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En democracia, la ultraderecha aprendió a llegar al poder, pero no a dejarlo

Jair Bolsonaro en 2023 y Donald Trump en 2021 no reconocieron la victoria de sus rivales en las urnas con la intención de debilitarlos ante la opinión pública, sin comprender que con ello también se lesionaba la calidad institucional en sus países
En democracia, la ultraderecha aprendió a llegar al poder, pero no a dejarlo

“Yo no estaba en la boleta electoral y, de haberlo estado, ¡habríamos ganado por goleada! Gracias por su atención a este asunto”, escribió Donald Trump en Truth Social, su red social, mientras se conocían los primeros resultados de las elecciones que terminaron construyendo una derrota monumental del presidente republicano. Luego saludó tibiamente a los ganadores, pero no hizo hincapié en su triunfo, al contrario, lo denostó. Viniendo de Trump y sus antecedentes, hasta parece un progreso. Quizás no tenga otro camino, porque los demócratas tomaron el control del Congreso y condicionan los próximos dos años de gobierno trumpista. Fue tan magro el resultado que también condiciona a Trump frente a los republicanos, que entienden que si siguen sosteniendo discursos extremos difícilmente puedan disputar con posibilidades la elección presidencial de 2028.

No solo el factor económico negativo influyó en el resultado -la situación social es adversa a los estadounidenses-, sino también las posturas arbitrarias y un discurso que permanentemente oficiaba como un disparador de violencia política, que fue lo que mayoritariamente se rechazó en estas elecciones. Y esto se comprueba no solo en el resultado sino en la cantidad de votantes, que superó el promedio de asistentes en elecciones de medio término. El “No kings”, que fue el lema de una de las concentraciones más masivas que se dieron en Estados Unidos en las últimas décadas, apelaba a un cambio de rumbo autoritario que gran parte de la sociedad interpretaba en Donald Trump. Este movimiento reapareció en el tramo final de la campaña, convocando a participar: “Está muy bien expresar tu ira, y tenemos largas listas de quejas, pero lo más importante de todo es ir a votar y revalorar la democracia”, decían los manifestantes que repartían volantes con fotos de Trump y su exsecretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, recordando su tristemente célebre frase “los vamos a cazar”, refiriéndose a los inmigrantes indocumentados. Contra eso también se votó el martes pasado. Algo parecido sucedió el domingo 25 de octubre en Brasil, donde Lula logró dar vuelta una elección en el balotaje apelando a una mayor concurrencia, recordando que se trataba de “salvar la democracia” y ubicando a Javier Milei, lo más parecido y cercano a Donald Trump, como un paradigma del futuro que les esperaba a los brasileños si ganaba Bolsonaro. Y le fue muy bien.

Donald Trump y Jair Bolsonaro, al que podría también sumarse la actitud de su hijo Flavio, perdedor en las últimas elecciones, tienen una historia en común que comenzó en Estados Unidos y siguió en Brasil después de sus elecciones presidenciales. Recordemos, el 6 de enero de 2021, día que fue calificado por diversos sectores e historiadores estadounidenses como un intento de autogolpe de Estado tuvo, horas antes de los disturbios en el Capitolio, un episodio desencadenante. Trump encabezó un acto con miles de partidarios en Washington, repitiendo acusaciones sin pruebas sobre un supuesto fraude electoral generalizado culpas, durante su discurso instó a la multitud a marchar hacia el Capitolio y a “luchar” para impedir la validación de los resultados de las elecciones que el Senado estaba por oficializar una vez recibidos los resultados chequeados por cada corte estatal. Hasta su vicepresidente, Mike Pence, cumplió con su rol constitucional y presidió la certificación formal de los votos en el Capitolio, desmarcándose de los intentos de anular la votación. Por ese motivo Pence fue tildado de “traidor” por Trump. Horas más tarde, fuerzas paramilitares organizadas -sobre todo los Proud Boys y los Oath Keepers, grupos de choque trumpistas- forzaron la entrada por puertas y ventanas y encabezaron el ataque al edificio. Los juicios posteriores establecieron que las figuras destacadas eran culpables de conspiración sediciosa y delitos graves relacionados con el objetivo de impedir la certificación electoral. La violencia fue grave y sostenida: más de 140 agentes de policía resultaron heridos, hubo detenidos, pero también cinco muertos, dos de ellos dentro del Capitolio. Cuando Trump volvió al poder, indultó a los que participaron de la sedición, cerca de 1500 personas.

