La primera pelea de Jorge Castro no fue arriba de un ring. Fue antes, mucho antes, cuando todavÃa no habÃa guantes, ni árbitros, ni campanas que ordenaran el caos. La peleó en la infancia, en una casa donde el sueldo de una madre portera de escuela no alcanzaba para alimentar a seis hijos y donde pedir limosna era, más que una vergüenza, una necesidad.TenÃa cinco hermanos y una familia partida. Sus padres estaban separados y, durante un tiempo, Jorge y uno de sus hermanos vivieron en Catamarca con su abuelo y su padre, un hombre alcohólico que los golpeaba. La pobreza no era una palabra abstracta: era hambre, golpes, desnutrición. Cuando su madre los visitó y vio el estado en el que estaban, no dudó. Se los llevó de vuelta a Caleta Olivia. Ese regreso no fue un alivio inmediato: el primer año vivió con esquiladores de ovejas, aprendiendo demasiado pronto que la supervivencia también es una forma de oficio.A los quince años decidió canalizar la furia. En la calle ya era conocido por pelearse seguido; de ahà nació el apodo que lo acompañarÃa toda la vida: "Roña". El boxeo no lo civilizó: lo ordenó. Le dio reglas a una violencia que venÃa de antes.Debutó como profesional el 14 de febrero de 1987. No fue una noche romántica: fue una noche efectiva. Nocaut al chileno Patricio Caracci y el comienzo de una racha demoledora. Treinta y siete peleas invicto, hasta que la primera derrota llegó el 10 de junio de 1989, frente a Lorenzo GarcÃa. En apenas cinco años realizó 72 combates. Diecinueve solo en 1988. Un ritmo inhumano, propio de una época y de un boxeador que parecÃa no conocer el cansancio.El 23 de diciembre de 1988 enfrentó a Mario Matthysse y cerró ese perÃodo con un récord impactante: 67 victorias (45 por nocaut), tres derrotas y dos empates. Pero el hito que lo terminó de instalar ocurrió en 1989, cuando cumplió un sueño que parecÃa imposible: reabrir el estadio Luna Park, cerrado al boxeo desde hacÃa ocho años. La pelea frente al "Puma" Miguel Arroyo no solo devolvió el boxeo al templo porteño, también proyectó a Castro al plano internacional.Llegaron las peleas en Mónaco, España, Italia, Francia y Estados Unidos. En Filadelfia se radicó un tiempo y trabajó como sparring en distintos gimnasios. No era una estrella: era un obrero del ring.En 1991 disputó el tÃtulo Súper Welter frente al bicampeón Terry Norris. Perdió por decisión unánime, pero dejó una imagen digna. Un año después viajó a Pensacola para enfrentar al local Roy Jones Jr., que llegaba invicto, con todos sus triunfos por nocaut. Castro perdió por decisión de los jurados, pero ganó algo que no figura en los récords: fue el primer boxeador que obligó a Roy Jones a escuchar las tarjetas. El propio "Súper Roy" dirÃa después que habÃa sido su rival más duro, el que más fuerte le habÃa pegado hasta ese momento.El 1994 marcó el punto más alto. En Buenos Aires, Jorge "Roña" Castro se consagró campeón mundial de los medianos al vencer al estadounidense Reggie Johnson. Después defendió el tÃtulo con un nocaut ante Alex Ramos y viajó a Monterrey para enfrentar a John David Jackson, campeón mundial de la WBO y la WBA. El boxeo argentino volvÃa a tener un campeón salido del sacrificio, no del laboratorio.Hubo noches de Pago Por Visión, carteleras de lujo, peleas que compartieron programa con nombres como Félix Trinidad, Julio César Chávez, Oba Carr o Tony López. Pero el tiempo, como siempre, siguió su marcha.Lejos de las luces, la vida le propuso otro combate. Desde la pandemia, Jorge Castro desarrolló una intensa actividad solidaria en el Conurbano bonaerense, donde vivÃa desde hacÃa años. Todo empezó con una olla popular en el gimnasio que regenteaba en Lomas de Zamora. Primero fueron los boxeadores. Después, sus familias. Más tarde, los vecinos.La necesidad creció y el "Roña" respondió como sabÃa: avanzando. En los últimos años abrió catorce comedores y nueve merenderos. Estaba a punto de expandirse a Morón. Los sostenÃa con aportes propios, ayuda de vecinos, algunos empresarios solidarios y asistencia del gobierno bonaerense.Castro hablaba de la situación social con la misma crudeza con la que peleaba. "Hay más demanda de la gente. Dicen que sacaron millones de personas de la pobreza, pero cada vez entra más gente a los comedores", contó en una entrevista radial. DescribÃa filas de jubilados esperando un plato de comida, familias que antes eran clase media y hoy no llegaban a fin de mes. "Antes entregaba 80 bolsones por semana, ahora 100. Y lo tengo que hacer. Un plato de comida no se le niega a nadie".También hubo conflictos con el gobierno de Milei. Relató un enfrentamiento con la ministra Sandra Pettovello y denunció la existencia de galpones con alimentos sin repartir mientras la gente pasaba hambre. "Nunca tuve respuesta. La gente necesita de verdad", dijo.Este 14 de octubre de 2026 murió Jorge "Roña" Castro. Con su partida se va uno de los personajes más singulares del boxeo argentino, un campeón que conoció la gloria, pero que nunca pudo borrar las marcas de una infancia atravesada por el hambre y la violencia.Su historia, sin embargo, no se termina con el último combate. Quedan los recuerdos de sus peleas, su consagración mundial, su manera desordenada y frontal de andar por la vida y, también, aquella decisión de convertir su propia experiencia en una mano tendida para quienes atravesaban necesidades.Jorge Castro ya no subirá al ring. Tampoco estará al frente de aquellas ollas populares que transformó en comedores para miles de personas. Pero su recorrido deja una lección que excede largamente al deporte: la de alguien que conoció la adversidad desde chico y que, cuando tuvo la posibilidad, decidió ayudar a otros a enfrentarla.Cambió los guantes por ollas, el nocaut por el plato servido, el aplauso por el agradecimiento silencioso. En el fondo, no era otra cosa que la continuidad de su historia: un hombre que aprendió temprano que la vida se pelea round por round, y que rendirse nunca fue una opción.
El "Roña" perdió su última pelea. Pero hay combates que no se miden por el resultado final. Se miden por las huellas que dejan. Y Jorge Castro, con sus virtudes y su enorme historia de supervivencia, solidaridad y empatÃa con los más necesitados , dejó las suyas.
Fuente: Crónica — Ver noticia original