Donald Trump supo a la perfección cómo entrar a la guerra con Irán, pero nunca entendió cómo salir. El costo lo está pagando ahora, con la histórica derrota electoral que lo deja fuertemente debilitado para los dos años que le quedan en la Casa Blanca. La guerra en Medio Oriente provocó que el presidente de Estados Unidos llegue a las elecciones de medio término con uno de los precios de los combustibles más altos del siglo XXI.
Desde el inicio del conflicto -y el bloqueo del Estrecho de Ormuz-, el precio de la gasolina (nafta) en la venta minorista aumentó un 50%. Los automovilistas de los suburbios urbanos no se lo perdonaron. Ni siquiera los del estado petrolero Texas, bastión histórico republicano, donde este martes ganaron los demócratas después de 35 años.
Para 2026 se esperaba que el precio del petróleo esté bajo y estable. Había sobreoferta en el mundo. Las principales consultoras y bancos internacionales proyectaron el barril en la franja de 55-60 dólares.
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Pero el 28 de febrero a las 8 de la mañana (hora de Irán) Estados Unidos e Israel bombardearon Teherán. El petróleo saltó por las nubes y se estabilizó en los US$ 100 por barril. El problema para el presidente republicano es que en Estados Unidos el precio internacional del petróleo impacta rápido y directo en los surtidores de Nebraska, Montana, Alabama o cualquiera de los 50 estados.
Antes del bombardeo, el galón de gasolina (3,78 litros) costaba US$ 2,9 en el promedio nacional. Nueve meses después saltó a US$ 4,45 (incluido impuestos), un 50% más caro.
Antes de la guerra el precio de la gasolina de enero era uno de los más bajos del siglo. Por el contrario, en octubre pasó a ser uno de los más altos de los últimos 25 años. Entre enero y noviembre, el precio del diésel -un combustible clave para el comercio y el transporte- saltó un 75%, ya que aumentó de US$ 3,6 a US$ 6,3 por galón.
Para transformar la elección en un referéndum a favor, Trump había dicho antes de los comicios “finjan que estoy en la boleta”. Los automovilistas de Estados Unidos le hicieron caso. Trump fue la cara del aumento de la gasolina y no se lo perdonaron. Las elecciones de medio término efectivamente funcionaron como un referéndum, pero en contra de Trump.
Inflación y tarifas
El costo de vida en Estados Unidos ya venía acelerando en 2025. Pero en 2026 se disparó. La suba de los combustibles provocó un efecto dominó sobre todos los precios de la energía, transporte y alimentos. En septiembre la inflación interanual fue de 3,6% (0,5% mensual, el doble que la de 2025) y superó al 3,4% interanual de agosto. Saltos chicos para la Argentina, pero suficientemente grandes para el principal productor de petróleo del mundo.
Las tarifas eléctricas también fueron parte del malhumor electoral. A diferencia de lo que ocurre en la Argentina, las facturas de electricidad no tenían peso significativo para los votantes estadounidenses. Hasta este año. En doce meses las facturas pegaron un salto de 10% por encima de la inflación, según la Agencia de Información Energética (EIA, por sus siglas en inglés).
Una encuesta conjunta realizada entre el 9 y el 13 de octubre entre el diario The Washington Post, ABC News e Ipsos determinó que un 57% de los votantes consideraba que los servicios públicos eran impagables. Antes de la guerra eran un 45%.
El voto de la clase trabajadora blanca, supuesto bastión electoral de Trump, esta vez no lo acompañó. Según un estudio difundido por Los Ángeles Times, casi la mitad de los electores afirmaron que la economía era la principal preocupación electoral, por encima de temas clave como la inseguridad, la atención médica y la inmigración. Además, 3 de cada 10 personas iba a votar pensando que el tema más relevante de la elección era la defensa de la democracia, según el mismo diario.
Texas, petrolera y demócrata
Los demócratas ganaron o tuvieron buenos desempeños en estados identificados históricamente con los republicanos como Kansas, Iowa, Carolina del Norte, Carolina del Sur, Georgia y Ohio. Y estados disputados como Michigan y Pensilvania. Pero la gran sorpresa fue Texas, que produce 5,75 millones de barriles diarios de petróleo, la mitad de Estados Unidos y casi seis veces el volumen de la Argentina. Si fuese un país, se ubicaría cuarto en el ranking mundial y por arriba de China.
El estado petrolero por excelencia le dio la espalda a Trump. El gobernador republicano Greg Abbott no pudo revalidar su cargo y perdió frente a la demócrata Gina Hinojosa. Desde 1990 que los demócratas no ganaba la gobernación de Texas y desde 1976 que no ganan una elección presidencial en ese estado.
Además del precio de la gasolina y el aumento del costo de vida, en Texas se sumó un tema particular a la agenda electoral: la instalación de datas center para inteligencia artificial. El rechazo a la instalación de estas megaplantas fue una novedad electoral. Los cuestionamientos apuntan a que consumen mucha energía y agua y generan ruidos que provocan rechazo en los texanos.
Hay 170 centro de datos instalados y 170 más están proyectados para instalarse en el estado. Casi el 30% de estas plantas que instalarán en Estados Unidos los gigantes tecnológicos lo harán en Texas. El tema entró en la agenda electoral y se convirtió en grieta: a favor o en contra.
La candidata republicana hizo campaña rechazando las plantas o generando una regulación más estricta bajo el eje de que provocan un aumento en las tarifas, tal como describió The Washington Post.
El actual gobernador republicano Greg Abbott sostenía como activo político que Texas era “el epicentro del desarrollo de la IA”. No le fue bien. Tampoco al magnate tecnológico Elon Musk, que aportó US$ 474 millones para la campaña republicana, de los cuales US$ 224 millones fueron para Texas, donde tiene activos importantes.