Sale el sol en Buenos Aires, es sábado 31 de octubre a la tarde, y en una plaza de Chacarita decenas de chicos y chicas se juntan para celebrar Halloween. No saben casi nada del origen geográfico o socio histórico de la celebración, pero los disfraces, algunos más elaborados que otros, los juegos compartidos, el baile, la presencia de las familias y las meriendas le otorgan al momento un sentido propio con anclaje local y comunitario. Una imagen similar se ve en un parque en Los Hornos, La Plata, en Tandil o en Paraná, Entre Ríos.
En las tramas urbanas pasa algo parecido. Desde hace unos años, ya que para estas épocas las vidrieras y negocios se llenan de calabazas, telarañas, fantasmas o brujas, y en los barrios muchos comercios se organizan para armar circuitos y preparan las golosinas para repartir gratis a los chicos que salen disfrazados a recorrer las calles. Halloween se fue incorporando progresivamente al calendario socio cultural argentino y, con su expansión, volvió a encenderse un debate que suele repetirse: ¿por qué festejamos algo que no forma parte de nuestras tradiciones? ¿Estamos frente a una nueva expresión de la influencia cultural yanqui, acelerada por los imaginarios del gobierno actual? ¿O será que las costumbres y culturas son dinámicas y las sociedades las pueden incorporar y transformar en expresiones propias?
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La discusión, hoy amplificada por la viralización de contenidos y el impacto del ragebait en redes sociales, tiene una dimensión histórica y económico-material que no puede ignorarse: Halloween nació muy lejos de estas tierras y su expansión internacional está estrechamente vinculada con la industria cultural, estadounidense, Hollywood y el capitalismo de consumo. Sin embargo, sin negar esa genealogía, podemos analizar cómo en paralelo se produce un efecto social y comunitario con arraigo local cuando esa celebración llega efectivamente a los barrios y se convierte en una actividad compartida por chicos, familias, comerciantes y vecinos que se encuentran en el espacio público.
De la cultura yanqui al calendario argentino
En términos genealógicos, Halloween tiene antecedentes históricos europeos, vinculados con antiguas celebraciones estacionales: Samhain, una festividad celta de raíz pagana que marcaba el final de la temporada de cosechas y el inicio del año nuevo; y la Víspera de Todos los Santos, de origen cristiano. Lo que conocemos ahora, es decir, su configuración contemporánea y fuertemente estetizada, está asociado principalmente a la cultura de Estados Unidos, donde se popularizaron elementos como los disfraces, las calabazas iluminadas, las decoraciones temáticas, las recetas otoñales y la famosa frase “dulce o truco”. La propagación internacional no puede entenderse sin el desarrollo de las industrias culturales, sobre todo en la segunda mitad del siglo XX, como el cine, las series, la publicidad, la circulación de productos audiovisuales, y actualmente, los contenidos en redes, que convirtieron a Halloween en una celebración fácilmente reconocible en todo el mundo, incluso en sociedades con características, culturas y religiones diametralmente diferentes.
En Argentina, si bien su incorporación fue gradual y puede registrarse a partir de los 80 ‘s sobre todo en escuelas inglesas y de origen anglosajón, da la sensación de que en los últimos años la moda explotó. Pasó entonces de celebrarse en establecimientos educativos específicos, fiestas temáticas y barrios privados, a la mayoría de los barrios, las plazas y calles de todo el país. Eso incluyó, obviamente, un boom económico y comercial: consumos culturales exclusivos, publicidades, circulación y demanda de marcas internacionales, importación de productos y estilos de vida, y la adaptación del festejo a la industria nacional.
Existen algunos datos recientes que certifican el análisis y evidencian que Halloween empieza a consolidarse como una fecha comercial del calendario nacional: un informe de Rappi sobre 2025 mostró que, durante los días previos a Halloween, los pedidos de golosinas en kioscos y supermercados aumentaron un 40% interanual, y el 48% se realizó entre las 20 y la medianoche; y según el último informe de la Cámara Argentina de la Industria del Juguete, para 2026, las ventas de artículos vinculados con la celebración, como disfraces, cotillón y decoración, crecieron un 30% en unidades respecto del año anterior.
