En cada rincón de Habitar el misterio. Arte, humanidad y trascendencia en el Pabellón de las Bellas Artes de la UCA, se esconden diferentes interpretaciones de lo que significa lo sagrado, que se insertan en un terreno fértil cercano a la condición humana, más allá de toda creencia religiosa. Así lo explican María Pimentel de Lanusse, directora de la Bienal de Arte Sacro, y Verónica Parselis –curadora del Pabellón–, que unieron fuerzas para darle forma a este proyecto en vísperas de la llegada del papa León XIV a nuestro país.
Las 28 obras que conforman la exposición, que fueron seleccionadas para las últimas dos ediciones de la Bienal, definen la intención de acercar el arte sacro a la contemporaneidad, algo que Pimentel impulsó con su gestión, a pesar de que ha sido una de las improntas del proyecto desde su creación hace cuatro décadas.
“La posibilidad de vincular lo sagrado a los artistas de su tiempo siempre fue una prioridad, desde que el padre Paul Irénée Couturier, pintor, crítico de arte y figura central en la renovación del arte religioso del siglo XX, involucró a artistas como Fernand Léger, Pablo Picasso o Henri Matisse, sosteniendo que el arte sacro debía estar en sintonía con lenguajes actuales para reflejar una verdadera dimensión plural”, explica.
Magnífica Humanitas, la encíclica
En ese sentido, uno de los ejes de la exposición está vinculado a algunas de las ideas de la Magnífica Humanitas, la encíclica del papa, que retoma debates centrales de nuestros tiempos, como el avance de la tecnología y el abuso de una lógica utilitarista que va descartando la dignidad humana, planteando que estamos inmersos en una época en la que es crucial recuperar algunas de las cualidades que nos definen, para “no perder el contacto, la convivencia y los aspectos elementales que evidencian nuestra condición, como por ejemplo el arte, ya que no hay nada más humano que este tipo de creaciones”.
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¿Podríamos decir que el arte cumple una función central en la reorganización social? Esa es una de las preguntas que parece reverberar en este deseo por recuperar el pensamiento crítico, la contemplación, el tiempo suspendido, la sensibilidad y la pausa, experiencias que hoy se perciben como acciones casi contraculturales. Allí ingresa la experiencia como “una manera de custodiar lo humano”.
Pimentel y Parselis comparten pensamientos en relación con lo religioso y lo sagrado como algo que tiene un carácter antropológico y existencial, donde el arte se vuelve un reflejo inesperado. “Queremos que las obras hablen de un otro sin repetir iconografías clásicas solamente, sino que despierten la dimensión de lo sagrado”.
De esta manera, la muestra se transforma en una invitación a extender la posibilidad estética y romper tabúes en relación con lo que se supone es el arte religioso.
En esta convivencia se relacionan “Ojo de cielo”, una pintura sobre mantel de Diana Aisenberg, una talla en madera de Juan Rey que dialoga con las luces y sombras que genera, o “El altar de Alter”, de Mirta Kupfermine, una instalación que, como las grandes ruinas de Babel, devela una imagen de nuestra propia caducidad.
“Es una instancia muy representativa, ya que en la encíclica se presenta una analogía en la reacción a la figura y nuestra contemporaneidad, que nos impulsa a ese aislamiento. Hoy en día es imposible negar que la tecnología nos conecta; sin embargo, también evita que se logren los encuentros reales. Ese tipo de discusiones que nos hacemos son las que se presentan acá”, detallan ambas curadoras.
Un trabajo de Mateo Amaral titila sin parar. “La falla de Dios” imita a través de un lenguaje tecnológico los textiles aymaras, que señalaban las pequeñas imperfecciones en sus procesos como intervenciones divinas. Esas lámparas LED crean un sinfín de posibilidades que no están programadas, sino que, al igual que los errores humanos, suceden en todo momento. A su lado, una pintura de Nicolás Domínguez Nacif se presenta como un portal atrapante. Algo similar sucede con “Sol Flor”, de Itamar Hartavi.
“Danza Macabra”, de Franco Vico, redobla la apuesta y presenta una burla a los CEO de rostros enmascarados, paralizados y deshumanizados, danzando con la muerte, mientras una torre de Babel se incendia de fondo.
Universo distópico
Mórbida y reflexiva, la muestra cambia el eje de la última sección, junto a obras de Juan Seifo, Fernando Loré, Diego Fontanet y su universo distópico o Sasha Minovich, que, a través de “Una nueva esperanza”, fomenta la posibilidad en medio del mar rojo, como símbolo de la naturaleza avasallante y poderosa.
“Es otro trabajo representativo de nuestros tiempos, frente a las catástrofes naturales que se están viviendo y que desatan debates que dividen a la sociedad”, explica Pimentel.
Por último, y a modo de resumen, ya que todas las obras merecen su tiempo de análisis, se destaca un textil de Blas Aparecido, una reversión de la virgen de Itatí, como un acto de recuperación en el que representa una posibilidad de volver a un primer amor: el bordado que en la infancia le fue negado por no ser “una tarea de varones”, mientras que el tajo lumínico de Hernán Salvo nos obliga a una silenciosa contemplación.
Habitar el misterio nos acerca a un mensaje optimista con respecto a custodiar lo humano y cambiar el rumbo de la historia, donde el arte se inserta como una herramienta posibilitadora y lo sacro puede considerarse “una categoría abierta capaz de dialogar con los lenguajes contemporáneos sin perder su raíz en la experiencia de lo trascendente y el misterio”.
Habitar el misterio. Arte, humanidad y trascendencia se puede visitar hasta el 8 de noviembre en avenida Alicia Moreau de Justo 1300, Puerto Madero. De lunes a domingo de 11 a 19, con entrada libre y gratuita.
Fuente: Clarín — Ver noticia original