
Livia Mirón nunca había querido ser madre. Fruto de la generación millennial, la periodista perseguía el ideal de mujer que apuesta por su carrera y se centra en sí misma. “Ni siquiera me planteé si quería serlo”, cuenta a Infobae. La idea le vino más tarde, después de conocer a Ben y mudarse con él a Alemania, y ahí comenzó su intento de ser la mujer perfecta, la “mujer todoterreno”, madre y trabajadora.
Sus deseos se dieron de bruces con la realidad: una casualidad genética quiso que su primer bebé desarrollara una malformación severa que hizo el embarazo inviable. Desde ese fatídico día de diciembre de 2021, comenzó un proceso que llevó a Livia a pasar por tres abortos, luchar contra la esterilidad y sufrir las secuelas físicas y psicológicas del duelo perinatal. Su experiencia la recoge en Perfecta. Infertilidad, pérdida y superación del ideal femenino (Rosita y Amparo, 2026), un libro con el que espera “dejar constancia de los detalles escabrosos antes de que mi memoria los domestique”.
“Comencé a buscar historias parecidas a la mía y descubrí que había un silencio enorme”, dice. Su objetivo es dejar constancia de lo vivido no tras el trauma, sino “desde el ojo del huracán, cuando todavía no sabemos qué va a pasar”.
“Si lo hubiese sabido, no habría abortado en la sanidad pública”
Livia asegura que siempre tuvo el instinto de que le iba a costar ser madre, pues en su historial familiar había problemas de infertilidad. Aun así, descubrir la noticia “fue un shock” que se llegó a tomar como un castigo divino.
La responsabilidad, en un primer momento, la dejó caer sobre ella misma. “Pensé que trabajándomelo mucho, creyéndomelo mucho, utilizando mi inteligencia y mis recursos, podría quedarme embarazada”, asegura. Pero el límite biológico fue superior y se vio obligada, en dos ocasiones, a terminar su gestación.
La primera vez le pilló en Berlín, cuando los hospitales todavía vivían los últimos coletazos del Covid-19. Los rígidos protocolos de seguimiento provocaron que Livia no pudiera abortar dentro del límite legal alemán y el niño muriera en el vientre. “No me dejaron sacarme a mi bebé durante cinco días, ni siquiera en una clínica privada”, lamenta. “Eran procesos en los que no se me preguntaba, en los que yo no estaba informada sobre cómo eran los criterios y tampoco me encontré profesionales especialmente empáticos durante el parto”, dice. La excepción fue Laura, una enfermera que le acompañó en los últimos momentos y a quien dedica un capítulo en el libro. “Creo que a la gente que te salva la vida en momentos traumáticos hay que darles un altavoz”, defiende.

La experiencia fue igual de “deshumanizante” en Madrid. Livia ha sido una de las pocas mujeres que ha podido utilizar el circuito público dentro de esta comunidad autónoma: en una clínica especializada, terminó su embarazo en la misma sala que otras dos mujeres, mientras una de ellas sufría un ataque de pánico y otra experimentaba un sangrado abundante. “Si lo hubiera sabido, si me hubieran relatado la experiencia, no lo hubiera llevado a cabo en la pública”, afirma.
Fueron tres los bebés que terminó perdiendo Livia, una experiencia que le ha hecho darse cuenta de la necesidad de una visión más empática en la medicina reproductiva, sobre todo en la interrupción del embarazo. “Hemos legalizado el aborto y eso es fantástico, pero ahora hay que humanizarlo”, reivindica. “Hay que pedir consentimiento, hay que saber manejar el dolor, hay que preservar la intimidad de las mujeres y hay que proporcionarles ese respeto, ese cuidado”, añade.
“Sentía que nadie quería acercarse a mí”
Los tres abortos le dejaron secuelas, tanto físicas como psicológicas. En su relación de pareja, se abrió una gran distancia, al no ser capaces de comprender cómo cada uno había vivido el trauma. “Yo tenía además una dimensión física que era inevitable, pues el embarazo estaba sucediendo también dentro de mi cuerpo; y Ben estaba viviendo toda la impotencia de observar a la persona que tienes al lado sufrir”, explica. “Yo exigía a Ben que viviera las cosas como yo las vivía, que sufriera como yo sufría, pero no podía”, añade.
La experiencia no solo resentió su matrimonio, sino que también le alejó del resto del mundo. “Sentía que nadie quería acercarse a mí, que yo era contaminante, que era incluso un poco venenosa”, recuerda. En su entorno, tampoco sabían cómo tratarla, “porque es una verdad incómoda y la muerte de un hijo lo es todavía más, sobre todo cuando apenas ha sido visible para los demás”, dice.
La incomodidad y el desconocimiento hicieron que surgieran las frases menos oportunas: “Ya tendrás otro”, “Bueno, al menos te puedes quedar embarazada”, “Era muy pronto”, “Ha sido una mala regla”… “A ti te hacen sentir peor, te añaden más presión y entonces se produce una ruptura: ni tú quieres estar con esa gente ni esa gente quiere estar contigo, porque es extremadamente incómodo. Y eso es lo que aísla a muchas mujeres en este duelo”, lamenta.
“No es un capítulo de mi vida que vaya a superar”

Han pasado cuatro años de estas vivencias traumáticas, en los que Livia ha seguido luchando contra la infertilidad y el duelo hasta “salir del túnel”. Incluso después de haber tenido un hijo, la periodista no considera que el drama haya terminado. “Este no es un capítulo de mi vida que yo aspire a superar y no pasa nada”, defiende, “porque mis hijos nadie me los va a devolver”.
Para ella, el “final feliz” de su historia no vino con un nuevo y exitoso embarazo, sino “recuperar una relación conmigo misma que no dependiera de conseguir un resultado concreto”, dice. “Creo que hay muchas mujeres que consiguen ser mamás y eso hace que la vida cambie, pero también hay muchas otras que no lo consiguen y es importante darles espacio y hacerles entender que se puede también vivir con las experiencias que hemos tenido, integrarlas dentro de la vida y continuar y seguir”, reivindica.
Fuente: Infobae — Ver noticia original