, gracias a su compatibilidad con un déficit moderado y una inflación baja, eran valoradas por amplios sectores de la sociedad, incluidos muchos empresarios: los índices de acceso a la salud y la educación para los sectores bajos de la población efectivamente mejoraron desde entonces y en particular durante sus administraciones, y no por ello Brasil tuvo crisis de deuda, picos de inflación descontrolada ni recesiones agudas o estancamiento persistente. Todo lo que caracterizó en cambio al agotador e interminable ciclo de decadencia del modelo kirchnerista.
Además, porque si bien el déficit fiscal, la deuda y la inflación se volvieron problemas crecientes en los últimos años, en gran medida por errores cometidos por la gestión que está por concluir, ellos no llegaron a ser tan agudos como para justificar recortes brutales del gasto. El malhumor resultante de esos desequilibrios no se convirtió en un generalizado repudio del Estado, y Lula pudo prometer convincentemente que estaba a tiempo de resolverlos o al menos contenerlos sin costos sociales masivos.
En cada una de estas cuestiones, las diferencias entre el proceso argentino y el brasileño saltan a la luz. Y en particular saltan a la luz los papeles muy distintos que han cumplido al respecto las fuerzas progresistas y las políticas distribucionistas.
Y aún así Lula tiene por delante un enorme desafío: desmentir el temor de los mercados a que va a continuar recalentando la economía con más gasto, ajustar, detener la expansión acelerada de la deuda pública y sus intereses, contener la inflación y promover el crecimiento, y hacer todo eso sin incumplir su promesa de que los costos sociales serán acotados. En su discurso de campaña fue, probablemente por lo delicado de la situación que enfrenta, muy prudente en el manejo de las expectativas distributivas, y también muy atento a enfatizar el rol de la centroderecha en su gestión, la necesidad de mejorar la administración, de atender las demandas de mayor seguridad y estabilidad.
Mientras en Buenos Aires el kirchnerismo festejaba el triunfo del distribucionismo, Lula empezaba ya a desinflar expectativas al respecto. Si Milei no fuera tan necio y estuviera menos atento a lo que Lula dice, seguro podría sacar provecho de lo que Lula hace. Que lo vaya a hacer el kirchnerismo está ya de movida descartado.
Fuente: TN — Ver noticia original