
Para principios de noviembre de 1975, Pier Paolo Pasolini estaba en la plenitud de su carrera. Eran tiempos convulsionados en Italia, que transitaba “los años de plomo”, un período de extrema agitación social, huelgas masivas, crisis económica tras la crisis del petróleo de 1973 y una polarización política que no escatimaba la violencia, encarnada principalmente en el accionar de las Brigadas Rojas y los grupos paramilitares ultraderechistas. Los italianos seguían conmocionados por la “Masacre del Circeo”, perpetrada en septiembre de ese año por un grupo de jóvenes neofascistas que secuestraron, torturaron y volaron a dos chicas de clase trabajadora. Por esos días, el director de Teorema concedió una larga entrevista a un periodista del diario La Stampa en la que habló sobre sus sueños revolucionarios, pero también pronunció una frase que pronto sería leída como premonitoria: “Yo bajo al infierno y sé cosas que no perturban la paz de los otros. Pero hay que tener cuidado. El infierno está subiendo y las ganas y necesidad de dar un garrotazo, de agredir y de matar es fuerte y es general”, le dijo.
La entrevista fue publicada el domingo 2 de noviembre, pero quedó inmediatamente opacada por una noticia atroz que también tenía como protagonista a Pasolini. Esa madrugada, su cadáver apareció en un descampado cerca del puerto de Ostia. Lo habían asesinado de manera brutal: su rostro estaba desfigurado, tenía múltiples fracturas y los testículos destrozados a los golpes; el cuerpo estaba parcialmente quemado porque lo rociaron con nafta y lo prendieron fuego después de asesinarlo.
Escritor, director de cine, ensayista y filósofo, a los 53 años Pier Paolo Pasolini era considerado –y con razón– una de las figuras más importantes de la cultura y la intelectualidad italianas de la segunda mitad del siglo XX. Y no solo eso, porque su doble condición de católico y marxista, su homosexualidad abierta y sus posiciones provocadoras lo habían convertido también en un emblema de las luchas contra el sistema. Era a la vez un ícono cultural y la encarnación del escándalo. Con su muerte, el director de películas de culto como El Evangelio de San Mateo, El Decamerón, Edipo, hijo de la fortuna y Saló o los 120 días de la ciudad de Sodoma, entre otras, y de novelas como Chicos del arroyo y Una vida violenta, dejaba un legado cultural inapreciable, pero también un enigma, el de su asesinato, sus autores y sus motivos, que durante décadas buscó respuestas y nunca las encontró del todo.

Una confesión inmediata
Según los primeros informes policiales, el caso se resolvió rápidamente, en apenas unas horas cuando Giuseppe “Pino” Pelosi, un joven taxi boy de 17 años, fue detenido por los carabineros cuando manejaba el Alfa Romeo de Pasolini. Al ser interrogado, primero dijo que lo había robado, pero dos horas más tarde, cuando fue descubierto el cuerpo, confesó también en crimen. Aseguró que había sido en defensa propia, que Pasolini había querido obligarlo a tener sexo de manera antinatural y que se resistió, que entonces el director de Teorema lo atacó y él respondió golpeándolo y luego, al escapar, lo atropelló con el auto. La policía lo calificó el asesinato como “un crimen pasional”, haciéndose eco de la jerga periodística de la época.
La confesión de Pelosi parecía encajar con los rumores que corrían sobre las costumbres de Pasolini. Era sabido que tenía la costumbre de hacer citas o recoger directamente de la calle a hombres muy jóvenes que se prostituían. Por eso no extrañó que el taxi boy relatara que había arreglado con el cineasta para cenar juntos en el restaurante Biondo Tevere, cerca de la Basílica de San Pablo Extramuros. Contó que habían comido espaguetti, a los que Pasolini acompañó con cerveza, y que salieron del local alrededor de las 23.30 para ir a un lugar aislado cerca del puerto de Ostia para “toquetearse un poco”, servicio por el que el director de cine le ofreció veinte mil liras como pago.
