
En Filosofía del viaje, Rudi Capra le pone nombre a esa inquietud punzante que sienten quienes necesitan irse, al tiempo que sale al cruce a defender al turista frente a la mirada despectiva del viajero “auténtico”. Capra piensa en la dificultad de partir como la otra cara de la nostalgia (entendida esta como el dolor de no poder volver) y propone un neologismo: la ormalgia, el dolor de la partida, ese cosquilleo en el pecho de quien vive en un lugar donde no le falta absolutamente nada y, aun así, necesita armar las valijas. Con esta palabra, el filósofo italiano abre y cierra Filosofía del viaje. Modos, tiempos, espacios y significados del viajar. Capra enseña en la Universidad de Wuhan y viene del campo de la filosofía comparada —su libro anterior en Mimesis, I flauti del cielo, exploraba el diálogo entre el pensamiento occidental y el oriental—, y esa huella se nota a lo largo de las páginas. Cuando busca argumentar que la tensión entre partir y regresar es universal, recurre sin rodeos a mitos de Oriente a la par de la Odisea. Su punto de partida nace de una constatación simple pero certera: la filosofía ha pensado muy poco el acto de viajar, no por falta de interés, sino porque trasladarse parece algo tan cotidiano que casi nadie se detuvo a desarmar qué significa realmente. Para cubrir ese vacío, cruza filosofía, sociología, antropología y literatura, trazando una figura muy clara: todo viaje se sostiene en un triángulo formado por el espacio, el tiempo y el deseo.
En esa ecuación, el deseo es el vértice que manda. Mientras el espacio y el tiempo se pueden medir con exactitud, el deseo no tiene reloj ni mapa: siempre apunta hacia afuera, y su expresión más pura es la gana de transformarse en otro y de estar en cualquier otra parte. En el fondo, todo el libro es una reflexión sobre cómo el viaje moldea y sacude, al mismo tiempo, ese impulso y la propia identidad de quien se pone en marcha.
Como es esperable, Capra arranca por Odiseo y las dos maneras contrapuestas de leer su mito. Por un lado, la Odisea funciona como un alivio tranquilizador a favor de la civilización: el héroe padece años de penalidades solo para recuperar su hogar, su esposa y su cama, reafirmando así el valor del lugar de origen. Por el otro, debajo de esa ansia de regreso late algo que ni la propia Ítaca logra calmar; tal como nos recuerda, Odiseo desembarca en su isla solo para volver a partir al poco tiempo. A partir de esa premisa, ocho capítulos recorren el nomadismo, el turismo, el tiempo, la ciudad, la política y la imaginación hasta reencontrarse, en el tramo final titulado “Regresar”, con el propio Odiseo. Un apéndice dedicado al cine le da el cierre al volumen.
Lo más jugoso del ensayo aparece en la mitad, cuando se aleja del mito para meterse de lleno en las dinámicas de la ciudad turística. Allí toma una postura muy oportuna: se niega tajantemente a trazar una frontera entre el turista y el viajero, una distinción tan vieja como el propio turismo y sumamente cómoda para quien la enuncia. Ya Stendhal renegaba de que Florencia se estuviera convirtiendo en un museo al aire libre. Para Capra, en cambio, el desprecio hacia el turista tiene un claro sesgo de clase: el “turista” siempre es el otro, el que llegó un minuto después, el que viaja con menos presupuesto o con menos bagaje cultural. Es, sin duda, el capítulo que más confronta con el lector, quien casi seguro se piensa a sí mismo como un viajero refinado.

El capítulo dedicado a la ciudad mantiene esa misma frescura y resulta brillante. El autor diferencia tres tipos de ciudades contemporáneas: la de tránsito, diseñada para atravesarla sin echar raíces; la ciudad cara, que termina expulsando a sus propios habitantes; y la ciudad museo, que bajo el sello protector de la UNESCO congela su crecimiento y termina agonizando. A estas añade una cuarta variante que a cualquiera le sonará familiar si caminó por Venecia, Barcelona o ciertas calles de San Telmo: la ciudad armada a la medida del turismo, de la que los vecinos acaban huyendo al sentirse verdaderos extraños en su propio barrio.
Capra demuestra además una afinada lucidez para rescatar datos que echan por tierra posturas snobs. La fotografía y el turismo, nos recuerda, nacieron prácticamente de la mano. Mucho antes de las cámaras digitales o los teléfonos, los viajeros del Grand Tour ya contemplaban el paisaje perfectamente encuadrado mediante un espejo convexo de bolsillo conocido como el “espejo de Claude”, en homenaje al pintor Claude Lorrain. Para usarlo, le daban la espalda a la naturaleza y miraban únicamente el reflejo en el cristal: preferían darle la espalda al mundo real para apreciarlo como una pintura. Esa imagen sintetiza la tesis central del capítulo sobre la imaginación: el espacio que transitamos con el cuerpo y el espacio que observamos recortado responden a lógicas distintas. Este último despliega sus propios matices: el entorno en el que actuamos, el paisaje que admiramos, el lugar donde depositamos nuestra afectividad, el territorio marcado por reglas y conflictos, o la atmósfera particular que despide un recuerdo.
La objeción más de fondo al libro aparece en su propia estructura. El gran motor que mueve el análisis es el deseo, un concepto que calza de manera impecable para explicar a Odiseo, a Rousseau caminando para ordenar sus ideas o al turista que sueña con estar en otra parte. Capra no ignora por completo a quien se traslada sin haberlo elegido. En el apartado sobre política ubica al turista y al migrante en los dos extremos de una misma cuerda: a uno se lo atiende y agasaja, mientras que el otro sirve y es rechazado. Sin embargo, esa figura queda reducida a un contraste puntual y el andamiaje teórico no alcanza a cobijarla del todo. Tanto la ormalgia como la nostalgia presuponen a alguien que tiene el privilegio de elegir o, al menos, de desear.
La literatura reciente ya ha explorado esa hendidura. En Desierto sonoro, Valeria Luiselli embarca a una familia de clase media en un viaje en auto a través de Estados Unidos. Al mismo tiempo, en la frontera hacia donde se dirigen, el Estado detiene y deporta a niños que cruzaron solos. La novela coloca ambas formas de viajar sobre la misma carretera, pero en direcciones opuestas. Para esos chicos, el regreso no responde a un anhelo íntimo sino a una orden judicial, y ni la nostalgia ni la ormalgia alcanzan para nombrar lo que atraviesan. Un ensayo que busca pensar el viaje como una condición humana universal no debería relegar a una mera excepción el desplazamiento forzado, que es, lamentablemente, la vivencia de viaje más compartida a lo largo de la historia.
Rudy Capra edifica una filosofía del viaje basada en el deseo, y ese es un punto de partida sumamente enriquecedor. Lo que le cuesta terminar de explicar es el viaje desprovisto de deseo, el que se emprende simplemente porque no queda otra opción. Ese viaje es, probablemente, el más doloroso y frecuente en la historia humana. Y sigue ocurriendo, en este preciso instante, en el mismo desierto que escuchó Luiselli.
Fuente: Infobae — Ver noticia original