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El tiempo que el almanaque no puede medir

Imaginen dos relojes de arena, idénticos, puestos a correr el mismo día hace sesenta y cinco años. En uno, la arena de abajo ya ocupa casi todo el espacio disponible. En el otro, todavía queda mucha arena arriba, cayendo despacio. Ahora imaginen que esos dos relojes son dos hombres que cumplen años el mismo día,…
El tiempo que el almanaque no puede medir

Imaginen dos relojes de arena, idénticos, puestos a correr el mismo día hace sesenta y cinco años. En uno, la arena de abajo ya ocupa casi todo el espacio disponible. En el otro, todavía queda mucha arena arriba, cayendo despacio. Ahora imaginen que esos dos relojes son dos hombres que cumplen años el mismo día, con el mismo documento de identidad.

La diferencia entre ellos no es el calendario. Es la velocidad con la que cae la arena.

Esa velocidad hoy se puede medir. La rigidez de las arterias. La placa que ya las recubre. La inflamación silenciosa del cuerpo. Las marcas químicas que el tiempo deja sobre el ADN y que el científico Steve Horvath demostró, hace dos décadas, que funcionan como un reloj biológico propio, distinto del reloj del documento. Con esas mediciones, uno de esos dos hombres tiene hoy un cuerpo de 60 años. El otro, de 74. Catorce años de diferencia real, entre dos personas que el almanaque insiste en declarar iguales.

Hace pocas semanas, un editorial que escribimos juntos sobre esta idea fue aceptado por Stroke (Accidente Cerebrovascular), la revista de la American Heart Association y una de las publicaciones más respetadas de nuestra especialidad. Recibimos la respuesta con sorpresa y con mucho agradecimiento. No solo aceptaron el trabajo: decidieron publicarlo en forma acelerada y, para nuestro asombro, eligieron la imagen de los dos relojes de arena para la tapa de ese número. Sabemos que una tapa es una decisión editorial y no un premio, y no pretendemos otra lectura. Pero nos parece una señal que vale la pena compartir: que una revista de ese nivel haya querido ilustrar así su edición sugiere que la edad biológica, y la medicina de la longevidad que busca enlentecer el envejecimiento, dejaron de ser una curiosidad de laboratorio para empezar a ocupar un lugar en la prevención.

Somos dos neurólogos que nos dedicamos a las enfermedades cerebrovasculares a casi nueve mil kilómetros de distancia: uno en Toronto, dentro de un sistema de salud público y universal y en un contexto académico; el otro en Buenos Aires, en una práctica asistencial con limitaciones muy diferentes. Cuando empezamos a escribir juntos, esperábamos encontrar problemas distintos en cada sistema. Encontramos el mismo, y no es institucional: en Toronto y en Buenos Aires, la mayoría de los pacientes, sanos, informados, a veces hasta colegas nuestros, comparten la misma convicción silenciosa de que a ellos no les va a pasar. Esa certeza íntima, más que cualquier diferencia entre sistemas de salud, es lo que sostiene la vieja mirada reactiva de la medicina: esperar sentada a que la persona se enferme para recién entonces actuar.

Durante mucho tiempo, esa creencia convivía con una medicina que tampoco podía demostrar, con precisión, cuánto cambiaba realmente el destino de una persona por modificar sus hábitos. Hoy ese punto ciego se cerró. Hace pocos años, un estudio con decenas de miles de personas en más de 30 países -Interstroke-, mostró que sostener un puñado de hábitos simples, no fumar, dormir bien, moverse, cuidar la alimentación, manejar el estrés y mantener vínculos genuinos, podía significar, a partir de la mediana edad, hasta dos décadas más de vida comparado con no sostener ninguno. Esa certeza, con ese nivel de detalle, no existía cuando se formó la mayoría de los médicos que hoy ejercen. La negación ya no tiene del lado de la ciencia ninguna excusa.

Esa mirada reactiva no solo falla con el ACV. Falla exactamente igual con el infarto de miocardio, con la demencia y con el cáncer: las cuatro causas de muerte e incapacidad que más vidas se cobran en el mundo, y las cuatro, con la evidencia que hoy tenemos, mayoritariamente evitables. Las cuatro comparten el mismo terreno biológico de fondo, arterias que envejecen, inflamación crónica de bajo grado, células que pierden su capacidad de repararse, y por eso, cuidar ese terreno no protege contra una sola enfermedad: protege contra las cuatro a la vez.

Algunos datos deberían haber cambiado ya la práctica médica. Ninguno lo hizo. La enfermedad empieza décadas antes de que alguien la busque: el estudio PESA, liderado por el reconocido cardiólogo Valentín Fuster, escaneó arterias de más de cuatro mil adultos jóvenes de entre 40 y 54 años, sin ningún síntoma, y encontró placa arterial en el 63% de ellos. La hipertensión, el factor de riesgo más letal y más silencioso que existe, afecta a 1.400 millones de personas en el mundo; casi la mitad no sabe que la tiene, la mayoría de los que la sufre no están controlados a pesar de recibir tratamiento y el aparato que la detecta cuesta menos que un par de zapatillas. El sueño, subestimado durante décadas, resultó ser otro factor vascular de peso: dormir menos de seis horas por noche aumenta el riesgo de ACV un 29%, y dormir más de nueve horas lo aumenta un 46%, según un metaanálisis que reunió 43 estudios; ni el déficit ni el exceso son inocuos, porque el cerebro necesita esa ventana específica para limpiarse de los desechos metabólicos que acumula durante el día. Un sueño inadecuado, también aumenta significativamente el riesgo de demencia. El estado físico -medido como capacidad cardiorrespiratoria-, no el peso, no la genética, es el predictor individual más fuerte de mortalidad que hemos medido jamás, por encima del cigarrillo, la hipertensión o la diabetes, y el mayor salto de protección ocurre apenas se pasa de no hacer nada de ejercicio a hacer algo, por poco que sea. Y la soledad no deseada, que la Organización Mundial de la Salud asoció el año pasado a más de 871.000 muertes anuales, debería tratarse con la misma seriedad que un hábito de fumar importante: preguntar por ella, nombrarla, y prescribir activamente el vínculo con otros.

