PUBLICIDAD
ARGENTINA Y EL MUNDO · INFORMACIÓN DESDE TODOS LOS ÁNGULOS
Dólar oficialCargando…Venta en pesos
Dólar tarjetaCargando…Venta en pesos
Dólar blueCargando…Venta en pesos
Dólar MEPCargando…Venta en pesos
Contado con liquiCargando…Venta en pesos
Cotizaciones de referencia · Fuente: DolarAPI
PUBLICIDAD
Tu marca
en este espacio
PUBLICIDAD
Tu marca
en este espacio

Ella lo ayudó a escapar de los nazis y se casó con él en 1941: el romance que duró apenas 5 años

Ella tenía una fortuna, una voluntad indomable y la obsesión de salvar el arte de las garras del nazismo. Él era un pintor perseguido y dueño de un universo donde los sueños se mezclaban con las pesadillas. Se encontraron en una Europa al borde del abismo, huyeron juntos a Estados Unidos y se casaron en…
Ella lo ayudó a escapar de los nazis y se casó con él en 1941: el romance que duró apenas 5 años

El amor no siempre llega para poner orden en una vida. A veces aparece para desordenarlo todo, abrir puertas que parecían clausuradas y llevarnos hasta lugares que jamás habríamos imaginado. Puede ser refugio, aventura y promesa; también una fuerza capaz de sacar a la superficie aquello que cada uno intentaba esconder. Y cuando dos personalidades indomables se encuentran, la intensidad no necesariamente garantiza la felicidad.

Marguerite Guggenheim, conocida como Peggy, tenía una particular manera de desafiar al mundo. Había nacido entre privilegios, pero no estaba dispuesta a pasar a la historia como otra heredera de una familia millonaria. Quería construir algo propio, rodearse de artistas, descubrir aquello que los demás todavía no comprendían y convertir su vida en una obra tan audaz como las pinturas que coleccionaba.

Max Ernst, en cambio, había aprendido a traducir sus inquietudes en imágenes extrañas, figuras imposibles y paisajes que parecían surgir de un sueño perturbador. Pintaba como si la realidad fuera apenas una superficie delgada detrás de la cual se escondiera otro mundo.

Cuando se encontraron, a fines de la década de 1930, Europa se precipitaba hacia la catástrofe. El nazismo avanzaba, los artistas considerados peligrosos por el régimen perdían sus espacios y la guerra amenazaba con destruirlo todo. En medio de ese escenario, Peggy y Max comenzaron una relación que mezcló atracción, admiración intelectual, intereses artísticos y una urgencia muy concreta: escapar.

Ella tenía los recursos para ayudarlo a salir de Francia. Él llevaba consigo una imaginación que no conocía fronteras. Durante un tiempo, sus caminos parecieron destinados a avanzar juntos. Pero la mujer que sería capaz de rescatar obras maestras de una Europa en llamas también tendría que enfrentarse a una verdad mucho menos heroica: no todos los hombres a los que podía salvar estaban dispuestos a quedarse a su lado.

La heredera que quiso inventarse a sí misma

Peggy nació el 26 de agosto de 1898 en Nueva York, en el seno de una familia cuya fortuna provenía de la minería y la industria metalúrgica. Su padre, Benjamin Guggenheim, pertenecía a una dinastía económica poderosa; su madre, Florette Seligman, provenía de una familia vinculada al mundo financiero. Sin embargo, el dinero no alcanzó para protegerla de una de las tragedias que marcarían su vida. En abril de 1912, cuando Peggy tenía trece años, su padre murió durante el hundimiento del Titanic, en el viaje inaugural del transatlántico. Su ausencia dejó una huella profunda en ella, que muchos años después reconocería cuánto le había costado superar aquella pérdida.

A los 21 años recibió una herencia que le permitió independizarse y comenzar a frecuentar los círculos intelectuales europeos. En 1921 viajó a Europa y terminó instalada en el ambiente bohemio de París, donde conoció a escritores, escultores, pintores y personajes que desafiaban las convenciones de su época.

Se casó con el escritor y artista Laurence Vail, con quien tuvo dos hijos, Sindbad y Pegeen. El matrimonio terminó en divorcio en 1930. Para entonces, Peggy ya había descubierto que su lugar no estaba en los salones elegantes de la alta sociedad, sino entre quienes intentaban cambiar la manera de mirar el mundo.

En 1938 abrió en Londres la galería Guggenheim Jeune. Allí comenzó a desarrollar una actividad que la transformaría en una de las grandes promotoras del arte moderno. Marcel Duchamp, uno de sus amigos y consejeros, la ayudó a comprender las diferencias entre las corrientes artísticas de vanguardia y a elegir con mayor criterio las obras que incorporaría a su colección.