Pelosi contó que todo había marchado bien hasta que llegaron a un lugar cerca del mar, donde Pasolini detuvo su Alfa Romeo y le propuso tener sexo allí mismo. Eso era lo pactado, pero –siempre de acuerdo con ese primer relato– la situación se salió de cause porque el hombre quería utilizar un palo de madera en el acto, no quedaba claro si para que Pino lo sodomizara o al revés. Pelosi se negó y se bajó del auto. Entonces el director salió detrás de él y lo persiguió esgrimiendo el con el palo, con el que comenzó a golpearlo. Según Pelosi, en un momento de la agresión pudo tomar un garrote para defenderse y terminó derribando a su atacante “en defensa propia”, y luego corrió al auto para escapar y que al hacerlo atropelló involuntariamente a Pasolini y en su desesperación le pasó por arriba con las ruedas.

Sospechas y dudas
El taxi boy nunca pudo dar cuenta de dónde había sacado el garrote, ni relatar coherentemente la pelea y mucho menos explicar por qué el cuerpo de Pasolini estaba parcialmente quemado. Sin embargo, en base a esa confesión y sin ninguna otra prueba, el Tribunal superior condenó a Pelosi por “homicidio en colaboración” –sin especificar en colaboración con quién– a nueve años y medio de prisión. Una pena relativamente corta que se debió a que el acusado era menor de edad en el momento de cometer el asesinato. Asunto terminado.
Había, sin embargo, muchas cosas que no cerraban: nadie podía explicarse cómo ese joven debilucho había podido matar al atlético Pasolini, era difícil creer que hubiera actuado solo. Además, al ser detenido Pino no tenía casi manchas de sangre en su ropa, lo que no era consistente con la brutalidad del asesinato, y tampoco se pudo identificar al dueño de un pulóver –que no era de la víctima ni del criminal confeso– que se encontró en el auto.
En ningún momento de la investigación policial ni del juicio se tuvo en cuenta que Pasolini estaba a punto de publicar un nuevo libro donde, prometía, revelaría una escandalosa trama de negocios y muerte en lo más alto del poder económico y político del país, por lo que era probable que hubiera muchos poderosos a quienes les convenía silenciarlo.
Entre las primeras personas que dudaron del relato oficial se encontraba la periodista Oriana Fallaci, para quien la confesión de Pelosi, la investigación y el proceso judicial encubrían una trama mucho más oscura y compleja que la de un simple “crimen pasional”, como se lo seguía calificando. En una columna del diario L’Europeo escribió que luego de investigarlo a fondo había llegado a la conclusión de que el asesinato estaba planificado y que era obra de tres o más personas que habían actuado por cuenta de otras más encumbradas.
La opinión de Falacci no cayó para nada bien dentro el gobierno del democristiano Aldo Moro ni tampoco en la justicia que había dado el caso como resuelto. La teoría del “crimen pasional” le evitaba cualquier escándalo al poder y, además, encajaba con uno de los costados más cuestionados de la personalidad de Pasolini por la católica sociedad italiana: su costumbre de hacer citas o recoger directamente de la calle a hombres muy jóvenes para mantener relaciones homosexuales.

Un silencio de 30 años
Pino Pelosi cumplió su condena y al salir en libertad no volvió a hablar de la muerte de Pasolini hasta 2005, tres décadas después del crimen, cuando le dio una entrevista a RAI 3. Allí dijo que había mentido por temor a represalias contra su familia y cambió radicalmente su versión sobre los hechos de la noche del 2 de noviembre de 1975. Relató que después de haber tenido sexo oral con Pasolini salió del auto y se alejó unos metros para orinar. Según esta nueva versión, en ese preciso momento aparecieron tres hombres desconocidos, “de 45 o 46 años, con acento calabrés o siciliano”, que comenzaron a insultarlos y molieron a golpes al cineasta mientras le gritaban “maricón, sucio comunista”. Explicó también que su largo silencio se debió a que los matones habían amenazado de muerte a él y a su familia si se atrevía a revelar lo ocurrido, y que entonces había mentido en su confesión inicial. Reconoció, en cambio que había pasado por encima del cuerpo de Pasolini cuando, asustado, huyó en el auto del cineasta.
