
La misión CRS-35 de SpaceX, que despegó el 13 de octubre de 2026, transportó en una cápsula Dragon los modelos de tejido cerebral y cardiovascular humano hacia la Estación Espacial Internacional. El objetivo es observar qué ocurre con esas células cuando quedan expuestas a la microgravedad y a la radiación propias de la órbita.
El envejecimiento del cerebro, el corazón y los vasos sanguíneos suele estudiarse mediante investigaciones que pueden extenderse durante años. Este experimento busca determinar si las condiciones del entorno espacial permiten detectar esos cambios celulares en períodos más breves.
La investigación, impulsada por la Escuela de Medicina Icahn de Mount Sinai, en Nueva York, junto con la NASA y Space Tango, una empresa aeroespacial, no busca demostrar una cura contra el envejecimiento.

La misión analizará si la microgravedad acelera cambios asociados al envejecimiento
Los materiales enviados no son órganos humanos completos. Se trata de organoides, grupos tridimensionales de células cultivadas a partir de células madre que reproducen algunas estructuras y funciones de un tejido.
Sirven para estudiar cómo se comportan células humanas en condiciones controladas, aunque no tienen todos los sistemas que intervienen en un cuerpo, como la circulación sanguínea general o una respuesta inmunitaria completa.

Los investigadores pretenden analizar los efectos de dos condiciones propias del entorno espacial: la microgravedad, una sensación de ingravidez que ocurre porque la estación y los objetos en su interior orbitan la Tierra en caída libre, y una mayor exposición a radiación.
“Seis meses en el espacio equivalen a entre 10 y 20 años de envejecimiento en la Tierra”, afirmó Kevin Costa, profesor asociado de Cirugía de Mount Sinai, según un comunicado de la institución.
La comparación plantea un posible modelo de observación acelerada y no significa que una persona envejezca de forma idéntica o completa dos décadas durante una misión de seis meses.

Un modelo cerebral para observar el efecto de una variante genética
Uno de los experimentos utiliza miBrain, un modelo de tejido cerebral del tamaño aproximado de un grano de pimienta. Se obtiene a partir de células madre pluripotentes inducidas, que son células adultas reprogramadas para recuperar la capacidad de convertirse en varios tipos de tejido.
El modelo reúne células nerviosas, inmunitarias y vasculares. También reproduce algunas características del tejido cerebral, como redes de comunicación entre células y la barrera hematoencefálica, que regula qué sustancias pasan de la sangre al cerebro.
El grupo encabezado por Joel Blanchard, neurocientífico de Mount Sinai, estudiará también el papel de APOE4. Se trata de una variante genética asociada con un mayor riesgo de enfermedad de Alzheimer.

“Nuestra investigación podría establecer el miBrain como una herramienta práctica para evaluar el riesgo neurológico”, señaló Blanchard, según un comunicado de la institución.
La intención es comparar organoides con distintas variantes genéticas para identificar biomarcadores, señales biológicas medibles que puedan indicar daño en los tejidos.
El proyecto también contempla la evaluación de posibles compuestos neuroprotectores. Sin embargo, esa línea forma parte de los objetivos de investigación y no supone que exista un tratamiento probado para prevenir el Alzheimer u otras enfermedades neurodegenerativas.

Hasta 16 organoides cardiovasculares medirán su respuesta en órbita
La segunda parte de la misión está centrada en el sistema cardiovascular. La cápsula Dragon transportó 16 organoides que laten, alojados en pequeños dispositivos microfluídicos.
Estas plataformas permiten mantener los tejidos vivos y controlar el paso de líquidos. Los modelos viajan dentro de un CubeLab desarrollado por Space Tango, un sistema automatizado que puede realizar estimulación eléctrica diaria, pruebas de presión, imágenes microscópicas y recoger muestras de líquidos.

Mount Sinai ya había enviado células cardíacas al espacio en 2023, una experiencia que permitió comprobar su supervivencia durante el viaje y la exposición a la microgravedad. La misión CRS-35 amplía aquella investigación mediante tejidos más complejos, cuyo comportamiento podrá observarse durante un período más prolongado.
El interés está puesto en procesos que afectan al corazón y a los vasos sanguíneos con el paso del tiempo, entre ellos la rigidez vascular y la insuficiencia cardíaca.

Aun así, los organoides no reemplazan a los estudios en personas: carecen de la interacción con el resto del organismo, con el sistema inmunitario y con el flujo sanguíneo propio de un cuerpo humano.
Los datos obtenidos a partir de los modelos cerebrales y cardiovasculares podrán contribuir tanto a la investigación sobre la salud de los astronautas como al estudio de enfermedades asociadas al envejecimiento en la Tierra.
El alcance médico de esa información dependerá de futuras investigaciones, validaciones y pruebas antes de que cualquier posible aplicación llegue a pacientes.
Fuente: Infobae — Ver noticia original