Peggy tenía dinero, sí, pero también intuición, curiosidad y una determinación que podía resultar avasallante. No quería limitarse a comprar cuadros para decorar una casa. Quería participar en la construcción de una nueva historia del arte.

En 1939, mientras Europa se preparaba para la guerra, concibió el proyecto de abrir un museo de arte moderno en Londres. La idea quedó relegada por los acontecimientos, pero su vocación no se detuvo. Se trasladó a París y comenzó a adquirir obras a un ritmo vertiginoso. Su lema era comprar un cuadro por día. Y se lo tomó en serio.

Adquirió trabajos de artistas como Georges Braque, Salvador Dalí, Piet Mondrian y Francis Picabia. Cuando los alemanes invadieron Noruega, compró una obra de Fernand Léger. Mientras la amenaza se acercaba a París, incorporó a su colección Pájaro en el espacio, de Constantin Brancusi.

Había algo casi desafiante en esa conducta: mientras los gobiernos se preparaban para la guerra y millones de personas veían cómo sus vidas se desmoronaban, Peggy seguía apostando por aquello que consideraba esencial. El arte no era un lujo accesorio. Era una manera de preservar la libertad.

En ese mundo convulsionado apareció Max Ernst. Y lo que hasta entonces había sido una aventura intelectual comenzó a adquirir otra dimensión.

Un hombre que pintaba sus sueños y sus pesadillas

Max Ernst había nacido el 2 de abril de 1891 en Brühl, Alemania. Antes de convertirse en una figura fundamental del dadaísmo y el surrealismo, estudió en la Universidad de Bonn, donde se interesó por la filosofía, la psicología y la literatura. La Primera Guerra Mundial interrumpió sus estudios y lo llevó al servicio militar, una experiencia que contribuyó a alimentar su mirada crítica sobre la sociedad y sus certezas.

Después de la guerra participó en los movimientos de vanguardia que buscaban romper con las convenciones artísticas tradicionales. El dadaísmo cuestionaba la lógica y los valores que habían conducido a Europa a la destrucción; el surrealismo exploraba el inconsciente, los sueños y los mecanismos ocultos de la imaginación.

Ernst no se conformaba con reproducir lo que veía. Quería descubrir qué podía aparecer cuando el control racional cedía terreno a lo inesperado. Experimentó con técnicas como el frottage, que consiste en frotar un lápiz o un instrumento similar sobre una superficie colocada encima de una textura, y el grattage, que permite raspar la pintura para hacer surgir formas imprevistas. También desarrolló un universo visual poblado por criaturas híbridas, bosques inquietantes y paisajes que parecían pertenecer a una realidad paralela.

Su propia biografía sentimental tenía algo de ese mundo inestable. Antes de Peggy había estado casado con Luise Straus, historiadora del arte, y con Marie-Berthe Aurenche. En 1938 se instaló en el sur de Francia junto a la joven pintora británica Leonora Carrington, con quien mantuvo una relación amorosa y artística intensa.

Carrington no era una simple acompañante: también era una creadora con una imaginación poderosa, que estaba desarrollando su propio lenguaje pictórico. Juntos restauraron una casa en Saint-Martin-d’Ardèche y la llenaron de obras, relieves y figuras. Allí construyeron una intimidad en la que el arte y la vida cotidiana parecían confundirse. Pero el avance de la guerra terminó por quebrar aquella existencia.

En septiembre de 1939, después del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, Ernst fue internado por las autoridades francesas como extranjero enemigo debido a su nacionalidad alemana. Consiguió salir gracias a gestiones de amigos, entre ellos el poeta Paul Éluard, pero volvió a ser detenido. Más tarde, con la ocupación alemana de Francia, su situación se volvió todavía más peligrosa.

Ser alemán en una Francia en guerra lo había convertido primero en sospechoso para las autoridades francesas; ser un artista de vanguardia, perseguido por los nazis, lo colocaba además en una posición vulnerable ante el régimen que pretendía decidir qué formas de expresión podían existir.

Ernst necesitaba salir de Europa. Y Peggy, que ya había comprado obras suyas y conocía su trabajo, se convertiría en una pieza decisiva para lograrlo.

El encuentro: una coleccionista, un pintor y Europa en llamas

Peggy había adquirido obras de Ernst en el marco de su actividad como coleccionista. Su relación con el artista creció mientras ella intentaba sostener su proyecto cultural en medio de una realidad cada vez más amenazante.