Hay una frase que resume por qué, sabiendo todo esto, tantos médicos y tantos pacientes igual no actúan a tiempo: nadie sintió nunca un ACV, un infarto, una demencia o un cáncer que no llegó a suceder. Si un médico intensifica un tratamiento y el paciente se descompensa, el daño es inmediato y tiene nombre propio. Si el médico no hace nada y la enfermedad aparece recién dentro de cuatro años, ese daño queda invisible, diluido en el tiempo, sin que nadie lo registre como un error. Eso tiene un nombre en medicina: inercia terapéutica. No es ignorancia ni pereza, el médico que la padece puede recitar la guía clínica de memoria, es una limitación estructural de cómo cualquier ser humano pesa un presente visible frente a un futuro invisible. Y el paciente enfrenta exactamente la misma asimetría desde el otro lado: la pastilla, la caminata, la hora más temprana para acostarse, todo eso lo paga el yo de hoy en nombre de un yo futuro que se siente como otra persona.

Si dudamos de que esto es así, pensemos en cómo es el control médico habitual. El paciente se hace una serie de estudios y se los muestra al médico. Si los resultados son normales, se lo tranquiliza y se le indica volver en un año con estudios similares. Es el modelo en el que nos formamos casi todos los médicos, y para su época fue razonable: estaba pensado para detectar enfermedades ya presentes. Pero repetido durante diez años, ese ritual equivale a una década de oportunidades perdidas. El sueño, la fuerza muscular, la capacidad aeróbica, la presión medida fuera del consultorio, los vínculos y la calidad de la dieta no figuran en los análisis de rutina, y sin embargo pesan enormemente en cuánto y cómo vamos a vivir. Un informe normal dice que hoy no hay enfermedad. No dice nada de lo que podemos hacer para que mañana tampoco la haya.

Por eso, más información cambia tan poco las cosas. Hay dos herramientas que funcionan mejor. La primera: salir de cada consulta con un objetivo numérico y una fecha, no con una tranquilidad vaga. “¿Estoy bien?” no tiene respuesta posible y no compromete a nadie. “¿Cuál es mi meta de presión, de sueño, de porcentaje de grasa corporal? ¿estoy en esos números?, y qué pasa si no lo estoy?” convierte la reafirmación en un compromiso con vencimiento. La segunda: invertir el punto de partida. En nuestros propios consultorios, lo que realmente mueve los resultados no es la educación del paciente sino el modelo de consulta: que intensificar el tratamiento sea la conducta esperable, de modo que no actuar sea lo que requiera una justificación por escrito.

Una aclaración necesaria sobre la edad biológica, porque la credibilidad de todo esto depende de no exagerar: los relojes epigenéticos predicen mortalidad con fuerza a nivel poblacional, pero todavía no se demostró que, por sí solos, mejoren el resultado de una persona en particular. Los mismo sucede con los distintos dispositivos que miden datos cardíacos, sueño, glucosa en sangre y otras variables. Y sin embargo, como herramienta para persuadir, pueden estar logrando algo que ninguna guía médica consiguió antes: decirle a alguien de 68 años que su riesgo está “elevado” no produce ningún cambio; mostrarle que su cuerpo funciona seis años más rápido que su documento, y que esa brecha no es fija, le da una razón concreta, hoy, para actuar sobre una amenaza que todavía parece lejana.

El objetivo nunca fue agregar arena arriba del reloj. Vivir más años sin vivirlos bien es un fracaso que la medicina moderna aprendió a producir y a llamar progreso. En 1980, el investigador James Fries le puso nombre a la alternativa: compresión de la morbilidad, mantener la arena cayendo despacio hasta el final, para que en ese último momento muy poca caiga de golpe. O, dicho de otra forma: morir joven, lo más tarde posible.

El almanaque no se puede frenar. El ritmo de la biología, sí. Y lo que separa esas dos frases no es ningún descubrimiento pendiente: es una consulta común, un día común, entre un paciente que quiere algo más que ser tranquilizado y un médico formado para actuar antes del evento y no después. A los pacientes no se les puede pedir que sepan qué hacer. Sí se les puede pedir que pregunten. El resto es trabajo nuestro, al que estamos llegando tarde.

Conrado Estol fundó y dirige la clínica Xtend, donde aplica la medicina de longevidad a la prevención cardiovascular y es director de la unidad de ACV del Sanatorio Güemes en Buenos Aires, la primera de la Argentina. Es autor del best-seller “A mí no me va a pasar”.

Gustavo Saposnik es profesor de Medicina y Neurología en la Universidad de Toronto, donde dirige la Unidad de Resultados en Stroke y Neurociencia de la Decisión en Unity Health Toronto, y es vicepresidente de la Organización Mundial de Stroke.

El marco conceptual de los autores sobre el accidente cerebrovascular como manifestación del envejecimiento biológico fue publicado en la revista Stroke.

Fuente: La Nación — Ver noticia original