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El escritor italiano Darío Ferrari se ríe de la vida académica en su nueva novela

Un estudiante mediocre obtiene contra todo pronóstico una beca para hacer un doctorado en literatura. A partir de allí, Marcello Gori ingresa en un universo dominado por profesores, congresos, papers y luchas de poder. La novela combina sátira universitaria, investigación literaria y memoria política de la Italia de los años 70.
El escritor italiano Darío Ferrari se ríe de la vida académica en su nueva novela

Existe la idea global de que ganar una beca surge mayormente del talento y del esfuerzo individual. Pero surge también un amplio abanico de favoritismos y juegos soterrados de poder, de condiciones de acceso desiguales según quién sea el postulante. Inserto en ese ecosistema, el personaje de Se acabó el recreo, del italiano Darío Ferrari (Viareggio, Italia, 1982).

La novela ha sido un verdadero suceso en su país y llega a Argentina por Libros del Asteroide con traducción de Carlos Gumpert, ha sido un estudiante mediocre, se siente un poco envejecido y con tendencia a la procrastinación y a la inercia, cuando de pronto se plantea postularse a un doctorado universitario y solicitar una beca de investigación.

No por entusiasmo ni por ambición de linaje sino porque hay algo que desea evitar por todos los medios: no terminar en el bar de su familia. Acostumbrado a tomar decisiones al azar, la vida de Marcello Gori, “sin llevar la carrera académica en el ADN”, cobra entonces un vuelco inesperado después de un viaje y el encuentro azaroso con un exprofesor que lo conduce al venerado e “ilustrísimo” Raffaele Sacrosanti, “el Mourinho de la literatura italiana”, un comunista camuflado en erudito académico y especie de “dominus” de la facultad de Letras.

Una tesina sobre Franz Kafka

Marcello se había licenciado en Letras, una década después de matricularse, con una tesina sobre Franz Kafka y, frente a trayectorias académicas impecables, ricas y bien organizadas de sus adversarios, conoce la exclusiva endogamia de los estudios literarios en sus modos de reclutamiento y selección. “Después de presentar la tesina caí en un estado de modorra existencial y por primera vez en mi vida empecé a sentir el peso de la edad”, se lee en el primer capítulo de Se acabó el recreo.

En el umbral de los treinta años, Marcello Gori –que Ferrari, también profesor universitario, parece conocer al dedillo entre los agitados pasillos académicos– se compara con sus padres, que a esa edad habían hecho “un montonazo de cosas” (hijos, trabajos, hipotecas, mascotas), luego con sus abuelos, que habían luchado en la guerra, y cita a sus bisabuelos, muertos de jóvenes a causa de la gripe española.

“A ti te da asco trabajar. Y como también eres un presuntuoso te crees que los trabajos que hace la gente normal no valen un pimiento”, le dice el padre cuando él, frente a su impavidez, suelta como si contara un trámite menor que empezará prontamente el doctorado –algo que, en Italia, significa que la facultad le pagaría un sueldo para seguir estudiando, primer paso para convertirse en profesor universitario–.

“La única ventaja de presentarme al concurso de doctorado es que resuelve, al menos de manera temporal, mi problema de exceso de tiempo libre”, dice Marcello, en primera persona, como voz principal de la novela.

CUL / Darío Ferrari

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Mordaz sentido del humor

Con un mordaz sentido del humor y sin autocomplacencia, Darío Ferrari –autor de otras novelas como La quarta versione di Giuda y El idiota de la familia– construye un personaje algo perdedor pero astuto, que se siente poca cosa ante la historia familiar aunque asume que cada generación tiene su propia historia. Todos al lado suyo parecían haber vivido cosas más importantes y decisivas, todos rompieron el cascarón de la adultez en tiempos mucho más tempranos.

“Fue así como pasé de la eternidad de la juventud al horror vacui de la senilidad, perdiéndome las etapas intermedias. Y cuanto más viejo me siento, más veo recortarse en el horizonte mi versión personal del reloj biológico: la imagen de mi padre, que quiere que herede el bar familiar”, describe.

