Hay amores que parecen escritos para el cine. Tienen un comienzo improbable, una pasión que desordena todo lo que parecía establecido y una despedida que deja al protagonista buscando cómo seguir adelante. El de Humphrey Bogart y Lauren Bacall tuvo todos esos ingredientes. También tuvo algo que ninguna película podía garantizarles: la felicidad de compartir una vida real, lejos de los personajes que interpretaban frente a las cámaras.
Cuando comenzó el rodaje de Tener y no tener, en 1944, Humphrey Bogart tenía 44 años y Lauren Bacall apenas 19. Él era una estrella consagrada; ella estaba a punto de debutar en el cine. Entre ambos había 25 años de diferencia, tres matrimonios anteriores en la historia sentimental de él y una vida entera que ella todavía no había comenzado a vivir.
Nadie podía imaginar que aquella película se convertiría en el principio de una de las historias de amor más recordadas de Hollywood.
La chica que llegó de Nueva York
Antes de ser Lauren Bacall, la mujer que deslumbraría al mundo se llamaba Betty Joan Perske. Había nacido el 16 de septiembre de 1924 en el Bronx, Nueva York, en una familia de origen judío. Su infancia estuvo marcada por la separación de sus padres y por la cercanía con su madre, Natalie, que la acompañó mientras ella intentaba abrirse camino en el mundo artístico.
Betty soñaba con actuar. Estudió teatro, trabajó como modelo y consiguió llamar la atención de quienes podían abrirle una puerta en la industria del entretenimiento. Una de esas oportunidades llegó a través de Harper’s Bazaar, la revista de moda cuyas páginas mostraron su rostro y despertaron el interés de los productores cinematográficos.
El director Howard Hawks decidió darle una oportunidad en To Have and Have Not, conocida en español como Tener y no tener, una película basada en la novela de Ernest Hemingway. Para su debut necesitaba un compañero de reparto que pudiera sostener la historia. El elegido fue Bogart, que ya había alcanzado la cima con películas como El halcón maltés y Casablanca.
Betty llegó a Hollywood con la ilusión de trabajar junto a grandes figuras. Bogart no era, precisamente, el hombre que le quitaba el sueño. Según recordaría después, no sintió un flechazo al conocerlo. Lo consideraba un buen actor, pero no era el galán que ella había imaginado para sí misma. La historia empezó a cambiar cuando comenzaron a trabajar juntos.
Una mirada, una voz y una frase que quedó en la historia
El rodaje de Tener y no tener puso a los dos actores frente a frente. Para Bacall, era su primera película y la presión podía resultar abrumadora. Para Bogart, acostumbrado a los sets y a las exigencias de la industria, aquella joven representaba un desafío distinto: tenía talento, una presencia inusual y una personalidad que no parecía intimidarse ante su fama.
Humphrey la ayudó durante las escenas y se mostró paciente con sus nervios. La diferencia de experiencia generó entre ellos una cercanía que fue creciendo a medida que avanzaba el trabajo. La admiración profesional empezó a mezclarse con una atracción que ninguno de los dos podía controlar.
Una de las escenas más recordadas de la película se convirtió, además, en una suerte de declaración de principios para la futura pareja. Bacall, apoyada con naturalidad y una mirada cargada de intención, le dice al personaje de Bogart: “Sabes silbar, ¿verdad, Steve? Solo tienes que juntar los labios y soplar”.
La frase quedó asociada para siempre a su figura. Su voz grave, sus ojos y esa manera de sostener la mirada sin necesidad de exagerar un gesto hicieron el resto. El público vio nacer a una estrella. Detrás de escena, estaba naciendo una pasión.
Pero había un problema que no podía resolverse con una escena de amor ni con una frase ingeniosa. Bogart estaba casado.
Un matrimonio que llegaba a su final
Cuando conoció a Lauren, el galán atravesaba su tercer matrimonio, con la actriz Mayo Methot. La relación llevaba años de conflictos y se había ganado una reputación tormentosa en los círculos de Hollywood. A la pareja la llamaban los Battling Bogarts, un apodo que reflejaba las peleas que protagonizaban y que, con el tiempo, se convirtió en parte de la leyenda del actor.
