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La crisis de la movilidad social

La pérdida de peso económico de Europa y la desindustrialización argentina erosionan las bases materiales que sostuvieron los Estados de bienestar y la movilidad social ascendente. El deterioro de los ingresos, las dificultades de acceso a la vivienda y la creciente desigualdad alimentan un descontento generacional que interpela tanto a los gobiernos europeos como al…
La crisis de la movilidad social

Existe un hilo conductor entre las protestas en Europa y la crisis del peronismo como movimiento hegemónico de la política local. Tranquilo lector, la afirmación no es un exceso de ombliguismo o de provincialismo analítico. El fenómeno común es la crisis de los Estados de bienestar, que viene de lejos, pero que se expresa sobre un problema mayor: la declinación de la base material que sostenía a estos Estados.

Los componentes del caso local son bien conocidos: el fin del modelo de industrialización sustitutiva de importaciones (ISI), hace ya medio siglo, y el lento pero persistente regreso a una economía basada en los recursos naturales que descuida los encadenamientos productivos. Una de las consecuencias de este proceso fue la progresiva concentración del ingreso, que redujo el poder de negociación de los actores económicos que quedaron en el camino. Esto dio lugar a una pérdida de democracia económica que no tardó en expresarse políticamente. El peronismo, que había sido el partido de la ISI, intentó reciclarse en los ’90, travistiéndose primero en estandarte de las políticas del Consenso de Washington para, más tarde, tras la crisis de 2001-2002 y durante las primeras décadas del siglo XXI, intentar recuperar, sin éxito, la identidad de partido de la reindustrialización. En el presente, el movimiento busca reinventarse, pero permanece bajo el acoso de múltiples identidades, que son, a su vez, la expresión de distintas bases materiales.

El falso federalismo atomizador posterior a la reforma constitucional de 1994 no ayuda en la tarea. Cada subestado provincial se concentra en los emergentes de sus economías, con provincias agrarias, mineras y petroleras a las que todavía les cuesta expresarse en una identidad común, pero que, al mismo tiempo, se distancian de los conurbanos afectados por la progresiva desindustrialización y la desarticulación productiva. Unificar identitaria e ideológicamente semejante diversidad es un desafío mayúsculo. La contradicción de fondo se expresa en la tensión entre la memoria del Estado de bienestar de la edad de oro de mediados del siglo XX, con su movilidad social ascendente y la provisión eficiente de los servicios públicos esenciales, y la realidad actual de mercados de trabajo fragmentados, con informalidad generalizada que desfinancia los sistemas previsionales y con un Estado nacional en retirada.

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Europa y el deterioro de las bases del Estado de bienestar

La Unión Europea, en tanto, representa a la región que mejor conservó las virtudes de los viejos Estados de bienestar heredados del siglo XX, pero que, al mismo tiempo, en lo que va del siglo XXI, enfrenta una progresiva pérdida de relevancia económica. Los números son contundentes. Medida en términos de paridad de poder adquisitivo, para despejar las variaciones derivadas de los tipos de cambio, la UE pasó de representar poco menos del 20 por ciento del PIB mundial en el año 2000 a apenas el 14 por ciento en 2025. Es decir, los 27 países de la UE pasaron de representar un quinto a un séptimo de la economía global.

El número no expresa un empobrecimiento absoluto, sino un crecimiento más lento y la fuerte emergencia de las economías asiáticas. Pero también se explica, en parte, por una sumatoria de malas decisiones económicas, como el deterioro energético autoprovocado, derivado del falso ambientalismo, que llevó a los países de la región, empezando por Alemania, a cerrar centrales nucleares y reducir la generación hidroeléctrica y, consecuentemente, a aumentar su dependencia de los hidrocarburos rusos. El segundo gran error fue la persistencia de la dependencia respecto de Estados Unidos, que, a partir de la segunda posguerra y en el marco de la OTAN, se hizo parcialmente cargo del costo de la defensa del continente. Esto tuvo también como contrapartida el involucramiento europeo en guerras geopolíticas potencialmente ajenas.

La guerra en Ucrania y el costo económico de la defensa

Esta dinámica se manifiesta en el presente en las consecuencias de la guerra en Ucrania, que redundaron en dos efectos principales. El primero fue la disparada de los precios de la energía, consecuencia de dejar de comprar hidrocarburos baratos a Rusia para comprarlos más caros a Estados Unidos, entre otros proveedores, lo que afectó seriamente la competitividad de las industrias europeas. El segundo fue el más reciente golpe de gracia: el compromiso de aumentar del 2 al 5 por ciento del PIB, hacia 2035, los presupuestos de defensa de los países que también integran la OTAN (23 de los 27). Ese incremento deberá financiarse en detrimento de otras partidas del gasto estatal. No está claro si esto se traducirá en una recuperación de la industria armamentística europea o en una mayor demanda para el complejo militar-industrial estadounidense.

Recapitulando: la industria europea pierde relevancia por las dificultades para competir con las potencias asiáticas, a las que se suman los mayores costos de la energía. Esto afecta la base material que sostiene los Estados de bienestar, algunos de ellos bastante grandes, con niveles de gasto público superiores al 50 por ciento del PIB. A ello se agregará el nuevo compromiso de aumentar los gastos de defensa, lo que restará recursos a otras áreas. Y falta todavía un dato por incorporar: el envejecimiento de las poblaciones y la baja tasa de natalidad, que incrementan el peso de los sistemas previsionales sobre el PIB. El pronóstico es la continuidad de lo que ya sucede: el inicio de recortes del gasto en salud, educación e infraestructura, partidas cuyos niveles de inversión todavía son elevados.

El malestar de las nuevas generaciones

Las protestas en Francia son un emergente de la sumatoria de estos procesos. Producto de las transformaciones en la economía, las nuevas generaciones tienen dificultades para obtener ingresos que les posibiliten una movilidad social ascendente como la que tuvieron sus padres, muchos de los cuales tienen vivienda propia y perciben jubilaciones superiores a los ingresos de los jóvenes que trabajan. En muchas regiones, la gentrificación provocada, entre otras razones, por el turismo también les dificulta a los jóvenes el acceso a la vivienda, un mercado en el que, además, se advierte una subinversión. Hay más demanda que oferta. En paralelo, el capitalismo del siglo XXI les muestra en las pantallas de sus teléfonos la vida y los bienes que jamás van a tener. El cóctel de descontento podría ser desestabilizador.

Por ahora, los aparatos de legitimación del sistema parecen haber sido eficientes en la búsqueda de culpables, como la inmigración o la “amenaza rusa”, pero mucho menos en repensar cuál será la reconversión productiva en esa nueva economía global, en la que la UE pierde participación y relevancia.

Argentina ante el desafío de la movilidad social

Y aquí volvemos a incorporar a la economía local. El descontento de las nuevas generaciones, para las que la movilidad social ascendente es una memoria generacionalmente cercana, demanda mucho discurso para ser encauzado. La pregunta es hasta cuándo puede durar el aplacamiento discursivo si las respuestas a las demandas materiales no aparecen. La segunda pregunta es si la sociedad argentina se resignará mansamente a transformarse en una sociedad dual, como las de otros países de América del Sur que, extrañamente, algunos ubican como modelos a seguir. En Europa, mientras tanto, la resignación no parece ser un hecho.

Fuente: El Destape — Ver noticia original