Joe Hollins se pone un grueso guante de soldador en la mano izquierda y sujeta firmemente un hisopo de algodón con la derecha. Se pone en cuclillas hasta quedar a la altura de los ojos de una tortuga gigante de 180 kilos y, con la mano enguantada, le sostiene la cabeza mientras introduce con cuidado un dedo en su boca para mantener abierto su afiladísimo pico. Mientras tanto, intenta pasarle el hisopo por la mejilla con la otra mano. Hollins, quien es veterinario, tiene apenas unos cinco segundos para obtener el ADN que busca; luego se arriesga a ser golpeado con una gruesa y escamosa pata. El primer hisopo sale cubierto de zanahoria masticada, uno de sus bocadillos favoritos. Lo tira a un lado y vuelve a intentarlo. La tortuga, llamada Jonathan, parece algo molesta. A sus aproximadamente 194 años, Jonathan es el animal terrestre más longevo conocido en el mundo. Es una tortuga gigante de Aldabra que vive a alrededor de 1930 kilómetros de la costa oeste de África, en la remota isla de Santa Elena, y pasa sus días en los soleados terrenos de la residencia oficial del gobernador. (Cuando llegó a Santa Elena tenía al menos 50 años, una determinación que hicieron sus cuidadores basándose en su tamaño). Aunque muestra algunas señales de envejecimiento, como unas cataratas que lo han dejado casi ciego, aún tiene un oído excelente y una libido potente. Disfruta saludar a los visitantes, que le acaricien el cuello y soltar fuertes eructos para la multitud que se reúne alrededor de su recinto a la hora de comer. En junio, después de que algunas organizaciones de medios declararan erróneamente que Jonathan había muerto, Guinness World Records lo agregó a su lista de íconos globales, en reconocimiento de su condición extraordinaria. Ahora, el miércoles, alcanzó otro hito cuando un estudio anunció que su genoma había sido secuenciado por primera vez. "Casi nunca tenemos la oportunidad de estudiar a un animal tan viejo mientras aún está vivo", dijo Steve Horvath, un biólogo que estudia el envejecimiento en la Universidad de California, Los Ángeles, y autor del estudio, el cual fue publicado en la revista Science Advances. Jonathan dio a los científicos la rara oportunidad de estudiar lo que sucede con el genoma de un animal en el transcurso de casi 200 años. Pero obtener el ADN no fue fácil: a los investigadores no se les permitió tomar una muestra de sangre, el estándar de oro en la secuenciación de ADN, debido al riesgo de infección. Y como a la isla solo llega un vuelo comercial por semana –que además suele retrasarse–, la saliva recogida con el hisopo tuvo que viajar en barco. Sin embargo, los investigadores estaban decididos a llevar adelante la idea porque tenían curiosidad por saber si el ADN de Jonathan guardaba secretos sobre el envejecimiento o la longevidad. Piénsalo: cuando se supone que nació esta tortuga, en 1832, Charles Darwin apenas tenía 22 años y aún no visitaba las islas Galápagos, donde concebiría su teoría de la selección natural. Después de secuenciar la muestra, los científicos compararon el genoma de Jonathan con los de tortugas 100 años más jóvenes que él y encontraron algunas diferencias moleculares, especialmente en genes relacionados con la reparación del ADN y el mantenimiento de las cubiertas protectoras de los cromosomas, llamadas telómeros. A medida que los organismos envejecen, el ADN acumula daños y los telómeros se acortan, un proceso que se cree que contribuye al envejecimiento. Los resultados apuntan a que esta especie podría haber evolucionado para ser más resistente al deterioro asociado con la edad, pero se necesitan más pruebas. El equipo también descubrió que Jonathan compartía algunos genes con otras especies longevas como las ratas topo desnudas, que pueden vivir hasta los 40 años y rara vez contraen cáncer. Quizá lo más interesante es lo que encontraron cuando analizaron el epigenoma de la tortuga, un mapa de las marcas químicas que regulan el genoma. Estas marcas cambian con la edad y pueden provocar una actividad genética errática. Como era de esperar, Jonathan presentaba cambios relacionados con la edad en su epigenoma similares a los de los humanos mayores, pero hubo una excepción. En particular, los interruptores de control relacionados con las mitocondrias estaban bien conservados, de manera similar a los de una tortuga joven. Las mitocondrias, las centrales eléctricas moleculares dentro de las células, han estado vinculadas durante mucho tiempo al envejecimiento saludable. El potencial de aprender de la biología de animales que tienen vidas extraordinariamente largas es emocionante para los científicos que estudian el envejecimiento. "Cada una de estas especies longevas tiene algún tipo de truco especial", comentó Steve Austad, biólogo de la Universidad de Alabama en Birmingham. "Y algunos de ellos pueden resultar relevantes para el envejecimiento humano". "Los resultados se integran muy bien en el rompecabezas más amplio de lo que es la longevidad", dijo Björn Schumacher, quien estudia el envejecimiento en la Universidad de Colonia en Alemania. Sin embargo, instó a tener precaución al concluir que Jonathan nos ayudaría a comprender por qué los humanos envejecen y qué podemos hacer al respecto. Jeanne Calment, por ejemplo, fue la persona más longeva del mundo a la edad de 122 años. Atribuyó su larga vida a una dieta rica en aceite de oliva y vino de Oporto. También fumaba. ¿Significa eso que todos deberíamos fumar y beber vino tinto? Probablemente no, dijo Schumacher, y deberíamos tener una precaución similar al sacar conclusiones de Jonathan. La avanzada edad de Jonathan podría ser un caso atípico debido a su atención veterinaria las 24 horas, su dieta de verduras frescas y el césped protegido en la casa del gobernador. Sin embargo, los resultados moleculares ofrecen pistas tentadoras que los científicos están ansiosos por explorar más a fondo. "Si tuviéramos mil animales como Jonathan, sería más fácil entender su longevidad", dijo Stephen Clark, autor principal del estudio y fundador de Kallel, una organización sin fines de lucro dedicada a estudiar la genética del envejecimiento. En el futuro, Clark espera analizar más tortugas de Aldabra y otras especies longevas mediante la recopilación de datos que también puedan aportar algunas pistas para jovencitos como nosotros.
Fuente: Infobae — Ver noticia original