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Daba clases de hockey en una cancha de tierra de La Cava y recibió una invitación inesperada: “No lo podía creer”

Nació y creció en un barrio carenciado, fue mamá joven y terminó el secundario de grande. Tiene una historia de resiliencia, en la que el palo y la bocha se transformaron en herramientas de inclusión.
Daba clases de hockey en una cancha de tierra de La Cava y recibió una invitación inesperada: “No lo podía creer”

El hockey, un deporte vinculado a la élite, las altas cuotas y los clubes exclusivos, suele formar parte de un mapa ajeno al de los barrios populares. Sin embargo, referentes como Nara Flores se encargaron de romper los estereotipos de clase para hacerse un lugar a pura convicción.

Nacida, criada y habitante de La Cava, Nara no conoció el deporte en un sintético impecable ni bajo la tutela de un club importante de San Isidro. Se enamoró del hockey gracias a su hermana, que la llevó a una canchita en una plaza en la que entrenaba desde muy chica.

Aquellos primeros chispazos de amor por la bocha le dieron una de las experiencias más felices de su vida, algo que se fue apagando poco a poco por distintas cuestiones.

Sin embargo, el destino tuvo otros planes: años después, el hockey volvió a tocarle la puerta en forma de escuelita barrial. Ahí empezó otra historia, esta vez como profesora, tratando de hacer felices a decenas de chicas y chicos que día a día atraviesan las dificultades de vivir en uno de los barrios más carenciados de la provincia.

— ¿Cómo arranca tu historia de amor con el hockey? Venís de un lugar donde el deporte suele verse como algo lejano o elitista.

— Empezó cuando mi hermana decide anotarse al Campo 1 para hacer hockey. Ella me llevó y ahí conocí un poco lo que era. Estuve entrenando hasta los 12 años, pero después dejé porque ella creció y se alejó un poco. Al tiempo, en el barrio avisaron que iba a haber un deporte para las nenas en una plaza. Cuando fui y vi que era hockey, me dio una felicidad inmensa porque pensé que no iba a volver a jugar nunca más. Ahí empezamos entrenando en la plaza, fuimos construyendo el espacio, armamos torneos y empecé a conocer realmente el mundo del hockey, porque antes ni sabía que existían los clubes en otros lados. Toda mi adolescencia la hice ahí, jugando en la plaza. Fue una etapa muy linda.

— ¿Tuviste la ilusión de llegar a esos grandes clubes de la zona como el SIC o el CASI?

— Cuando íbamos a jugar a la cancha del colegio Marín y pisaba la sintética, decía “mirá lo que es esto”, porque nosotros jugábamos en el piso, en la tierra, donde había lugar. Tuve mucha ilusión de jugar en esos clubes, pero era imposible por el lado económico. El hockey es un deporte caro aunque digan que no. Para mí, lo era y lo es.

Enseñar hockey en La Cava, un desafío que no es para cualquiera

Enseñar hockey en el corazón de un barrio popular no es para cualquiera. Las canchas no tienen pasto corto ni riego automático. Son terrenos de tierra, cascotes y piedras donde un rebote en falso arruina el ejercicio, y donde una lluvia torrencial suspende los entrenamientos por semanas.

A eso se le suman las complejidades cotidianas: negociar el espacio con los pibes que quieren jugar a la pelota, levantar la guardia cuando el barrio se pone picado por enfrentamientos de bandas, o lidiar con la angustia de saber que si ella no pasa a buscar a las nenas, muchas se quedan sin venir porque no hay plata para cargar la SUBE.

Pese a esto, Nara nunca soltó la mano de sus jugadoras. Transformó el entrenamiento en un refugio, un lugar donde las problemáticas de cada casa quedan afuera durante dos horas y donde siempre hay una merienda caliente esperando.

— ¿Cómo se adaptaba la enseñanza a una cancha de tierra y piedra donde, encima, cuando llovía no se podía usar?

— Es muy difícil enseñarlo ahí. A veces las chicas me decían “ay, no se puede, me pica la bocha, no la puedo parar”. Tenía que buscarle la vuelta, dar ejercicios donde bajaran más el palo y adaptarse a la cancha. Y lo de la lluvia era tremendo, porque por ahí les estabas dando algo hermoso y de repente pasaban tres semanas sin poder pisar la cancha. Lo lindo era que, cuando íbamos a jugar un torneo a una cancha sintética, para ellas era una felicidad enorme. Y el nivel que tenían era buenísimo, le hacían frente a nenas que entrenaban en sintético todos los días. Cuando yo lo practicaba, a mí me faltaba por ahí la formación técnica del club, porque yo jugaba a lo social, pero siempre trataba de transmitirles lo principal: el dribling, el push, y la verdad es que los resultados y las ganas siempre sobraban.

— En el día a día del barrio te cruzaste con mil realidades complejas. ¿En algún momento pensaste en aflojar?

