La ciudad es como un río desbordando el tiempo de las gentes. Las calles atestadas de coches y colectivos, alguna que otra puteada de un conductor apurado, el vendedor de repasadores, el de paltas, precavido de que no aparezcan los poli a quitarle la mercadería. Todo es parte del paisaje sonoro citadino, donde se puede otear el rebusque del “crisol de razas”, frase tan repetida.
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