De los tres, me quedo con Juan José Paso. El más comprometido con una causa difícil que parecía imposible, en un territorio en disputa donde la relación de fuerzas nunca ayudó y que además implicaba ser fuerte ante los fuertes, sin tomarse vacaciones. Comparado con los otros dos, en su balance final hay más ganancia revolucionaria, que pérdida colonial; más independencia que resignación. En cambio, Chiclana y Sarratea no escaparon nunca de esa sensación de triunfo con sabor a derrota, que sigue generado en tiempo presente, la militancia de “libres, pero sin exagerar demasiado”. Un miedo intermitente que después de mayo de 1810, pero fundamentalmente a partir de la victoria española sobre la ocupación francesa, se encendió cuando el viejo conquistador amenazó volver a recuperar el sur con espíritu revanchista.
Fuente: Página/12 — Ver noticia original