Luego de ver la entrevista, la familia del director de Teorema reclamó la reapertura del sumario, que fue engrosado con el testimonio de su amigo Sergio Citti, quien afirmó que Pasolini acudió a la cita con Pino porque era víctima de un chantaje por el robo de unos rollos de su película Salo. En una nueva declaración judicial, Pelosi fue mucho más preciso: “Pasolini fue asesinado por tres personas. Lo golpearon a sangre fría delante de mis propios ojos. Eran romanos. Dos eran los hermanos Borsellino (Franco y Giuseppe). Fue víctima de una emboscada estudiada al detalle. Lo convencieron para ir a Ostia con la excusa de negociar la venta de las cintas de la película, robadas tiempo atrás. Él tenía consigo el dinero, era una excusa para tenderle una emboscada”, dijo ante el fiscal del caso.
Por orden judicial, la policía científica italiana pasó varios años llevando a cabo nuevas pericias, pero no pudo atribuir a nadie los restos de ADN encontrados en el auto, lo que llevó a que el caso volviera a cerrarse en 2015. Pelosi murió poco tiempo después, a los 59 años, llevándose parte, sino toda, la verdad a la tumba.

Un móvil político
Las sospechas sobre la existencia de una conspiración política para asesinar a Pasolini venían creciendo desde antes de la muerte de Pelosi. Se sabía que Pasolini tenía la intención de revelar en el libro que estaba escribiendo, Petróleo, el nombre del culpable del presunto homicidio –disfrazado de accidente- del industrial Enrico Mattei, presidente de la petrolera italiana Eni. Quienes abonan esa teoría sostienen que el asesinato de Pasolini fue un crimen político que se buscó encubrir al hacerlo pasar como una pelea entre homosexuales para desviar la atención sobre los verdaderos culpables.
El cineasta Federico Bruno, que investigó a fondo la vida de su colega asesinado para hacer una película sobre su vida y su obra, se convirtió en uno de los más convencidos defensores de la teoría del crimen político. “Hoy, en Italia se sigue diciendo que fue un homicidio casual, pero en el proceso no se hizo ninguna investigación. Fue todo un complot entre los servicios secretos, la Iglesia y los políticos. Se había creado un ambiente de que Pasolini era un hombre peligroso que hacía daño a la sociedad italiana y a la democracia. Es absolutamente injusto cómo una figura como Pasolini ha sido borrada de la memoria de Italia. Fue un testigo de su época que se dedicó a denunciar la pobreza, la corrupción y las miserias. Con su cine rompió de manera rotunda los esquemas estéticos de la época”, declaró.
Fue inútil. En octubre 2023, la Comisión Parlamentaria Antimafia italiana produjo un informe en el que se calificó la muerte de Pasolini como un “crimen sin resolver” y reclamó, una vez más, la reapertura de la investigación, pero tres años más tarde la Fiscalía de Roma sigue sin pronunciarse sobre el pedido.
El asesinato del director de El Evangelio de San Mateo fue investigado en profundidad por la periodista Simona Zecchi, que en su libro Pasolini. Masacre de un poeta cuestiona la versión oficial del asesinato y apunta a una conspiración con múltiples ejecutores vinculados a las altas esferas del poder. También dio lugar a una numerosa filmografía, donde se destacan la película de 1995 Pasolini, un delito italiano, del director Marco Tullio Giordana, la ficción Pasolini, dirigida por Abel Ferrara y protagonizada por Willem Dafoe, y el documental La noche en la que murió Pasolini, de 2009, que incluye una entrevista exclusiva con Pino Pelosi.
Fuente: Infobae — Ver noticia original