La segunda vez que Juan Pablo II pisó la Argentina, el 6 de abril de 1987, encontró un país muy distinto al que había conocido cinco años antes. Aquella, había sido apenas una visita fugaz de apenas 31 horas para acelerar la paz –la rendición- en Malvinas.
Ahora gobernaba Raúl Alfonsín, un presidente democrático, que había logrado dejar atrás la violencia de la dictadura, pero que no había conseguido ahuyentar los fantasmas de violencia ni suavizar las convulsiones económicas.
La Iglesia argentina y el Vaticano miraban con recelo cómo avanzaba en el Congreso la Ley de Divorcio, que al momento de aterrizar el Papa en Buenos Aires ya contaba con la aprobación de la Cámara de Diputados.
La corporación militar -sediciosa y golpista- resistía. Por si fuera poco, los gremios estaban en pie de guerra; a dos años del Plan Austral, la economía no mostraba signos de recuperación.
La Argentina era la última escala en la gira papal que había comenzado en Uruguay y prosiguió -tumultuosa y con muertos- en el Chile de Augusto Pinochet. Sin embargo, en ningún otro lugar el Papa permaneció siete días, recorrió tantas provincias -diez, en total- y dio tantos discursos, alrededor de cincuenta.
“El viaje del Santo Padre a un país es siempre un viaje pastoral. Por eso es este el único punto de vista desde el cual debe ser evaluado. La responsabilidad de interpretarlo de otro modo es de ustedes”, sentenció Joaquín Navarro Valls.
El médico psiquiatra español y ex periodista, que oficiaba como vocero del Papa, mentía. Juan Pablo II tenía una agenda cargada de actos de alto contenido político. Su repertorio de discursos incluía mensajes para criticar el orden mundial y también encuentros con algunos de los actores más importantes del escenario político argentino. El episcopado -a cargo del cardenal Raúl Francisco Primatesta– los incentivó y hasta los organizó, el Vaticano los avaló y el gobierno argentino se resignó.
A sus 67 años, en el Aeroparque Jorge Newbery de la Capital, tras bajar por las escaleras, el Papa se inclinó de inmediato para besar el suelo argentino. Saludo a los fieles que lo esperaban e improvisó unas palabras. En papamóvil, se dirigió a la Catedral metropolitana, para saludar al clero local. En la Casa Rosada lo recibió Alfonsín, con un rosario confeccionado en plata y rodocrosita, la piedra nacional. En el Salón Blanco y frente a legisladores y ministros pidió por la “moralidad pública”. Desde el balcón de Balcarce 50, que inmortalizó Perón y desde el que un año antes había saludado Diego Maradona con la Copa del Mundo, Juan Pablo II saludó a una plaza repleta. “¡Juan Pablo II, te quiere todo el mundo!”, lo vivaron los argentinos con tono futbolero.
Al día siguiente empezó el raid que lo llevó primero a Bahía Blanca, luego a Viedma y después a Córdoba, donde volvió a alertar de que veía signos preocupantes de degradación de “valores fundamentales del matrimonio y la familia”. Siguió por Tucumán y Salta, en las que se mostró con pueblos originarios, visitó a la Virgen del Milagro y oró junto a la imagen de Jesús. Pasó por Corrientes, la tierra del Gauchito Gil, y habló sobre la religiosidad popular ante más de cien mil fieles que lo esperaron bajo una lluvia intensa. Tras una escala en Paraná (Entre Ríos), regresó a la Capital, donde lo esperaban más misas, más homilías y la tensión entre empresarios y gremialistas y el Gobierno.
Ofició una misa en la cancha de Vélez para 30 mil personas, compartió actos por separado con representantes de la comunidad judía y con la ucraniana, que todavía -como su país- estaba bajo el yugo soviético.
Al día siguiente reunió a 300 mil trabajadores en las puertas del Mercado Central. Lo acompañó el jefe de la CGT Saúl Ubaldini, que en enero, había encabezado el octavo de los 13 paros generales con los que desafió el programa económico del gobierno radical.
El secretario general de la central obrera, que esa vez no utilizó su histórica campera negra, decidió improvisar y agregar algunos pasajes al discurso le había preparado el obispo de San Justo, Rodolfo Bufano. Ese gesto, generó malestar entre los empresarios que preparaban su propio acto con el pontífice. “Es justo que exista una noble contienda sindical, pero encaminada a conseguir los objetivos propios del mundo laboral”, dijo Juan Pablo II a los trabajadores.
El círculo rojo de la época preparó su propio acto -en espejo- en el Luna Park, el estadio techado más grande del país, que ya tejía una relación con el arzobispado local (que años después heredaría la propiedad) y donde un tal Jorge Bergoglio, por entonces director espiritual y confesor en el Colegio Máximo de San José, pero futuro arzobispo de Buenos Aires y Papa, oficiaría misas y ordenaría sacerdotes.
Antes del acto con empresarios, el mismo día que habló a los trabajadores, el Papa se dedicó a la política terrenal de su país. El escenario del Luna, esta vez, estaba acondicionado por el mejor escenógrafo de la televisión de la época, Miguel Caldentey, que también ambientaría el estadio para el casamiento de Maradona. No fue solo un gesto a la comunidad polaca, también era una señal geopolítica.
