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Del vino al fruto seco: los productores sanjuaninos y mendocinos se pasan al pistacho para salvar el negocio

Mientras la vid perdió más de 27.000 hectáreas en la última década por la caída del consumo, el área implantada con pistacho creció un 500% en los últimos cinco años. Expertos aclaran que es una diversificación paulatina en busca de mercados de exportación.
Del vino al fruto seco: los productores sanjuaninos y mendocinos se pasan al pistacho para salvar el negocio

El paisaje productivo de la región de Cuyo está cambiando de fisonomía a la par de los números que manejan los ingenieros agrónomos.

Las tradicionales hileras de viñedos, que durante más de un siglo definieron la identidad económica de San Juan y Mendoza, comienzan a ceder espacio ante el avance de un cultivo que se consolidó como el nuevo motor del agro cordillerano: el pistacho.

Impulsado por una demanda global y una rentabilidad en dólares que la vitivinicultura ya no puede sostener, este fruto seco se transformó en el refugio predilecto de inversores y productores tradicionales que buscan esquivar la crisis del sector vitivinícola.

La caída del consumo interno de vino, la reducción constante de los márgenes de ganancia y los altos costos estructurales provocaron un verdadero desierto en las estadísticas de la vid.

De acuerdo con datos del Censo Vitivinícola elaborado por el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV), al 31 de diciembre de 2025 la superficie cultivada con uva en el país sufrió un achicamiento drástico de 3726 hectáreas en un solo año.

Si se amplía el lente temporal, la sangre bodeguera es evidente: la vid perdió un total de 27.724 hectáreas en la última década, lo que representa una contracción del 12,4% de su superficie histórica.

En la vereda de enfrente, el fenómeno del pistacho corre a tasas chinas.

En los últimos cinco años, el área total implantada con este cultivo en la Argentina experimentó una explosión superior al 500%.

Las características agroclimáticas de las zonas áridas de Cuyo —amparadas en inviernos rigurosos y veranos secos y calurosos— resultan ideales para el desarrollo de esta planta, que aprovecha al máximo la experiencia acumulada de los productores locales en sistemas de riego tecnificado por goteo para alcanzar un potencial productivo de estándar internacional.

Según un detallado informe sectorial de AgroFides, desarrolladora de proyectos agrícolas de escala, la superficie implantada con el fruto seco creció más de un 20% en el último año, sumando unas 1800 hectáreas nuevas concentradas mayoritariamente en territorio sanjuanino y mendocino.

Esta acelerada expansión responde de manera directa a un incremento sostenido de la demanda global, que avanza a un ritmo de 6,5% anual. Mientras que el mercado internacional busca proveedores alternativos a los gigantes del sector, los operadores locales se entusiasman con las proyecciones de exportación a largo plazo.

La diferencia en la ecuación económica de los productores cuyanos es contundente: mientras la uva para vinificar arrastra saldos negativos en promedio, el pistacho sostiene retornos por encima del 16% anual en dólares.

Diversificación y futuro

La brecha económica entre ambas actividades reconfiguró las prioridades en el uso de la tierra agrícola en los valles de San Juan, provincia que lidera la superficie implantada del país, y en los oasis mendocinos.

No obstante, los especialistas advirtieron que este fenómeno no debe leerse como un reemplazo masivo y de la noche a la mañana de la vitivinicultura.

El pistacho es un cultivo de largo aliento que requiere una fuerte inversión inicial y demanda entre cinco y siete años para entregar sus primeras cosechas comerciales, un factor que obliga a los productores a diseñar transiciones planificadas.

Lo que se observa sobre el terreno es un proceso de diversificación inteligente y paulatino. Muchos finqueros históricos optan por no arrancar por completo sus viñedos, sino por destinar sus parcelas libres o reconvertir los cuarteles menos productivos hacia el fruto seco.

De este modo, utilizan los ingresos remanentes de la uva para financiar los años de desarrollo del nuevo monte frutal, logrando un esquema mixto que amortigua el riesgo cambiario y climático.

A nivel global, la oferta de pistacho se encuentra fuertemente concentrada en Estados Unidos e Irán.

Sin embargo, la Argentina cuenta con la ventaja competitiva de ingresar al mercado en la contraestación del hemisferio norte, abriendo ventanas comerciales específicas y nichos de alta calidad.

En ese tablero internacional, el agro cuyano busca consolidar su posición exportadora, demostrando que detrás del avance de las tolvas y las plantas procesadoras de frutos secos se está escribiendo una nueva hoja de ruta para la supervivencia del campo argentino.

Fuente: TN — Ver noticia original