Partidarios de Trump intentan romper una barrera policial, el 6 de enero de 2021, en el Capitolio, en Washington

Algo similar sucedió en Brasil, cuando Lula ganó las elecciones en 2022 y debía asumir en enero de 2023. Entonces, el presidente saliente Jair Bolsonaro dio un intento de golpe de Estado. Altos mandos militares se negaron inicialmente a llevar a cabo los planes golpistas de Bolsonaro, pero, de todos modos, sus seguidores atacaron el Tribunal Superior de Justicia en Brasilia. El entonces presidente había intentado impedir que Lula da Silva, su sucesor electo, asumiera. Por esos hechos, en 2025 el Tribunal Supremo condenó a Bolsonaro a 27 años y tres meses de prisión, mientras que los otros siete acusados recibieron penas de entre dos y 26 años. El domingo 25 de octubre, Lula ganó legítimamente las elecciones y consiguió su cuarto mandato presidencial. Todos reconocieron su victoria, hasta los gobernadores electos del Partido Liberal, partido de Bolsonaro, y no se impugnaron los votos. Solo tres personas poderosas no reconocieron el triunfo de Lula: Donald Trump, Javier Milei y Flavio Bolsonaro, el candidato derrotado que huyó a EE.UU, aparentemente con ayuda del gobierno argentino, desde donde publicó una vergonzosa carta tildada de “golpista” por los medios brasileños.

Partidarios del expresidente brasileño Jair Bolsonaro chocan con la policía al intentar irrumpir en el palacio presidencial en Brasilia, Brasil, el 8 de enero de 2023

Los antecedentes de EE.UU. y Brasil se suman a la actitud adoptada ante la derrota por otros referentes mundiales de la extrema derecha como Víctor Orbán (Hungría), con represión y control de la opinión pública, persecución financiera a ONGs, como venganza por ser derrotado luego de innumerables marchas masivas. También se puede citar a Aleksandar Vucic (Serbia) -recientemente derrotado por un movimiento encabezado por estudiantes- porque apenas conocido el resultado electoral ocurrieron hechos de violencia y arrestos como reprimenda por los avances de las causas de corrupción a miembros de su gobierno. Sumamos a Karol Nawrocki (Polonia) hoy en plena crisis institucional contra el poder judicial, forzando un quiebre institucional, con fuerzas policiales de por medio. Todo esto hace presagiar que dudosamente los gobiernos de extrema derecha puedan reconocer un resultado electoral adverso que les quite el poder. Y allí, amparados en la libertad de opinión -muchas veces no solo para expresarse sino también para enardecer a sus partidarios más fanáticos-, pueden terminar inventando argumentos para justificar sus acciones, que van desde denunciar un fraude electoral hasta no reconocer al legítimo ganador, solo con el fin de debilitar a su vencedor ante la opinión pública, sin comprender que con ello también lesionan la calidad de sus democracias.

Milei no tiene el poder de Trump, pero asume tener cierta influencia, y la tiene porque es conocido, lo que pasa es que de acuerdo a los últimos resultados su relevancia sirvió para ser utilizada en contra de los que fue a ayudar, beneficiando a sus rivales. El presidente argentino aún no tuvo que afrontar una derrota electoral que le quite el poder, pero ya demostró que es capaz, solo por simpatía ideológica, de no reconocer triunfos electorales de presidentes de países hermanos, como Brasil, y no tiene empacho en visitarlos en campaña con el fin de insultar a sus rivales en su propia tierra, aún si estos son presidentes constitucionales. Milei viajó a Brasil y a España a tratar de dictadores a Lula y a Pedro Sánchez, pero días antes visitó Chile, donde reivindicó a Augusto Pinochet. Estos gestos no resultan curiosos, sino peligrosos.

Este proceder también está enfrentado con la democracia y el republicanismo que un liberal debería sostener, porque calificar de “dictadores” a quienes no lo son porque no sincronizan con sus ideas, mientras se abraza a los líderes mencionados, que no aceptaron la derrota en el juego de la democracia, no es una buena señal que brinde mayor confianza en el futuro, porque, lamentablemente, todas y cada una de estas situaciones citadas, se hicieron para construir escenarios que inmediatamente generaron violencia política. Ya lo vimos, ya sucedió: en Washington, Brasilia, Varsovia o Belgrado. Lo que pasó allí, principalmente en Brasil y Estados Unidos, no fue una “pueblada”, fueron intentos de golpes de estado civil, juzgados y condenados por la justicia. Algo ya quedó certificado en la historia que estamos transitando: la mayoría de los referentes nombrados -Trump, los Bolsonaro, Orbán, Vucic, entre otros- supieron encontrar la manera de llegar al poder, pero aún no demostraron saber cómo dejarlo, lo cual pone en duda la profundidad de su compromiso democrático.

Entonces vale preguntarse: si a Milei le toca perder las elecciones presidenciales del año que viene, ¿sabrá dejar el poder sin conflictos institucionales? Como cualquier presidente, tendrá que demostrarlo, sus amigos y referentes políticos del mundo no lo hicieron y nunca los criticó o se distanció de esas acciones, y son esos antecedentes los que hoy nos otorgan licencia para, al menos, permitirnos dudar. Y está muy bien, porque dudar no solo nos hace mejores ciudadanos, sino que también es nuestra mejor manera de ayudar a que nuestra democracia nunca se autoflagele en manos del fanatismo.

Fuente: La Nación — Ver noticia original