“No hay nada que hacer”, dice Estragón en la primera escena de Esperando a Godot. Vladimir se le acerca con pasos rígidos y agrega: “Empiezo a creerlo. Durante mucho tiempo me he resistido a pensarlo”.
El estreno mundial de esta obra clave del teatro del absurdo fue en París en enero de 1953. El texto de Samuel Beckett cuenta la historia de dos vagabundos, Vladimir y Estragón,que esperan a un tal Godot debajo de un árbol en medio de un paisaje desolador. Llega Pozzo, el dueño de las tierras, y su criado, Lucky. Entre diálogos inconclusos se arma una potente maquinaria plagada de discursos filosóficos, diálogos que no se completan del todo, ciertas rutinas circenses y una infinidad de alegorías.

Esperando a Godot ha presentado una infinidad de lecturas, según los tiempos sociales y políticos. En el Teatro Alvear, sala del Complejo Teatral de Buenos Aires, se estrenó una nueva versión que cuenta con las actuaciones de Luis Ziembrowski (Estragón), Daniel Araoz (Vladimir), Osvaldo Santoro (Pozzo) y Pablo Seijo (Lucky). La dirige la talentosa artista española Helena Pimenta, quien en el San Martín presentó su versión de La vida es sueño, que protagonizó Blanca Portillo. La presentaron de este modo: “Mientras esperan con impaciencia al misterioso personaje, rellenan los silencios con palabras, juegan, reciben a otros caminantes que les sorprenden y nos sorprenden. En este no lugar, palabras, situaciones y personajes expresan con gran sabiduría algunas de las grandes preguntas de la humanidad: ¿quiénes somos? ¿qué hacemos aquí? ¿cuál es el sentido de nuestra vida? ¿quién la escribe? ¿Y quién escribe nuestros sueños?”.
En los Estados Unidos hubo una versión de este clásico de las vanguardias a cargo de presidiarios de la cárcel de San Quintín. Al personaje de Godot, ese que nunca llega, se lo interpretó de mil maneras. Hubo otra puesta en la que el vagabundo de Estragón estuvo a cargo de Nathan Lane, actor de Los productores, en la que a Godot se lo pronunciaba como “GOD-oh” (“oh, Dios”). En Buenos Aires, para cierto círculo de los 70, otro montaje de Godot remitía a Juan Domingo Perón, quien estaba por volver de España luego de su largo exilio. En otra versión local de los 90, interpretaron que la obra hacía referencia a la ola de privatizaciones del período menemista. Cuando le preguntaron a Beckett si Godot representaba a Dios, respondió sin muchas pulgas: “Si hubiera querido decir Dios, habría dicho Dios y no Godot”.

Beckett murió en 1989. Dejó establecido, algo que sus herederos cumplen a rajatabla, que la obra no sea interpretada por mujeres. En tiempos de empoderamiento femenino, el pedido del mismo autor se metió de lleno en discusiones de género.
El largo camino de Godot
Al estreno mundial de Esperando a Godot que dirigió Roger Blin asistieron 75 espectadores. Según los registros, la mitad de los asistentes al parisino Theatre Babylon se fueron antes del diálogo final entre Vladimir y Estragón en el que deciden irse. En algún reportaje Beckett sostuvo que se trataba de una obra “horriblemente cómica”. Los dos vagabundos son dos personajes clownescos. La asociación no es casual. Samuel Beckett, en su única incursión en el cine, trabajó con Buster Keaton en Film. La película no tiene diálogos, solo un sonido, un ligero: “¡Sssh!”.
En 1956, apenas tres años después del estreno mundial, el gran actor y director Jorge Petraglia, fallecido en 2004, dirigió Esperando a Godot en Buenos Aires. Había comprado los derechos por unos 300 dólares. Actuaban Roberto Villanueva, Leal Rey y el mismo Petraglia. El estreno fue en el local de la Casa de Mendoza, de Florida 713. Fue la primera puesta en el mundo hispánico. La crítica no fue del todo unánime. Alguno se animó a comparar a la obra con “un puntapié en el tobillo a la actividad teatral”. Otro fue más piadoso. “El teatro moderno, sobre todo aquel que se empecina en bucear recónditas miserias a través de un lenguaje nuevo, no es todavía un manjar fácil para muchos”, apuntó.