El trabajo “La trama del regalo en la difusión de la demanda. Halloween y San Valentín como escenas de consumo”, de Matías J. Romani, publicado en 2016 en la revista Socio Debate de Ciencias Sociales, analiza justamente cómo determinadas celebraciones del capitalismo global se incorporan a sociedades que no necesariamente tienen una tradición histórica vinculada con ellas. Lo que remarca el estudio es el rol clave de los mercados domésticos, que no se limitan a responder a una demanda preexistente, sino que también se vuelven protagonistas y activos en la construcción de nuevas formas de consumo, la organización de eventos y experiencias, y la producción de escenarios que hacen posible la popularización de esas prácticas y rituales sociales.
A la dimensión comercial se suma la digital, las redes sociales y las acciones de famosos e influencers que instalan agenda, generan deseos y necesidades, y modifican las formas de convocatoria y organización. En la última semana vimos cómo en Instagram y otras comunidades digitales se difundieron actividades, recorridos, mapas de locales participantes, horarios y convocatorias a las familias de diferentes barrios y ciudades. La celebración termina conjugando entonces comerciantes, marcas, campañas publicitarias e iniciativas encabezadas, en muchos casos, por los propios vecinos y espacios comunitarios en territorios concretos.
De Haedo a Salta: los barrios se organizan para recibir a los chicos
El síntoma social más interesante de la apropiación de esta celebración aparece cuando se observa cómo se organizan y desarrollan las celebraciones en el territorio. En lugar de convertirse en un ritual exclusivo de fiestas privadas, invitados VIP o eventos cerrados organizados por una marca, la expresión más genuina y popular de Halloween se ve en el armado de las iniciativas colectivas que involucran a comerciantes, familias, organizaciones vecinales e instituciones como clubes o escuelas. A lo largo y ancho del territorio nacional se registraron casos en distintas provincias y localidades que advierten que no se trata, como creen algunos, de un fenómeno urbano, cheto o “porteño”.
En Haedo, partido de Morón, este año una propuesta que comenzó entre dos comerciantes terminó convocando a más de 50 locales de distintos rubros. El objetivo de la organización fue evitar que las familias y chicos tuvieran que trasladarse a otras localidades para festejar Halloween, y de esa manera poner en movimiento a los comercios de cercanía. Los locales se prepararon para recibir a los chicos y chicas disfrazados, se organizaron recorridos por distintas calles, y se repartieron cientos de golosinas.
En Villa Urquiza, por ejemplo, la convocatoria barrial de 2026 fue encabezada por Somos Urquiza, una comunidad barrial construida a través de Instagram, y terminó reuniendo a más de cien comercios que decoraron sus locales y se prepararon para acoger a los chicos con dulces durante un recorrido gratuito, sin obligación de realizar compras. Incluso, una de las novedades fue la posibilidad de flexibilizar los horarios y esquemas para contemplar los ritmos y posibilidades de acceso de los niños y niñas con discapacidad o neurodivergencias. El cierre festivo incluyó baile, disfraces, animación y premios. En el caso de Colegiales, distintos negocios como kioscos, cafeterías, mercerías, cotillones y locales gastronómicos también pusieron en marcha recorridos libres durante el 30 y el 31 de octubre, e invitaron a las familias a caminar por el barrio y meterse en los establecimientos.
La misma lógica se dio en Los Hornos, La Plata, donde comerciantes de la avenida 137, entre las calles 60 y 66, coordinaron una jornada con entrega de golosinas, sorteos y regalos aportados por distintos establecimientos. La iniciativa gratuita reunió a negocios de diferentes rubros y convocó a las familias a sumarse al recorrido comercial. En Berisso y Ensenada, las respectivas cámaras de comercio difundieron mapas y listados de locales adheridos para que los chicos pudieran recorrer las ciudades y recibir golosinas, lo que demuestra que estas celebraciones también pueden convertirse en una herramienta de articulación entre actores sociales y económicos. Algo parecido tuvo lugar en Banfield, Lomas de Zamora, donde la Cámara de Comercio convocó a más de cien establecimientos para una jornada que incluyó entrega de golosinas, música, sorteos y recorridos por el centro comercial. Participaron panaderías, jugueterías, cotillones, locales de indumentaria, instituciones sociales, clubes y otros actores de la comunidad.