No era un encuentro entre dos personas que llegaban sin pasado. Ambos habían conocido otras relaciones, otros proyectos y otras formas de entender la libertad. Ella tenía dos hijos, una trayectoria propia y una independencia económica que le permitía tomar decisiones sin pedir permiso. Él tenía una carrera artística consolidada, una historia sentimental compleja y una situación migratoria que podía poner en peligro su futuro.

La atracción se desarrolló en un escenario en el que las decisiones privadas podían tener consecuencias dramáticas. Ya no se trataba solo de elegir dónde vivir o con quién compartir una cama. Para muchos artistas europeos, conseguir un visado, abandonar un país ocupado y encontrar un lugar donde trabajar podía ser una cuestión de supervivencia. Peggy comprendió que su posición le permitía hacer algo más que proteger sus cuadros. También podría ayudar a personas cuya libertad estaba amenazada.

En 1940, mientras Francia era invadida y el avance alemán transformaba el mapa europeo, la coleccionista continuó reuniendo obras. Después de abandonar su proyecto de museo en Londres, había llegado a París con la intención de adquirir piezas importantes para su colección. Pero el peligro fue acercándose hasta que permanecer allí dejó de ser una opción razonable.

El rescate de las obras exigió ingenio. Peggy decidió enviarlas a Estados Unidos bajo una declaración aduanera que las presentaba como artículos domésticos. Así logró sacar de Europa una colección que incluía piezas de algunos de los artistas más importantes del siglo XX.

En julio de 1941, abandonó Francia y regresó a Nueva York junto con sus hijos, su exmarido Laurence Vail, la segunda esposa de este, Kay Boyle, y los hijos de ambos. Max Ernst también formó parte de aquel grupo.

La huida no fue una aventura romántica. Detrás del viaje había detenciones, persecuciones, trámites y el miedo real de no conseguir salir a tiempo. La ayuda de Peggy y las gestiones de la organización de asistencia a refugiados Emergency Rescue Committee, vinculada al periodista Varian Fry, resultaron fundamentales para que Ernst pudiera llegar a Estados Unidos. Para Peggy, salvar al artista significaba también proteger una parte de ese universo cultural europeo que el nazismo intentaba destruir. Para Max, la posibilidad de empezar de nuevo al otro lado del Atlántico implicaba recuperar algo indispensable: la libertad de crear.

Pero el viaje también cambió la naturaleza de su vínculo. Lo que había comenzado entre el mundo de las galerías y la bohemia europea se transformó en una relación atravesada por la urgencia, el desarraigo y la expectativa de una nueva vida.

Nueva York los esperaba. La guerra, aunque quedara a miles de kilómetros, viajaría con ellos.

Un matrimonio en tiempos de guerra

Max y Peggy se casaron el 30 de diciembre de 1941, en Virginia, poco después de la llegada de Ernst a Estados Unidos. La boda se produjo en un momento delicado: tras el ataque japonés a Pearl Harbor, el 7 de diciembre de ese año, Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial.

Para Ernst, que conservaba la nacionalidad alemana, la situación podría volverse complicada incluso en su nuevo país. La posibilidad de sufrir restricciones o de ser internado no era una preocupación abstracta. El matrimonio con Peggy, ciudadana estadounidense, se inscribió también en ese contexto de incertidumbre.

No sería justo reducir aquella unión a una conveniencia migratoria. Había atracción, convivencia, intereses compartidos y una relación que ambos decidieron formalizar. Pero tampoco se puede ignorar que la guerra condicionó los tiempos y las decisiones de la pareja.

Peggy tenía 43 años; Max, 50. Ella contaba con los medios para construir una vida independiente y había demostrado que podía sostenerse por sí misma en un mundo dominado por hombres. Él necesitaba recuperar la estabilidad suficiente para seguir pintando. La pareja se instaló en Nueva York, donde Peggy comenzó a preparar el siguiente gran capítulo de su carrera.

El 20 de octubre de 1942 inauguró Art of This Century, una galería que pronto se convirtió en uno de los centros fundamentales del arte moderno en Estados Unidos. Situada en Manhattan, en el 30 de West 57th Street, fue diseñada por el arquitecto austríaco Frederick Kiesler, quien creó espacios de exhibición poco convencionales, concebidos para que el público experimentara las obras de una manera diferente.

La ciudad se convirtió en asilo para numerosos artistas que escapaban de la guerra y, al mismo tiempo, en un laboratorio donde las ideas europeas entraban en contacto con nuevas búsquedas. El surrealismo ejerció una influencia importante sobre la generación estadounidense que comenzaba a desarrollar el expresionismo abstracto.