“Conservad vivo el vínculo con la nación y con la Iglesia: vínculo de la fe, de la cultura y del idioma patrio. Recibid estas mis palabras, recibid esta exhortación y consuelo del Papa, vuestro compatriota”, dijo Wojtyla, que colaboró más que nadie para que Lech Wałęsa ganara las elecciones en junio de 1989, cinco meses antes de que cayera el muro de la vecina Berlín. Saludó en el mismo evento, además, al jefe del Comité Pro Liberación de Lituania en la Argentina.
Al día siguiente, tras brindar una misa en el monumento a la bandera, en Rosario, dedicada a los laicos de la Iglesia, rezó un Rosario, mientras sobrevolaba la Basílica de Luján en su viaje de regreso a la Capital, donde lo esperaban los empresarios de todos los sectores y siglas, la SRA, la CGE, la ACDE, la UIA y CAME.
Tres meses antes, apenas habían empezado a debatir la organización del evento, los problemas surgieron instantáneamente. La orden del director de la Pastoral Social y arzobispo de San Juan, monseñor Ítalo Di Stefano de empoderar cuatro comisiones no fue suficiente.
Los empresarios discutían por cualquier detalle; en especial, por la proporcionalidad de las butacas que le correspondería a cada una de las veintisiete asociaciones “anfitrionas”. También, para costear los gastos de la gira papal, estimados en cien mil dólares. La UIA terminó haciéndose cargo. Algunos dilemas atravesaban al círculo rojo. ¿Debería un empresario tomar la palabra en pleno acto tal como haría el presidente de la CGT? Y, todavía más importante, ¿debía invitarse especialmente a una comitiva de la CGT a presenciar el acto en el Luna Park?”.
Los dueños y gerentes empresariales también se dividieron sobre el diagnóstico del país que transmitirían al Papa en un documento. La Sociedad Rural y los industriales se inclinaban por una línea que veía en la intervención estatal desmedida la principal causa de la crisis económica que azotaba al país. Las organizaciones sociales más “progresistas”, como la CGE, la Federación Agraria y CAME, culpaban por la crisis a las políticas liberales que habían aplicado los militares.
Antes del acto, una versión del documento que combinaba ambas hipótesis no tardó en filtrarse en la prensa. “Factor central de la decadencia, aunque no único, es el Estado, un empresario indirecto, avasallador e ineficiente que desalienta la iniciativa del empresario auténtico. Las reglas impuestas desde hace muchos años privilegian la especulación, protegen la ineficiencia y penalizan la actividad productiva”, afirmaba el escrito que buscaba presionar al gobierno”. En la comitiva papal tomaron distancia y advirtieron que no habría necesidad de informarle nada, puesto que el Sumo Pontífice contaba ya “con un detallado informe sobre la actualidad de la Argentina”. Algunas organizaciones empresarias más afines al Gobierno terminaron por bajarse del acto a último momento.
Siete mil empresarios, muchos de ellos acompañados por sus esposas, presenciaron el discurso papal. Ubaldini y la delegación de gremialistas faltaron. En los extremos de las populares se apreciaban algunos claros. Tras un discurso duro de Di Stéfano, habló Wojtyla, que en su castellano balbuceante se metió en el bolsillo a los hombres más poderosos de la Argentina. “Sé que estoy ante un conjunto de personas especialmente cualificadas, de cuya importante actividad depende una parte considerable de la vida económica y el bienestar de muchas familias”, sostuvo. Nunca antes este o ningún otro papa se había dirigido exclusivamente a los empresarios.
La primera de las veintisiete ovaciones de pie que los empresarios le dedicaron al Papa llegó tras una de las improvisaciones, fuera de programa, cuando Wojtyla sentenció que “las empresas son legítimas expresiones de la libertad”. “Hay una semejanza bíblica entre el empresario y el pastor”, sostuvo Juan Pablo II, que se apresuró a precisar que se trataba solo de una manera de hablar. “El gran negocio que habéis de hacer en vuestra vida empresarial es la conquista del cielo, la vida eterna”, sostuvo antes de añadir, un poco en broma y un poco en serio, que debían confiar en su palabra porque se los estaba diciendo un papa, es decir, el “responsable de una economía superior”.
Al cierre del acto, Cecilia Bunge, viuda de Enrique Shaw (el empresario argentino declarado beato por León XIV en 2025 y que podría convertirse en santo) fue la encargada de entregar al Papa -en nombre de todos los empresarios- una rastra de plata.
Juan Pablo II se quedó para bendecir a quienes pudieron acercársele. Algunos lamentaron la ausencia del líder de la CGT y de todos los dirigentes obreros. “Es una lástima. Porque para Saúl (Ubaldini) este discurso del Papa hubiera sonido como música angelical”, sentenció el industrial Rolando Pietrabueno.
Esa misma tarde, tras reunirse con representantes de la comunidad islámica en la nunciatura, Juan Pablo II, encabezó la inauguración de la Jornada Mundial de la Juventud. El domingo tras un encuentro ecuménico. Celebró la misa de Ramos frente a un millón de personas para cerrar las jornadas. Solo las celebraciones del Bicentenario, en 2010, y el mundial que ganó Lionel Messi, en 2022, congregaron más gente.
Tras un acto en el Teatro Colón, con científicos y académicos, el Papa volvió a Roma. No logró pacificar al país. Cuatro días más tarde, el jueves santo, un grupo de militares carapintadas liderado por Aldo Rico se acuartelaron en Campo de Mayo. La casa no estaba en orden. Dos meses más tarde, el Congreso sancionó la Ley de Obediencia debida y Punto final, que provocó un quiebre en la relación del gobierno con las organizaciones de derechos humanos.
Fuente: Clarín — Ver noticia original