La llegada de Bacall no creó de la nada los problemas matrimoniales de Bogart, pero sí precipitó una decisión que se venía postergando. El romance comenzó mientras él todavía estaba casado y obligó a todos los involucrados a enfrentarse a una situación incómoda.
La relación avanzó pese a todo. Bogart decidió terminar su matrimonio con Methot y el divorcio quedó formalizado el 10 de mayo de 1945. Once días después, el 21 de mayo, se casó con Bacall.
La rapidez con la que pasaron de la separación a la boda alimentó los comentarios y las especulaciones. Para quienes desconfiaban de aquella unión, la diferencia de edad y el historial sentimental del actor eran motivos suficientes para pronosticar que no duraría demasiado. Ellos tenían otros planes.
Una boda lejos de los reflectores
La ceremonia se celebró en Malabar Farm, la propiedad rural del escritor Louis Bromfield, en Ohio. No hubo una fastuosa boda en un salón de lujo ni una puesta en escena diseñada para las revistas. El escenario fue una casa de campo, en un entorno que contrastaba con el brillo artificial de los estudios cinematográficos.
Bogart tenía 45 años y Bacall, 20. Ella todavía era una actriz que estaba descubriendo el alcance de su propio talento; él ya era una figura que pertenecía a la historia del cine. Él la llamaba “Baby”, un apodo cariñoso que la acompañaría durante su vida juntos. Detrás del personaje público, con su fama de tipo duro y su ironía permanente, había un hombre que podía mostrarse romántico y vulnerable con la mujer que amaba.
Bacall también estaba profundamente enamorada. Años después recordaría aquella relación como una experiencia extraordinaria, una suerte de fortuna que le había tocado vivir cuando todavía era muy joven.
La pareja comenzó así una vida compartida que duraría poco menos de doce años. En términos de Hollywood, fue una eternidad para un matrimonio entre dos estrellas. En términos de una vida humana, fue apenas el comienzo de algo que ambos esperaban prolongar durante décadas. Pero a veces el destino es caprichoso.
Bogie y Baby: dos estrellas, una misma historia
Después de Tener y no tener, Bogart y Bacall volvieron a compartir pantalla en El sueño eterno (The Big Sleep), estrenada en 1946; La senda tenebrosa (Dark Passage), de 1947; y Cayo Largo (Key Largo), de 1948. La pareja tenía una combinación difícil de imitar. Bogart aportaba su estilo seco, su humor y esa mezcla de dureza y fragilidad que lo había convertido en uno de los grandes protagonistas del cine negro. Bacall le respondía con inteligencia, una sensualidad sin estridencias y una presencia capaz de desafiarlo sin perder la complicidad.
En las películas, sus personajes se buscaban, discutían y se enfrentaban a peligros. Fuera del set, construían una vida en la que el trabajo, las amistades, las obligaciones familiares y los viajes ocupaban buena parte del tiempo.
La imagen de Bogart quedó ligada al cigarrillo, al sombrero y a los personajes que desconfiaban del mundo. Bacall, por su parte, se convirtió en una actriz de personalidad propia, mucho más que la joven que había debutado junto a una leyenda.
Pero el matrimonio también implicaba decisiones y renuncias. Bacall contó que Bogart había tenido dificultades en sus matrimonios anteriores porque sus esposas eran actrices y sus carreras ocupaban un lugar central. Para formar una vida en común, ella aceptó poner la relación en primer plano.
No significó que abandonara para siempre la actuación. Con los años desarrollaría una carrera que incluiría cine, teatro y reconocimientos importantes. Pero durante aquella etapa, su mundo giró en gran medida alrededor de Bogart y de la familia que estaban formando.
La mujer que había llegado a Hollywood para conquistar una profesión se encontró también profundamente comprometida con una relación que consideraba excepcional.
Los hijos que completaron la familia
El 6 de enero de 1949 nació Stephen Humphrey Bogart, el primer hijo de la pareja. Su nombre remitía a Steve, el personaje que Bogart había interpretado en Tener y no tener, la película que los había unido. Tres años después, el 23 de agosto de 1952, llegó Leslie Howard Bogart, su hija. La familia encontró en la vida doméstica un espacio diferente del mundo de las premieres, los contratos y las cámaras.