— Un montón de veces decía “no, ya no puedo más”. La realidad es que esto es puro amor, es pasión y lo veníamos manteniendo hace años a pulmón. Aflojé en mi cabeza mil veces. Pero cuando iba a los entrenamientos y las veía a ellas, pensaba: “Si yo dejo, este grupo de nenas pierde su espacio de contención”. Cada casa es un mundo en el barrio, y vos las estás trayendo a un lugar donde se ríen, se olvidan de los problemas y comparten una merienda. Por eso nunca solté y sé que esto es para rato.

— También te tocó lidiar con el barrio “picado”, las balaceras o los días en que no se podía salir…

— Sí, a veces tenía que decidir si se entrenaba o no por tema de violencia, si había enfrentamientos de bandas. Era exponerme yo con las nenas o quedarnos resguardadas en el espacio cerrado donde damos talleres. Era un cuidado necesario para ellas y para mí. Y con las familias estoy súper agradecida; confían muchísimo en mí. A veces me enojo conmigo misma si se me complica llevarlas a jugar afuera porque sé que si yo no las puedo trasladar, ellas no van, ya sea porque no tienen para la SUBE o porque la mamá trabaja. El día a día se hace cuesta arriba, pero el lazo de confianza ya es indestructible.

Nara Flores y su historia de superación personal

Su propia vida es un reflejo fiel de esa lucha contra la corriente. Fue mamá muy joven, debió postergar el secundario y reconoció que durante mucho tiempo las obligaciones diarias le impidieron cumplir los sueños personales.

Pero un día hizo clic: si les exigía a sus hijas y a sus alumnas ir por más, ella tenía que dar el ejemplo. Remó contra los horarios imposibles, las cursadas nocturnas y el agotamiento hasta tener su diploma en la mano, rodeada del orgullo de sus hijas.

Esa misma tenacidad la catapultó mucho más allá de los pasillos de La Cava: el programa de jóvenes líderes del Manchester City posó los ojos en su labor social y la subió a un avión por primera vez en su vida rumbo a Inglaterra.

Hoy, cursa el profesorado de Educación Física y trabaja en la Secretaría de Deportes de San Isidro, donde demuestra que los mundos se pueden combinar sin perder la esencia.

— ¿Sentiste alguna vez prejuicios de otros equipos cuando llegaban a competir desde el barrio?

— Y… a veces sí, algún comentario cruzado había. Pero yo siempre trataba de inculcarles a las chicas que a la cancha se va a competir y a disfrutar. El deporte te da la herramienta para compartir con el que tiene y con el que no tiene, y eso rompe cualquier barrera. Una vez que empezás a rodar, te acoplás y los otros entienden que estás ahí por la misma pasión. El prejuicio existió, pero jamás fue un freno para nosotras. Hoy tengo chicas que empezaron a los 5 años y ya tienen 12; verlas felices un miércoles cambiando el teléfono por la bocha, la cancha y la merienda te cambia la vida.

— Hiciste el secundario de grande, sos mamá, ahora estudiás Educación Física y trabajas en el municipio. ¿Cómo fue esa superación personal?

— Terminar el colegio era algo que tenía pendiente conmigo misma. Pasaba el tiempo y entre cocinar, cuidar a mis hijas y mantener la escuelita en pie nunca encontraba el momento. Hasta que un día dije: “Yo tengo que terminar el colegio, porque mi hija lo va a terminar y yo todavía no, además de que hoy sin el secundario es imposible conseguir laburo”. Busqué de noche, se me cruzaban los horarios con las nenas, pero insistí hasta que encontré una sede que me quedaba cómoda. Fue un año intenso de volver a leer y hacer tareas. Me acuerdo el día donde me recibí: fui con mis dos hijas, pasé a buscar el diploma y verlas ahí adelante aplaudiéndome fue lo más hermoso que me pasó en la vida.

— Y en medio de todo eso, ¡llegaste a viajar al Manchester City! ¿Cómo fue esa locura?

— Fue un antes y después. A través del convenio con el Movimiento de Acción Social y Love Fútbol, participábamos de un programa de jóvenes líderes. Un día me avisan que iba a viajar a Manchester. ¡No lo podía creer! Yo nunca me había subido a un avión, viajé con mi hermano y te juro que iba agarrada pensando en cada detalle del vuelo. Allá fue una capacitación hermosa, conocimos colegios, dimos clases en la cancha uno y dos del City. Esa experiencia me voló la cabeza y me terminó de convencer de que yo podía ir por más, de que estudiar el profesorado de Educación Física era posible.

— Si pudieras viajar en el tiempo y hablarle a esa nena chiquita que agarró por primera vez un palo de hockey en La Cava, ¿qué le dirías?

— Le diría que sí, que no se rinda y que luche por lo que quiere, porque la verdad es que se puede si uno busca sus sueños. Le diría que no baje los brazos, que las oportunidades están y que aproveche todo lo que la vida y el deporte le enseñaron en el camino.

Fuente: TN — Ver noticia original