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La psicología es tajante: cuando un chico miente no lo hace por falta de educación sino como parte de una estrategia

Una investigación encontró que la mentira persistente puede funcionar como una estrategia para evitar consecuencias o conseguir objetivos inmediatos
La psicología es tajante: cuando un chico miente no lo hace por falta de educación sino como parte de una estrategia

Que un chico mienta no significa necesariamente que haya sido maleducado o que tenga un problema moral, según la mirada de la psicología. Durante la infancia, la mentira puede aparecer como parte del desarrollo cognitivo y social, a medida que los niños empiezan a comprender que otras personas pueden tener pensamientos, conocimientos y puntos de vista diferentes a los propios.

La situación cambia cuando la deshonestidad se vuelve muy frecuente, se mantiene durante años y aparece acompañada por otras conductas problemáticas. Un estudio liderado por la doctora Victoria Talwar, de la Universidad McGill, siguió la evolución de la mentira entre los 6 y los 19 años para entender qué trayectorias eran más comunes y cuáles podían asociarse con mayores dificultades posteriores.

La investigación analizó a 3.017 niños de Quebec durante casi dos décadas. Los resultados, publicados en la revista científica Development and Psychopathology, mostraron que la mayoría no mantiene niveles elevados de mentira durante toda la infancia. Cerca del 73 por ciento, según los informes de los docentes, presentó una trayectoria baja y decreciente con el paso de los años.

Para muchos chicos mentir puede ser una conducta ocasional que pierde fuerza a medida que desarrollan mejores herramientas sociales, mayor autocontrol y una comprensión más compleja de las consecuencias de sus actos.

Cuando la mentira se convierte en una estrategia repetida

El estudio identificó también grupos más pequeños en los que la deshonestidad aumentaba durante la adolescencia o se mantenía elevada de manera persistente. En esos casos, los investigadores encontraron una relación con factores como la agresividad temprana y la impulsividad.

Los niños que mostraban niveles altos de agresión a los 6 años tenían más probabilidades de integrar los grupos con trayectorias problemáticas de mentira. Más adelante, la impulsividad observada alrededor de los 12 años también ayudaba a predecir quiénes continuarían recurriendo con mayor frecuencia al engaño durante la adolescencia.

Esto permite interpretar algunas mentiras como una respuesta rápida frente a una situación incómoda. Un chico puede mentir para evitar un castigo, escapar de una consecuencia, obtener algo que desea o protegerse de una reacción negativa del entorno.

Desde esta mirada, la mentira puede convertirse en una estrategia de corto plazo. El problema aparece cuando se transforma en la respuesta habitual frente a los conflictos y desplaza otras formas más saludables de resolverlos.

Por eso, los especialistas ponen el foco en habilidades como el control de impulsos, el razonamiento social y la regulación emocional. Si un niño aprende a tolerar la frustración, anticipar consecuencias y encontrar alternativas para afrontar un problema, disminuye la necesidad de utilizar el engaño como salida inmediata.

El estudio también encontró asociaciones entre las trayectorias de mentira más persistentes y algunos problemas posteriores. A los 22 años, los participantes que habían integrado los grupos con mayor deshonestidad mostraban una probabilidad más alta de cumplir criterios compatibles con trastorno de personalidad antisocial.

Además, estos grupos presentaron una mayor presencia de antecedentes por conductas violentas y no violentas durante la juventud. Sin embargo, los investigadores remarcan que esto no significa que mentir durante la infancia provoque directamente delincuencia o trastornos de personalidad.

La relación es asociativa y puede estar influida por múltiples factores personales, familiares y ambientales. La mayoría de los niños que dicen mentiras no desarrollará problemas graves en la adultez, y una mentira aislada no permite hacer ninguna predicción sobre el futuro.

También existen diferencias según quién observa la conducta. Los padres pueden detectar más episodios porque conviven diariamente con sus hijos, mientras que los adolescentes suelen ocultar determinada información como parte de la búsqueda de autonomía.

La clave, entonces, no está en reaccionar frente a cada mentira como si fuera una señal de alarma. Lo importante es observar el patrón general. Cuando el engaño es persistente, aparece junto con agresividad, impulsividad o dificultades importantes para respetar límites y genera problemas en la vida cotidiana, puede ser útil buscar orientación profesional.

Fuente: TN — Ver noticia original