Ese chico, bajito, tenía condiciones; era un pichón de crack. Lo había demostrado en los potreros de Rosario y en la lejana Barcelona. Por eso, aquel 17 de agosto de 2005, más de un año después del poco concurrido amistoso de la Sub-20 ante Paraguay que sirvió para que España no se lo pudiera apropiar, le llegó el momento: el debut oficial en la Selección Argentina, la mayor.
José Pekerman, entonces entrenador de la Albiceleste, no quiso apurar las cosas y, por eso, su nombre figuraba en la planilla dentro del banco de suplentes: Lionel Messi, con el número 18.
El DT, experto en el trabajo en juveniles, ya lo había visto ser figura en la consagración del combinado nacional en el Mundial Sub-20 de Países Bajos y por eso lo citó para ese partido de preparación frente a Hungría, en Budapest.
Tranquilamente, ese podría haber sido un encuentro intrascendente, uno de esos recuerdos que quedan poco tiempo en la memoria, pero no: la historia le tenía reservada a esa ocasión un lugar en las páginas doradas, al menos desde este presente.
Sin embargo, desde el inicio, el destino le mostró a esa Pulga que nada iba a ser fácil y que en este deporte tan hermoso también existen las injusticias, las equivocaciones y los malos tragos. Por eso, luego de saltar a la cancha a los 18 minutos del segundo tiempo y sentirse en el cielo, un forcejeo con Vilmos Vanczák y la roja que le sacó el árbitro lo mandaron al infierno apenas 45 segundos más tarde.
Juego de contacto: Leo metió la mano y su debut se frustró en menos de un minuto.
No importó. Ese pibe, callado y de perfil bajo, dejó ese día atrás, se secó las lágrimas y siguió, gracias al desparpajo y a la rebelde zurda que le dio un lugar entre los 23 futbolistas que representaron a la patria en el Mundial Alemania 2006. Otra decisión, para muchos errónea e injusta, lo privó de intentar evitar la triste eliminación contra el anfitrión en el Olímpico de Berlín.
A partir de ahí, las cosas empezaron a cambiar y Messi, que ya no era una revelación sino la gran estrella del fútbol europeo, tuvo en pocos años una metamorfosis absoluta: pasó de ser un actor de reparto a tener el nombre más grande en la marquesina.
Con la pelota en los pies, se había ganado ese honor. Por eso el pueblo, huérfano de un salvador, depositó todas sus esperanzas en él, como ya lo había hecho con un tal Armando, oriundo de los bajos fondos de Lanús.
No obstante, las cosas no salían, porque a veces no salen porque sí. Y el Mesías chocó contra la pared una y otra vez en aquellos años oscuros que le dieron inicio a la segunda década del siglo XXI. El destino lo llevó a las puertas del paraíso otra vez, le puso la Copa del Mundo enfrente y, otra vez, no se pudo.
Tal fue el camino que, como a todo gran héroe, le llegó aquel punto en el que se queda sin fuerzas, se reencuentra y resurge. Ya estamos en 2016, y nadie creyó que eso iba a durar, ni siquiera él mismo.
“La Selección se terminó para mi”, dijo el 10 tras perder la Copa América por segundo año consecutivo. Afortundamente recapacitó.
Las decepciones pasaban y pasaban; parecía que no se iba a dar. Pero, como a veces un ancho en el Truco no alcanza por sí mismo para ganar, alguien entendió que era tiempo de barajar y dar de nuevo. Solo así, el sol empezó a asomar.
Recién en 2021 el oro llegó, justo en Brasil, sin gente en el mítico Estadio Maracaná y con millones de personas en todo el mundo viendo al ya experimentado capitán conquistar América, con un equipo atrás, dispuesto a dar todo por él. Ese día la mano cambió, los laureles alejaron todo mal y todos los grises del pasado empezaron a tener color.
Alguna vez, Osvaldo Zubeldía dijo que “a la gloria no se llega por un camino de rosas”. Así se gestó la inolvidable gesta en Qatar, del otro lado del planeta y en un diciembre impropio para que alguien sea campeón del mundo. Pero él entendió que, ahora sí, no se podía escapar.
Por eso entregó su mejor versión, por eso dejó hasta la última gota de sudor para saber cuánto pesa el trofeo y cerró el círculo que, indiscutiblemente, lo llevó a la vitrina de los inmortales. Después, vinieron las yapas.
Al final, hay recompensa: Leo y la foto con la que siempre soñó.
Finalmente, hoy llegó la hora del adiós. Podrá ser como reza el tango, “adiós entre sonrisas, por no llorar”, aunque a más de uno seguro que se le va a piantar un lagrimón.
Hasta siempre, Lionel Andrés. Gracias por hacer felices a todos los argentinos.
Fuente: Crónica — Ver noticia original