La expansión también puede observarse en ciudades del interior de la provincia de Buenos Aires como Tandil, donde cientos de infancias recorrieron el microcentro con disfraces, maquillaje y canastas para juntar caramelos. También hubo grupos de adolescentes que se organizaron por WhatsApp para salir juntos con disfraces colectivos como un paquete de yerba, un mate y un termo, símbolos típicos de la cultura argentina. La foto que se viralizó muestra cómo una celebración de origen extranjero puede ser incorporada, transformada y reinterpretada mediante referencias culturales locales.
En Salta capital, los preparativos también involucraron a comerciantes y familias: decenas de negocios organizaron las compras de golosinas, prepararon bolsitas y decoraron sus locales para recibir a los chicos y chicas, mientras los propios padres coordinaron las recorridas. Es decir que la celebración implicó en los hechos una pequeña infraestructura comunitaria con distribución de tareas y roles, y cooperación para el acompañamiento y la supervisión de los menores.
Un caso llamativo fue el festejo en Paraná, Entre Ríos, donde la comisión vecinal de Villa Yatay, organizó una jornada a la que se sumaron chicos y chicas de los barrios Consejo, Morro y Macarone. La actividad incluyó juegos, bailes, desfiles de disfraces y entrega de golosinas. Los vecinos prepararon y decoraron sus casas y compraron caramelos para recibir a los grupos de chicos que recorrían las calles. La presidenta de la comisión, Valeria Haller, explicó en una nota con el medio local “El Once” que la iniciativa se realiza desde hace varios años pero que la participación fue creciendo a partir del acompañamiento de las familias.
La cultura no se recibe pasivamente: apropiación, memoria y desigualdad
La diversidad de experiencias, organizaciones comunitarias e iniciativas vecinales que se generaron en torno a Halloween evidencian que la circulación cultural de una celebración no equivale a una reproducción mecánica de sus prácticas originales, sino que tiene puede desarrollar un anclaje local e ir adquiriendo significados diferentes a medida que se incorpora a la vida cotidiana de quienes participaron.
Además, lo que se vio en las calle de todo el país resignifica el acontecimiento y le otorga mayor valor social en un contexto atravesado por la crisis económica, la fragmentación de los vínculos, la des territorialización, la creciente individualización de la vida cotidiana, y el aislamiento que impactan particularmente en la salud física, mental y emocional de las infancias y jóvenes. En ese proceso, el espacio público adquiere una función central: lugar de encuentro, reconocimiento y construcción de vínculos.
Por otro lado es de destacar la incorporación de los disfraces a las experiencias infantiles, ya que son una herramienta de juego simbólico, exploración y construcción de identidad. Al disfrazarse, los chicos y chicas pueden ensayar otros roles, imaginar mundos posibles, transformar por un rato las reglas de lo cotidiano y compartir con otros. La recorrida por el barrio, el encuentro, el intercambio con los comerciantes y la complicidad de los adultos y familias que acompañan convierten ese juego en una experiencia colectiva inolvidable. En un mundo infantil que tiende a reducir la vida y el entretenimiento a las pantallas, se necesitan más instancias como ésta de juego presencial, corporal, interacción y apropiación del espacio público.
Esta perspectiva permite matizar la mirada binaria y taxativa que divide el debate entre cultura propia y cultura importada, y entender que las sociedades no son receptoras pasivas de los productos culturales, también incorporan prácticas, las transforman y les dan sentidos que responden a sus propias experiencias. Obviamente esa circulación no es equilibrada ni justa: las sociedades y culturas más imperialistas cuentan con industrias audiovisuales, grandes empresas, plataformas, dispositivos de poder y publicidad, y recursos capaces de proyectarse internacionalmente; mientras aspiran a la conservación y la memoria, están luchando contra quienes la desprecian, y dependen de estructuras más locales, la transmisión familiar, la memoria colectiva, la organización de las comunidades para sostener su presencia, y las políticas públicas.
La tensión entre globalización y pertenencia existe y se presenta de forma omnipresente desde hace décadas en múltiples dimensiones. No se va a resolver a instancias de Halloween, rechazando todo lo extranjero que llega, aceptando sin preguntas cualquier producto cultural, o reaccionando con indignación ante las adaptaciones locales. Probablemente jamás se resuelva. Sin embargo una forma enriquecedora de transitar lo que ya ocurre, sin romantizarlo, puede ser observar cómo las personas y comunidades transforman y resignifican esas prácticas, y los vínculos que se construyen alrededor de ella en y con el territorio.