Peggy no fue una espectadora de ese cambio. Promovió a artistas jóvenes, organizó exposiciones y apoyó a figuras que todavía no habían alcanzado el reconocimiento internacional. En 1943, por ejemplo, otorgó a Jackson Pollock una de sus primeras exposiciones individuales y le encargó una obra monumental.

Mientras tanto, su matrimonio con Ernst avanzaba entre las exigencias de la vida cotidiana, las diferencias de carácter y las complejidades de dos personalidades acostumbradas a moverse en sus propios territorios. El arte los había acercado, pero también ocupaba un lugar central en la vida de ambos. Peggy quería construir una institución, dejar una marca duradera y sostener su proyecto. Max necesitaba pintar, explorar sus obsesiones y conservar su independencia. Ninguno estaba dispuesto a desaparecer detrás del otro. Quizás allí residía una de las contradicciones de aquella unión: podían compartir un lenguaje estético, pero no una misma manera de habitar el mundo.

El caos también entraba por la puerta de casa

La imagen de Peggy y Max como una pareja de artistas refugiados, unidos por la pasión y por la lucha contra la destrucción cultural, tiene una fuerza cinematográfica. Pero la vida privada rara vez se acomoda a la épica que después construye la historia.

Peggy era una mujer enérgica, frontal y habituada a tomar decisiones. Había conseguido abrirse paso en un ámbito en el que las mujeres no siempre eran reconocidas como creadoras de tendencias, sino como esposas, musas o acompañantes. Ella quería otra cosa: ser quien elegía, quien financiaba, quien decidía qué obras merecían ser vistas.

Ernst, por su parte, no era solo el hombre que había encontrado salvarse gracias a ella. Era un artista con una trayectoria propia, un temperamento independiente y una imaginación que necesitaba espacio.

La diferencia entre ayudar a alguien a sobrevivir y compartir con esa persona un proyecto de vida puede parecer pequeña desde afuera. No lo es. En el primer caso, la gratitud puede convertirse en un vínculo poderoso; en el segundo, hace falta algo más que reconocimiento por lo que el otro hizo.

No existen motivos para presentar a Peggy como una salvadora desinteresada que esperaba una recompensa amorosa, ni a Max como un hombre incapaz de sentir afecto. Las relaciones humanas son más complejas que esos papeles. Lo que sí puede afirmarse es que el matrimonio no logró sostenerse y que la separación llegó antes de que terminara la década. Hacia 1943, apenas dos años después de la boda, ya estaban separados. El divorcio se formalizó en 1946.

La relación había durado poco, pero el encuentro entre ambos quedó ligado a una de las etapas más decisivas de sus vidas. Peggy había contribuido a que Max pudiera escapar de Europa y reconstruir su carrera. Él había formado parte de su intimidad durante los años en los que ella consolidó un proyecto que cambiaría la historia del arte moderno.

No es necesario inventar escenas de celos ni atribuirles discusiones de las que no se tiene constancia para reconocer la dimensión emocional de ese desenlace. A veces, los hechos son elocuentes: dos personas que atravesaron juntas una amenaza extraordinaria no consiguieron permanecer juntas cuando la vida comenzó a recuperar cierta normalidad.

Y quizás esa sea una de las paradojas de los vínculos que nacen en tiempos extremos. Durante una crisis, la urgencia establece prioridades, concentra la atención y hace que algunas decisiones parezcan inevitables. Cuando el peligro retrocede, vuelven las preguntas que habían quedado suspendidas.

¿Quiénes somos cuando ya no necesitamos huir? ¿Qué queda de la pareja cuando desaparece aquello que la mantenía unida? ¿Puede la admiración sobrevivir a las diferencias de todos los días?

En el caso de Peggy y Max, el amor no encontró una respuesta capaz de mantenerlos juntos.

La aparición de otra mujer

En la historia de Max Ernst hubo una artista que tendría una importancia decisiva después de su separación de Peggy: Dorothea Tanning. Pintora y escritora estadounidense, Tanning compartía con Ernst una sensibilidad surrealista y una imaginación que desafiaba los límites entre lo real y lo fantástico. En 1942, Peggy organizó una exposición dedicada a 31 mujeres artistas, y Ernst conoció a Tanning cuando participó de las gestiones vinculadas con esa muestra.

El encuentro no se tradujo de inmediato en una nueva vida en común, pero con el tiempo se enamoraron. La relación terminó de consolidarse después de la ruptura de Ernst con Peggy.

En 1946, Max y Dorothea se casaron en una doble ceremonia celebrada en Beverly Hills, junto con el fotógrafo Man Ray y Juliet Browner. Poco después se instalaron en Sedona, Arizona, donde el paisaje desértico y las formaciones rocosas ofrecieron un escenario muy distinto al de la Europa que Ernst había dejado atrás.