Una señora que lavaba ropa en la casa de Petraglia, que nunca había ido al teatro, fue a ver Godot con su sobrina. Después le contó a la madre del actor y director que su sobrina le había preguntado de qué iba la cosa. “Sos muy joven, no entendés… Pero es la soledad de la gente en el mundo”, le contestó casi al pasar. Según una encuesta entre creadores escénicos realizada por el Real Teatro Nacional de Gran Bretaña, el texto ese sobre la “soledad de la gente en el mundo” fue elegido como el más importante del siglo XX, dejando en el segundo y tercer lugar a La muerte de un viajante, de Arthur Miller, y a Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams.
Aquella puesta no pasó inadvertida. Eduardo “Tato” Pavlosvky fue a verla. “Cuando por primera vez vi Esperando a Godot, a los 22 años, sentí que mi vida había recibido un impacto”, dijo el gran creador en un reportaje publicado en LA NACION, en 1999. Una de las veces que Pavlovsky fue a París estaba haciendo Días felices. Le mandó una carta al dramaturgo tratando de explicar quién era. Beckett le respondió. El irlandés nunca había imaginado que “podría influir en la cabeza de un psiquiatra latinoamericano”, le dijo. También fue a verla el director, actor y dramaturgo Alfredo Arias en tiempos en que cursaba en el Liceo Militar. Un cadete superior lo llevaba a ver obras de teatro. De uniforme llegaron los dos a ver Godot. “Era una fiesta ir a ver eso y pensar que había esos límites fantásticos a conquistar a futuro”, reconoció el mismo Arias.
De la cárcel de San Quintín a la disco Studio 54
Desde el momento de su estreno mundial, la obra fue conquistando escenarios de todo el mundo. En los Estados Unidos sus primeros pasos fueron una seguidilla de fracasos. En esta sucesión aparece Rick Cluchey, prisionero de la legendaria cárcel de San Quintín. Estaba allí por robo a mano armada y secuestro. En la prisión más antigua de California la representación teatral era algo casi prohibido, pero en algún momento se fundó la compañía The San Quentin Drama Workshop a la que se sumó el presidiario.
En 1961, Esperando a Godot fue el primer espectáculo del grupo. El texto lo habían tomado de una revista que, al parecer, estaba mal transcripto. “Por lo que el primer acto lo hicimos dos veces, pero nadie se dio cuenta”, dijo a los medios españoles cuando, en 2009, se presentó en España. Según una crónica de la época, al estreno llegó un trío de hombres musculosos, con bíceps desbordantes que estaban cumpliendo su condena. Tal vez, imaginaron que Godot es mujer de ropa ligera, pero no. “No protestaron airadamente y decidieron esperar a que se apagaran las luces de la sala antes de escapar. Cometieron un error. Escucharon y miraron dos minutos de más… y se quedaron. Se marcharon al final. Todos temblaron…”, aseguró un comentario.

En 1966, a Rick Cluchey le concedieron el indulto por su labor desarrollada. Godot lo sacó de las rejas. Ya libre, en París conoció al autor. Se hicieron amigos y hasta lo sumó al elenco de La última cinta de Krapp. “Podés hacer esta obra de una manera que nadie más puede, porque es una obra sobre un hombre en una celda, la celda de su memoria”, le dijo el irlandés. Cluchey terminó siendo parte de la puesta de Esperando a Godot en grandes teatros europeos, aquellas salas a las que nunca había entrado “ni siquiera para robar”, como solía decir.
Años antes se había montado en una cárcel de Alemania. Según una crónica, uno de los reclusos le escribió a Beckett: “Le sorprenderá recibir una carta sobre su obra Esperando a Godot, desde una prisión donde tantos ladrones, falsificadores, matones, homosexuales, locos y asesinos pasan esta maldita vida esperando… y esperando… y esperando. ¿Esperando a qué? ¿A Godot? Quizás”.

En Estados Unidos la obra tuvo diversas puestas que fueron tanto éxitos como fracasos. Más cerca en el tiempo, en 2009 hubo una que interpretaron Nathan Lane y Bill Irwin. A Godot se lo pronunciaba como “GOD-oh” (“oh, Dios”). Tenía lugar en un espacio medio ruinoso que oficiaba de contracara de su pasado: allí había funcionado la glamorosa y exquisita disco Studio 54 con sus noches de excesos y música disco ubicada en plena Nueva York. Vladimir y Estragón coparon el centro de ese lugar que habían frecuentado figuras como Liza Minnelli, Andy Warhol, David Bowie, Elizabeth Taylor, Elton John, Calvin Klein, John Travolta, Tina Turner y Truman Capote, entre otras.
De la vuelta de Perón a conflictos de género
Volvamos a Jorge Petraglia. El talentoso creador repuso a Godot en varias oportunidades. Una de ellas fue en los setenta, en tiempos de la vuelta de Juan Domingo Perón de su exilio. De buenas a primeras, la sala en donde se presentaba empezó a poblarse de muchos militantes de la Juventud Peronista. Para ese sector, Esperando a Godot se había transformado en “Esperando a Perón” (así lo afirmó una crítica de la época). La pieza clave del teatro del absurdo adquiría así una lectura política vinculada con un proceso histórico con fechas bien delimitadas.
En 1996, Leonor Manso montó Esperando a Godot en el escenario de La Trastienda. No lo esperó, fue a buscarlo, como dijo en una oportunidad. Actuaban Pompeyo Audivert, Patricio Contreras, Alicia Berdaxagar, Pablo Messiez y Miguel Guerberof (quien montó varias obras de Beckett). Eran tiempos de menemismo, de privatizaciones, de restricciones económicas, de manifestaciones. En un reportaje, Manso hacía su propia lectura de la obra. “Beckett ya hablaba de la privatización cuando uno de los personajes dice: ‘¿Te acordás de la última vez que trabajamos?’, y el otro le responde: ‘Uy, eso fue hace como 50 años’”, afirmaba. En aquella oportunidad consiguió una figurita difícil: que los herederos de Beckett permitieran la actuación de una mujer en contra del deseo del autor, quien consideraba que los personajes de la obra debían ser interpretados solo por hombres.

