Ya no importa si es lunes o si es viernes. Si es mediodía y te disponés a almorzar o si apagás la computadora y dejás el escritorio. Si en una escuela es el recreo o se arrió la bandera. Hay una fatiga silenciosa que se nos pega al cuerpo. No es solo el cansancio físico del día que termina; es un agotamiento más hondo, casi existencial, producido por la exigencia de convertir cada gesto, cada proyecto y cada encuentro pedagógico o artístico en una secuencia de tareas auditables. Vivimos rodeados de checkpoints, indicadores de impacto, planillas de evaluación y algoritmos que prometen optimizar nuestra existencia mientras, paradójicamente, la vacían de densidad. ¿Entregaste la planificación? ¿Completaste el tablero? ¿Se vendieron localidades? ¿Cuántas visualizaciones obtuviste? ¿Este posteo tuvo más likes que el anterior? La planilla y el feed hablan el mismo idioma: todo tiene que poder contarse. Hoy no habitamos el tiempo como un relato con principio, desarrollo y sentido, sino como una deriva ininterrumpida. Transcurrimos en un presente líquido donde la experiencia ya no se teje ni se recuerda: se consume como un desfile interminable de estímulos que pasan frente a nuestros ojos sin dejar huella. Transcurrimos en feed.
Fuente: Página/12 — Ver noticia original