Allí, lejos del circuito neoyorquino, el artista continuó trabajando y compartiendo su vida con una mujer que también tenía una obra propia. Permanecieron juntos durante décadas, hasta la muerte de Ernst en París, el 1 de abril de 1976, un día antes de cumplir 85 años.

Peggy tampoco quedó detenida en aquella separación. Su vida no se agotaba en los hombres a los que amó, ni su importancia dependía de haber sido elegida para siempre.

La mujer que salvó cuadros y construyó un museo

Después del divorcio, Peggy continuó trabajando y consolidando su lugar en la historia cultural. Pero su vínculo con el arte también tenía raíces familiares: era sobrina de Solomon R. Guggenheim, el empresario y coleccionista que había fundado la institución que llevaría el apellido de la familia. Sin embargo, Peggy no se limitó a heredar un nombre ilustre. Construyó su propia colección, apostó por artistas que todavía no habían alcanzado el reconocimiento internacional y desarrolló una mirada personal que la convertiría en una de las grandes mecenas del siglo XX.

En 1947 decidió regresar a Europa. Al año siguiente presentó su colección en la Bienal de Venecia, en el pabellón griego, en una Italia todavía atravesada por las consecuencias de la guerra civil. La exhibición permitió que el público europeo conociera obras de artistas como Jackson Pollock, Arshile Gorky y Mark Rothko. Era una manera de mostrar que el arte moderno no había quedado sepultado por la guerra y que las ideas que habían circulado por Europa estaban encontrando nuevas formas de expresión al otro lado del Atlántico.

En 1949, Peggy adquirió el Palazzo Venier dei Leoni, un edificio inacabado del siglo XVIII situado junto al Gran Canal de Venecia. Allí instaló su colección y, desde 1951, abrió su casa al público durante parte del año. El palacio, que había sido su hogar, terminó convirtiéndose en un museo abierto al público: la Colección Peggy Guggenheim, hoy parte de la Fundación Solomon R. Guggenheim, conserva el legado de una mujer que hizo de su pasión por el arte una misión de vida.

En 1970 donó el palacio y, en 1976, su colección a la Fundación Solomon R. Guggenheim. Murió en Venecia el 23 de diciembre de 1979, a los 81 años. Sus cenizas fueron depositadas en el jardín del museo que lleva su nombre, junto a las tumbas de sus perros.

Cuando el amor no alcanza para quedarse

Peggy Guggenheim y Max Ernst no tuvieron un final de cuento. No envejecieron juntos ni construyeron una vida compartida hasta la muerte. Su matrimonio duró pocos años y terminó mientras ambos todavía tenían mucho por hacer.

Sin embargo, su historia no puede medirse por el tiempo que permanecieron casados. Hubo un encuentro en el que el arte, la atracción y la guerra se cruzaron de una manera extraordinaria. Hubo una mujer que ayudó a un hombre perseguido a encontrar una salida y un hombre que formó parte de una etapa decisiva en la vida de una mujer que estaba construyendo su propio legado.

También hubo límites. La admiración no eliminó las diferencias, la gratitud no garantizó la permanencia y una experiencia extrema no convirtió el vínculo en una relación destinada a durar.

Tal vez el error sea pensar que todo amor importante tiene que terminar con dos personas tomadas de la mano. Algunos vínculos dejan una marca profunda sin convertirse en un hogar definitivo. Otros nos acompañan durante una etapa y después siguen existiendo en la memoria, mezclados con aquello que aprendimos, con lo que perdimos y con las versiones de nosotros mismos que ya no volverán.

Peggy quiso preservar el arte de un mundo que se derrumbaba. Max encontró en ella una aliada para escapar de la persecución y recuperar la libertad de crear. Juntos atravesaron una frontera que separaba la destrucción de la posibilidad de empezar de nuevo.

Después, cada uno siguió su camino. Y aunque la historia de amor no sobrevivió a sus propias contradicciones, el encuentro entre ambos quedó unido para siempre a una época en la que salvar una obra, rescatar a una persona o elegir una vida distinta podía ser, también, una forma de resistencia.

Porque a veces el amor no consigue evitar una despedida. Pero puede participar de una transformación que cambia para siempre el rumbo de dos vidas.

–

Escribinos y contanos tu historia: [email protected]

@cynthia.serebrinsky

Amores Verdaderos es una serie de historias reales, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas.

Amores históricos cuenta romances reales de personajes que marcaron el devenir de nuestra historia.

Fuente: TN — Ver noticia original