
Un artículo publicado en Brain Health propone prescribir ejercicio como parte de la atención de la salud cerebral. El planteo pide que la actividad física deje de aparecer como un consejo general y se incorpore a las consultas con objetivos, pautas de seguridad y seguimiento.
El texto está firmado por los psiquiatras Carl Zhou, Stanley Wong y Nicholas Fabiano, vinculados a las universidades de Ottawa y Toronto. Los autores sostienen que el movimiento puede incidir sobre el estado de ánimo, la cognición, el sueño, la capacidad funcional y la salud cardiometabólica, como parte de un abordaje clínico que también incluye tratamientos farmacológicos, psicoterapia, estimulación cerebral, cuidado del sueño e intervenciones sociales.
El cardiólogo e investigador Eric Topol difundió el artículo en su cuenta de X con una definición que resume el planteo de los autores: “El ejercicio debe prescribirse, no solo recomendarse. Para la salud cerebral”. Su mensaje remite al trabajo publicado en Brain Health, que propone integrar planes de movimiento personalizados a la consulta médica, con objetivos graduales, evaluación de riesgos y controles periódicos, en lugar de limitarse a una recomendación general de actividad física. Acceso al estudio

La actividad física actúa sobre sistemas vinculados al cerebro
El artículo describe que el ejercicio afecta procesos vasculares, metabólicos, inflamatorios y de plasticidad neuronal. La función cerebral depende, entre otros factores, del estado de los vasos sanguíneos, del control metabólico y de mecanismos que permiten formar y modificar conexiones entre neuronas.

Una de las hipótesis citadas es el eje músculo-cerebro. Durante la contracción muscular, el organismo libera moléculas conocidas como mioquinas, que pueden comunicarse con vías metabólicas, inflamatorias, neuroendocrinas y neurotróficas. Estas últimas están relacionadas con el mantenimiento de las neuronas y con procesos de aprendizaje y memoria.
El documento también menciona otros posibles mecanismos: el ejercicio puede ayudar a regular el sueño y los ritmos circadianos, reducir factores de riesgo vascular y metabólico, y reforzar la percepción de capacidad personal.
Cuando la actividad se realiza con otras personas, puede sumar un componente de vínculo social, relevante para quienes atraviesan aislamiento o dificultades para sostener una rutina.
Los autores recuerdan un ensayo aleatorizado en adultos mayores que asoció el entrenamiento aeróbico con un aumento del volumen de la parte anterior del hipocampo, una zona cerebral vinculada con la memoria.
Aun así, advierten que una parte de la literatura sobre deterioro cognitivo y demencia proviene de estudios observacionales. Por ese motivo, las asociaciones entre ejercicio y menor riesgo de esas enfermedades no permiten establecer por sí solas una relación causal definitiva.

Hay respaldo para depresión, ansiedad y malestar psicológico
La revisión reúne ensayos clínicos, metaanálisis y estudios de seguimiento de poblaciones. Según los autores, la prueba es más consistente en el campo de la salud mental: las intervenciones de actividad física se vinculan con reducciones de síntomas de depresión, ansiedad y malestar psicológico.
Una revisión en red de ensayos aleatorizados, publicada en 2024, encontró beneficios para los síntomas depresivos con opciones como caminar, correr, yoga y ejercicios de fuerza. El análisis indicó que los efectos tendían a ser mayores cuando la intensidad aumentaba, aunque el documento insiste en que el punto de partida debe ajustarse a la condición de cada persona.
También cita estudios prospectivos que relacionan una mayor actividad física con un menor riesgo de depresión. Entre quienes no logran cumplir las metas de salud pública, los autores destacan que puede haber beneficios incluso por debajo de ellas.

Una referencia práctica mencionada es aproximadamente 75 minutos semanales de actividad moderada, o su equivalente vigoroso, como meta inicial para algunas personas.
En el caso de la esquizofrenia, el planteo señala que el sedentarismo, las enfermedades cardiometabólicas y la mortalidad prematura se agravan por la carga de la enfermedad, la desventaja social y los efectos metabólicos de algunos medicamentos.
Metaanálisis previos sugieren que el entrenamiento aeróbico puede favorecer la cognición global, la atención, la memoria de trabajo y la cognición social. Sin embargo, los investigadores puntualizan que los ensayos disponibles aún tienen muestras pequeñas y que hacen falta estudios de mayor escala.
Una prescripción debe incluir intensidad, barreras y control

La recomendación de la Organización Mundial de la Salud para adultos contempla entre 150 y 300 minutos semanales de actividad aeróbica moderada, o entre 75 y 150 minutos de ejercicio vigoroso. A ello se suman actividades de fortalecimiento muscular al menos dos días por semana.
La intensidad moderada puede identificarse como aquella que eleva de forma perceptible la frecuencia cardíaca, aunque permite sostener una conversación breve, como una caminata a paso rápido. La actividad vigorosa provoca una respiración más exigida, como puede ocurrir al correr o andar en bicicleta a gran velocidad.
Los expertos evitan presentar esas cifras como una receta uniforme. Una persona con depresión puede enfrentar baja energía, dificultades de concentración o falta de motivación. La ansiedad, el dolor crónico, una discapacidad, la pobreza, las obligaciones de cuidado, la falta de espacios seguros y el aislamiento también pueden volver difícil iniciar o sostener una rutina.
Por eso, los autores proponen objetivos graduales y acordados. Para algunos pacientes, el comienzo puede ser una caminata de cinco minutos, una rutina de ejercicios sentados, una derivación a fisioterapia, un grupo con supervisión o una actividad ya incorporada a su día, como sacar a pasear al perro. La continuidad depende de que la propuesta sea segura, significativa y posible de sostener.
Fuente: Infobae — Ver noticia original