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Humanos y aves cantoras escuchan los mismos sonidos, pero los organizan de maneras opuestas

Mientras las personas se guían casi exclusivamente por el tono, los diamantes mandarines combinan esa dimensión con el timbre para reconocer secuencias acústicas. El hallazgo cuestiona la idea de que toda especie con aprendizaje vocal perciba de la misma forma
Humanos y aves cantoras escuchan los mismos sonidos, pero los organizan de maneras opuestas

Los humanos procesan las melodías principalmente a partir del tono, mientras que los diamantes mandarines combinan esa frecuencia con los formantes. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Un ser humano puede reconocer una melodía conocida aunque suene en un instrumento diferente al original: le basta con seguir el patrón de tonos agudos y graves que componen la secuencia. Esa capacidad, aparentemente tan natural, esconde una decisión del sistema auditivo que no tiene por qué ser igual en todas las especies. Durante décadas, la ciencia asumió que los animales capaces de aprender vocalizaciones, como los pájaros cantores, procesaban las secuencias acústicas complejas de manera similar a la humana, pero un nuevo estudio reveló que humanos y aves cantoras organizan lo que oyen de formas marcadamente distintas.

La investigación, realizada por científicos de la Universidad de Ámsterdam y la de Leiden, comparó a personas y a diamantes mandarines, una especie de ave cantora muy empleada en estudios de percepción auditiva, mediante una misma tarea de escucha con sonidos artificiales idénticos.

Los resultados mostraron que los humanos se guían casi exclusivamente por el tono, la frecuencia fundamental que determina si un sonido se percibe como agudo o grave. Los diamantes mandarines, en cambio, combinan esa dimensión con los formantes, picos de energía dentro de la gama de frecuencias de un sonido cuya distribución define el timbre o “color” de lo que se escucha.

Los hallazgos, publicados en la revista Communications Biology, cuestionan la idea de que toda especie capaz de aprender vocalizaciones escuche priorizando el tono. “Estos resultados muestran que las especies con aprendizaje vocal no organizan necesariamente los mismos sonidos de la misma manera”, afirmó Henkjan Honing, director del Grupo de Cognición Musical de la Universidad de Ámsterdam, según el comunicado de prensa. “Cómo reconocemos los sonidos complejos parece depender de dos factores que actúan juntos: predisposiciones auditivas de cada especie y lo que la experiencia nos ha enseñado a atender”, agregó.

Un mismo diseño experimental para dos especies distintas

Las aves mostraron respuestas aleatorias cuando el tono y los formantes ofrecieron trayectorias contradictorias en las secuencias acústicas. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Para llegar a estas conclusiones, el equipo utilizó en ambas especies un esquema inspirado en la caja de Skinner, un dispositivo de laboratorio en el que el sujeto aprende a asociar estímulos con respuestas mediante recompensas.

Los 23 diamantes mandarines que completaron la prueba fueron entrenados en jaulas equipadas con sensores y acceso a alimento como refuerzo, mientras que los 272 participantes humanos realizaron la tarea en una versión digital del mismo dispositivo, con señales visuales de acierto o error. Ese diseño garantizó que las diferencias observadas reflejaran la arquitectura auditiva de cada especie y no variaciones en la instrucción.

Ambos grupos aprendieron a distinguir secuencias de cinco sonidos armónicos, compuestos por varias frecuencias superpuestas, en los que el tono y los formantes variaban de forma conjunta o en direcciones opuestas. Una vez que los sujetos dominaban la distinción, se les presentaban versiones modificadas en las que se alteraba selectivamente la trayectoria, ascendente o descendente, de una de las dos dimensiones o de ambas.

Los diamantes mandarines trataban tono y formantes como componentes complementarios de un único patrón: cuando una dimensión se mantenía constante, la otra bastaba para sostener el reconocimiento. Ante señales contradictorias, las aves respondían de forma aleatoria, lo que confirma que les otorgan una relevancia comparable. Los humanos, por el contrario, se apoyaron abrumadoramente en el tono siempre que este resultaba fiable, con escasa influencia de las modificaciones espectrales sobre sus clasificaciones.

La formación musical modifica la compensación del tono

Las personas con formación musical recurrieron a la estructura espectral del sonido cuando la referencia del tono perdió claridad. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El estudio también evaluó cómo influye la experiencia con la música. Cuando la información tonal era fiable, todos los participantes la priorizaban por igual, sin importar su formación. Pero cuando esa referencia se eliminaba o se volvía ambigua, quienes tenían mayor bagaje musical lograban reconocer las relaciones aprendidas apoyándose en los cambios de la estructura espectral.

Los oyentes entrenados transferían a otra dimensión acústica el patrón relativo al tono que habían aprendido durante el entrenamiento, un mecanismo que el trabajo describe como “sustitución funcional dependiente de la experiencia”. Los participantes sin formación, en cambio, perdían capacidad de discriminación al carecer de esa referencia primaria.

La divergencia no es solo biológica ni solo cultural

Según se detalla en el estudio, la diferencia entre especies no refleja un rasgo innato ni un efecto puramente cultural, sino una interacción entre ambos factores. Una posibilidad que plantea el trabajo es que los diamantes mandarines estén predispuestos a integrar varias propiedades de los sonidos complejos, mientras que la exposición humana a la música y el habla refuerza el tono como dimensión predeterminada para organizar los patrones auditivos.

“Tanto los diamantes mandarines como los humanos pueden percibir el tono y la estructura espectral, pero les conceden relevancia desigual”, afirmó Carel ten Cate, profesor de la Universidad de Leiden, según el comunicado de prensa. “Comparaciones de este tipo nos ayudan a distinguir aspectos del procesamiento auditivo que pueden estar arraigados en la evolución de aquellos que fueron moldeados por la experiencia individual y la cultura humana”, agregó.

El trabajo deja abierta una pregunta que excede la percepción animal: si la manera en que escuchamos no es un atributo fijo del oído, sino el resultado de disposiciones heredadas que la cultura moldea, futuros experimentos que manipulen la exposición auditiva en distintas especies podrían ayudar a distinguir qué parte de nuestra escucha nos viene dada y cuál hemos aprendido.

Fuente: Infobae — Ver noticia original