Hasta que, “por puro espíritu de contradicción” y contra todo pronóstico, le conceden la beca para el doctorado de literatura. Su tutor es nada más ni nada menos que Sacrosanti, cuyo talón de Aquiles era el “goce casi erótico que obtiene de las relaciones de poder universitarias”.

El ilustre profesor se obsesiona con un ignoto escritor que participó en el terrorismo de izquierda en los 70 y murió en la cárcel, un tal Tito Sella, y le encarga a Marcello que lo saque del ostracismo. Mientras arranca una pesquisa donde atraviesa senderos insospechados y hasta sórdidos, el outsider aprende a nadar en las aguas poco calmas de la vida académica, entre batallas intestinas por las jerarquías y los cargos y un frenesí de congresos, ponencias y papers, tan alocado como apabullante.

No sólo estará dedicado a la vida intelectual como investigador, sino que, a lo largo de varias actividades, hará otras tareas no tan gratas, como chofer con tickets de gasolina y peajes que le prometen pagar en prolongados meses o runner, “un eufemismo para esclavo”.

A veces ni sabe quiénes son esos profesores que llegan del extranjero, y más de una vez se conforma con que su conferencia no sea “la más catastrófica del congreso, ni la más memorable”. Sacrosanti siempre está en primera fila ante sus exposiciones. Su presencia lo inquieta, pero también lo tranquiliza.

Las descripciones sobre él son tan ácidas como ocurrentes. “Debo decir que tengo la impresión de que con el tiempo se ha ido ablandando conmigo, que poco a poco me ha perdonado mi paso en falso del paper de fin de curso y hasta el pecado original de haber ganado una beca de doctorado que no me correspondía”, dice sobre la relación entre ellos, y luego hace una comparación con el entrenador de fútbol Mourinho, aunque sienta que en el mundo académico pocos sepan de quién se trata.

“Es el entrenador que te descuella el trasero en cada entrenamiento, que exige lo que estás convencido de que no puedes darle, pero que cuando llega el momento del partido interpone sus anchos hombros entre el mundo y tú, para subrayar que eres su protegido y que nadie puede tocarte si no quiere vérselas con él”.

Indagación detectivesca

Ingenioso y divertido, plagado de citas de escritores y filósofos, en Se acabó el recreo la indagación detectivesca de Marcello sobre Tito Sella, casi a lo Roberto Bolaño, se topa con que fue un escritor que acumuló rechazos y críticas negativas, y ni siquiera sus libros gustaron en los círculos cultos, intelectuales y militantes.

Marcello Gori, que se contagia de un fervor de historiador, sostiene una hipótesis: los puntos débiles de sus novelas, como El sabor de la nieve, aquellos que llevaron a los críticos a despreciarla y descartarla, son exactamente las razones por las que vale la pena leerla, y la convierten en obras de culto y de excelencia estética.

“Lo que me decepciona un poco es el largo debate que sigue a las conferencias. Yo me esperaba un choque de titanes, y sobre todo un choque de civilizaciones, el épico duelo entre dos concepciones del mundo y de las letras, pero nada: dos machos alfa que bajan al ruedo, con sus eternas cornamentas, sin ser capaces de hacer otra cosa que intercambiarse una serie de elogios mutuos, algunos cumplidos y un par de frases de circunstancias antes de despedirse”, ironiza Marcello después de una de sus tantas exposiciones.

Se acabó el recreo, que ganó numerosos premios en su país, combina así una sátira del mundo universitario con pizcas de novela histórica. Una mirada hacia la pequeña burguesía provincial, a la militancia política y centralmente a la vida académica, con sus miserias y a la vez precariedades económicas, sus rabiosas competencias y una sintonía fina de los pormenores del campus, con sus camaraderías y poses, antipatías y crueldades.

El retrato de los 70 y la lucha armada convive con la consagración del saber por una élite del conocimiento, proyectado en la última década europea con la decadencia económica a cuestas, el malestar de la clase media y el acelerado pulso del capitalismo, una herida abierta en la memoria italiana que sigue dejando más perdedores que ganadores, más anotados en la lista de espera que en la de los exitosos.

Se acabó el recreo, de Darío Ferrari (Libros del Asteroide).

Fuente: Clarín — Ver noticia original