Como se verá, fue la famosa excepción a la regla. En 2018, el CTBA programó para el Teatro San Martín esa misma versión que iban a representar Pompeyo Audivert, Roberto Carnaghi, Daniel Fanego, Analía Couceyro e Ivana Zacharski. “En pleno proceso de ensayos, recibimos el aviso de revocatoria de la autorización para representar esta obra por parte de la agencia que custodia los derechos de representación de Beckett, exigiendo que la obra sea representada exclusivamente por actores varones”, comunicaron las autoridades del CTBA. “Aceptar este planteo significaría poner en peligro a la obra, al equipo artístico, al mismo Complejo Teatral y a su público. Estaríamos convalidando un planteo anacrónico, absurdo y antiartístico, con el cual definitivamente disentimos”, señaló el comunicado de cuando el organismo lo dirigía Jorge Telerman.
Esperando a Godot nunca se llegó a estrenar. Quedó en modo espera.

“Entiendo que Beckett haya impuesto estas cláusulas cuando escribió Godot, pero me pregunto si no es injusto que los muertos no puedan evolucionar. Quiero decir, nadie puede arrogarse (ni yo, ni los parientes de nadie) decir que cree que un muerto opinaría tal o cual cosa sobre las discusiones de género actuales, pero nadie puede dudar de que si Beckett viviera, entraría, cualquiera sea su postura, indefectiblemente, aun a través del silencio, en esta discusión. Pero el silencio de los vivos es elegido, y el de los muertos, no”, reflexionó en aquel momento Analía Couceyro en sus redes sociales. Para intentar destrabar el conflicto intervinieron de buenos oficios tanto la embajada francesa como la inglesa para explicar a sus herederos la situación. No hubo caso. Beckett/Godot había abierto otra reflexión que excede claramente al encuentro/desencuentro entre Vladimir y Estragón.
Cuestiones similares habían sucedido en otras latitudes. Los abogados de la agencia que velan por sus derechos de autor afirmaron, cuando hubo un intento de incorporar actrices a sus obras, que el autor se había negado a esa posibilidad aun antes de su muerte.
Después de la espera, una nueva versión
La nueva versión de Esperando a Godot ahora llegó al Teatro Alvear. Las resonancias de la espera, del mismo Godot son otras. La actual puesta en el Alvear la dirige la talentosa Helena Pimenta quien, a lo largo de los años, ha montado puestas basadas en textos de Shakespeare, Calderón de la Barca, Lope de Vega, Valle-Inclán, Molière, Ionesco y dramaturgos contemporáneos.

La premiada directora fue la primera mujer en liderar la Compañía Nacional de Teatro Clásico de España. En un reportaje publicado en la misma página del Complejo Teatral recuerda que la primera puesta que montó de Godot fue cuando tenía unos 21 años. Trabajaba el teatro como forma de ayuda para que los extranjeros aprendieran el castellano. Al parecer, por fuera del radar de los herederos de Samuel Beckett, el montaje fue protagonizado por cuatro jóvenes francesas. Esa obra obtuvo un premio muy importante cuando ella ni sabía todavía que iba a dedicarse al teatro.
A tantos años de aquello, considera que la multiplicidad de significados y temas de la obra conecta con la incertidumbre de la época en la que fue escrito el texto como en la actual. “Vivimos un tiempo sin certezas, estos personajes dudan hasta de quiénes son”, reflexiona al mismo tiempo que asegura que la soberbia actual, tan en boga en la política, lleva a lugares destructivos. “En este marco el teatro como arte, como lenguaje también está en peligro porque es un espacio de pensamiento, un espacio de construcción de criterio y de comunidad”, señala sobre una de las posibles lecturas de este texto en el que el humor se convierte en un elemento de resistencia.
Fuente: La Nación — Ver noticia original