“El progresismo es una medicina que propone contener los efectos más destructivos de la dinámica social neoliberal en la cual todos nosotros estamos infiltrados. La extrema derecha, en cambio, asume que ésta es la dinámica, que así es la vida y lo que propone no es contener, no es una medicina, no es una gestión de la crisis: lo que promete es defender a parte de la sociedad de la crisis”, dice Fabio Barbosa Dos Santos, profesor del Departamento de Relaciones Internacionales de la Universidad Federal de São Paulo. Autor de un libro interesantísimo, “Brasil autofágico, aceleración y contención entre Lula y Bolsonaro”, sostiene que la extrema derecha sintoniza mejor con una sociedad caníbal. De cara a las elecciones presidenciales de octubre en Brasil, Barbosa advierte que el apoyo a “los bolsonarismos de este mundo” no se produce por una expectativa de cambio, sino más bien por la identificación que sectores populares pueden sentir con los vencedores de esa dinámica autofágica. Como si el voto a la extrema derecha fuera una garantía de que, en la guerra social de hoy, vamos a quedar del lado de los que se salvan. Cuando la sociedad se desencanta de la democracia y las promesas incumplidas, asegura, solo quiere optar por preservar lo que tiene o lo que cree que todavía puede perder. También coautor de “El Salvador de Bukele”, un libro de reciente aparición publicado por la editorial Tinta Limón, Barbosa sostiene que en su primer gobierno Lula inspiraba la esperanza del cambio, pero en su tercer mandato encarna más bien una tregua, un mandato defensivo en el marco del eclipse de los progresismos en América del Sur. De hecho, el presidente de Brasil acaba de anunciar el primer aumento en cuatro años del monto que perciben los beneficiarios del programa Bolsa Familia, de 600 a 691 reales. Es un incremento del 15% que comenzará a regir 17 días antes de la primera vuelta del 4 de octubre y coincide también con un alto nivel de morosidad que en Brasil afecta a 81 millones de personas. De acuerdo a su visión, la alianza que construyó Lula desde el PT busca evitar el cambio de la naturaleza que se produjo bajo el interinato de Jair Bolsonaro y trata de preservar lo que todavía queda de derechos sociales. Pero ese intento de conservación resulta esteril porque no puede con la dinámica del capitalismo salvaje que subyace y se impone. “La eficacia de la medicina progresista está pasando y la derecha apuesta a ganar con el miedo al otro. El monstruo no lo considero Bolsonaro, ni el padre ni el hijo, sino que el monstruo es una sociedad que los desea, que quiere una modalidad autoritaria de política. Que desea esta violencia para protegerse del otro que aparece como amenaza”, le dijo Barbosa a El Destape. Como Javier Milei en Argentina o Nayib Bukele en El Salvador, si la opción es ellos o nosotros, la extrema derecha apela a que el votante se sienta identificado con la guerra del poder contra los perdedores del sistema. https://www.eldestapeweb.com/politica/milei-atrapado-loop-recesion-unico-culpable-20269200556“Lo que hace Bolsonaro hijo está muy en línea con lo que Bukele propuso en El Salvador. Su programa esencialmente es un programa securitario: si escuchas su programa electoral en la radio, en la televisión, habla de seguridad todo el tiempo. El slogan de Flavio Bolsonaro en ese momento es ‘Brasil sin miedo’. Pero ahora ya no es el miedo del cambio, sino que es el miedo del otro, el miedo en el sentido securitario, el miedo de los criminales”, explica Barbosa. Es lo que el experto denomina la bolsonarización o bukelización de la política sudamericana.En “Brasil Autofágico”, publicado en 2022, Barbosa y Daniel Feldmann resaltan lo que advierten como un activo crucial de la extrema derecha: la politización (odiosa) del resentimiento social. “Es una autenticidad perversa pero real. La guerra de todos contra todos no es color de rosa y aquellos que admiten su crueldad aparecen como verdaderos en contraste con las promesas siempre incumplidas. Esa derecha no remedia la frustración ni gestiona la crisis: gobierna a través de ellas”, dicen. Para los autores, el intento de recrear una alianza entre el mercado y los excluidos no es posible en las actuales circunstancias. Hace falta, sostienen, un replanteo mucho más profundo. El libro plantea que la dinámica de aceleración de la crisis que promueve Bolsonaro tampoco resultó eficaz desde el punto de vista de las elites brasileñas cuando gobernó el padre del ahora candidato. Por eso, sostienen Barbosa y Feldmann, Lula no salió de la cárcel por la presión del movimiento popular sino que fueron los mismos sectores de poder que lo habían enviado a prisión por intermedio de Sergio Moro los que fueron a buscarlo para contener la crisis postpandemia. Fue “un movimiento en el piso superior del poder” el que lo hizo posible.En diálogo con Radio Con Vos, la semana pasada, Barbosa comparó la situación de Lula con la de Cristina Fernández de Kirchner. Para el profesor de la Universidad de Sao Paulo, la diferencia importante entre Lula y Cristina es que los gobiernos kirchneristas surgieron del estallido de 2001 y fueron más combativos. Juzgaron a los militares y dieron peleas con el agronegocio, los medios, los fondos buitres que, según dijo, “Lula jamás compró”. La paradoja es que Lula pudo jugar este rol de conciliador, de concertador y regresar a la presidencia en 2022 con el apoyo de actores del poder para ensayar la tregua actual. Sin embargo, dice, todavía no se sabe si el líder del PT podrá prolongarla con un nuevo mandato.