Bogart disfrutaba de la navegación y de pasar tiempo en su barco, una afición que en ocasiones generaba diferencias con Bacall. Como en cualquier matrimonio, el amor no eliminaba las discusiones ni convertía a dos personalidades fuertes en personas que pensaban igual.
En 1951, Bogart ganó el premio Oscar al mejor actor por La reina africana (The African Queen), película que protagonizó junto a Katharine Hepburn. Era uno de los grandes reconocimientos de su carrera y llegó cuando llevaba varios años casado con Bacall.
Ella también siguió trabajando y construyendo su trayectoria. Sin embargo, para la joven actriz, el mayor logro de aquellos años no podía medirse en premios ni en recaudaciones: había formado una familia con el hombre al que amaba y compartía con él una intimidad que contrastaba con el personaje público que el mundo creía conocer. La felicidad, como suele ocurrir, no les garantizaba que todo fuera a durar.
La enfermedad que cambió el destino
En 1956, cuando Bogart tenía 56 años y todavía era una de las figuras más importantes de Hollywood, recibió un diagnóstico devastador: cáncer de esófago.
La enfermedad avanzó y la intervención quirúrgica no consiguió detenerla. El hombre que tantas veces había interpretado a personajes capaces de atravesar cualquier peligro se enfrentaba ahora a una amenaza que no podía resolver con coraje, astucia ni una última frase memorable.
Bacall permaneció a su lado siempre. La mujer que había compartido sus años de juventud con él tuvo que verlo deteriorarse mientras intentaba sostener la vida familiar y acompañarlo en sus últimos meses. El 14 de enero de 1957, Humphrey Bogart murió en Los Ángeles. Tenía 57 años.
Lauren Bacall tenía 32. Habían estado casados durante once años, siete meses y veinticuatro días. Tenían dos hijos: Stephen, de ocho años, y Leslie, de cuatro.
La muerte de Bogart convirtió a Bacall en viuda cuando todavía era una mujer joven. Le quitó al compañero con quien había imaginado envejecer y la obligó a reconstruir su vida en un momento en el que sus hijos necesitaban de ella.
La vida después de Bogie
En 1961, Lauren se casó con el actor Jason Robards. Tuvieron un hijo, Sam, pero la relación terminó en divorcio en 1969. Bacall continuó trabajando en cine y en Broadway, donde obtuvo dos premios Tony por sus actuaciones en musicales. En 1977 recibió una nominación al Oscar por El espejo tiene dos caras (The Mirror Has Two Faces). El reconocimiento le llegó décadas después de su debut.
En una entrevista, recordó lo afortunada que se había sentido por haber encontrado temprano una relación de esa intensidad. No todas las personas viven algo semejante, sostuvo, y algunas nunca llegan a experimentarlo.
Bacall también dejó una frase que resume la dimensión que la relación con Bogart conservó para ella: “Nadie ha escrito un romance mejor que el que vivimos nosotros”. La afirmación, recogida al recordar su matrimonio no necesita demasiadas explicaciones. No significa que la pareja hubiera estado libre de conflictos ni que su vida fuese perfecta. Para ella, lo vivido había tenido un valor que el paso del tiempo no consiguió borrar.
Lauren Bacall murió el 12 de agosto de 2014, a los 89 años, en Nueva York. Habían pasado más de 57 años desde la muerte de Bogart. Durante ese tiempo, construyó una carrera, crió a sus hijos, volvió a enamorarse y atravesó las etapas de una vida que siguió adelante aun cuando el hombre que había marcado su juventud ya no estaba.
En el cine, una película termina cuando aparecen los créditos. En la vida, las relaciones continúan en los recuerdos, en las palabras que se eligen para contar lo vivido y en las personas que nacieron de aquel amor.
A veces, el amor no consiste en permanecer juntos para siempre. Basta con haber compartido una parte de la vida que deja una marca imborrable en todo lo que viene después. Y para Lauren Bacall, que había llegado a Hollywood sin imaginar que aquel hombre sería el gran amor de su vida, Humphrey Bogart fue eso: el hombre con quien vivió una historia que ni siquiera el tiempo pudo convertir en pasado.
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Fuente: TN — Ver noticia original