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Rosana Guber: “Pasaron cuarenta y cuatro años de Malvinas y no sabemos realmente por qué perdimos la guerra”

La antropóloga e investigadora firma, junto a un equipo interdisciplinario, el libro ‘Monte Longdon’ sobre uno de los episodios más sangrientos del conflicto bélico. “No se estudió la guerra pura y dura; es nuestra responsabilidad hacerlo”, dice
Rosana Guber: “Pasaron cuarenta y cuatro años de Malvinas y no sabemos realmente por qué perdimos la guerra”

Rosana Guber: “Pasaron cuarenta y cuatro años de Malvinas y no sabemos realmente por qué perdimos la guerra” (Foto: Alejandra López)

“Malvinas es un tema muy amplio”, dice Rosana Guber y toma carrera. Va a hablar largo. Hay mucho por decir. Comenzó investigando en 1989, pero el primer libro llegó en el 2001, ¿Por qué Malvinas?: de la causa nacional a la guerra absurda, y siguió en 2004 con De chicos a veteranos: nación y memorias de la Guerra de Malvinas. Antes de todo eso, justo en el año de la guerra, con veintitrés, se licenció en Antropología en la Universidad de Buenos Aires y continuó entre FLACSO y la Universidad Johns Hopkins.

“El tema tiene cuestiones ligadas a la causa Malvinas, como la sábana que decía ‘Las Malvinas son argentinas’, que se mostró en el Mundial en el partido de Inglaterra, y que se viene mostrando en muchos formatos y en muchos contextos. Esto implica toda una discusión de soberanía pendiente, que es un tema fundamentalmente diplomático, y tiene toda una especialización. Y después hay dos temas: uno que es la guerra de Malvinas entre Gran Bretaña y la Argentina, y otro es la posguerra”, explica.

En 2014 Guber hizo un trabajo de etnografía aplicada a los pilotos de caza de la Fuerza Aérea (Grupo 5 de Caza). La pregunta era cómo se adaptaron para atacar objetivos navales británicos sin el entrenamiento ni la tecnología adecuada. Se tituló Experiencia de Halcón: ni héroes ni kamikazes, pilotos de A4B. Y el año pasado, en la misma línea, se publicó una investigación que ella dirigió bajo el título Mar de guerra: la Armada de la República Argentina y sus formas de habitar el Atlántico Sur.

Ahora Guber está en su casa, en la Ciudad de Buenos Aires. Atiende el teléfono, es media mañana. El nuevo libro de la investigadora del Conicet salió hace apenas unos días: Monte Longdon: el combate decisivo de la guerra de Malvinas tiene 608 páginas. Lideró un equipo interdisciplinario formado por Héctor D. Tessey, Alejandra Barrutia, María Jazmín Ohanian, Daniel L. Chao, Equipo Arqueológico, Carlos G. Landa, Alejandra Raies, Luis V. Coll, Sebastián Ávila, Juan B. Leoni y Diana Tamburini.

Efectivamente, la Batalla de Monte Longdon fue el combate terrestre más largo y sangriento de toda la Guerra de las Malvinas: doce horas continuas en la oscuridad total y con -8° entre la noche del 11 y la madrugada del 12 de junio de 1982. “En Longdon no se enfrentaron efectivos argentinos contra británicos en número similar, sino concepciones diferentes sobre lo que estaban haciendo, sobre el ejercicio militar e, indirectamente, sobre el carácter de sus respectivos Estados”, escribe Guber.

El saldo de muertos en ese lapso fue de 23 británicos de entre 17 y 29 años y de 30 argentinos de entre 19 y 24, sin contar los heridos. Monte Longdon traza un recorrido histórico desde las primeras presencias en las islas, describe el escenario, narra la disposición de ambos bandos y le da voz a los soldados para reconstruir la batalla. “La Guerra de Malvinas nos permite conocer a las instituciones armadas y, por ende, dimensiones relevantes del Estado nacional”, escribe Guber, y ahora responde.

Un soldado argentino en Puerto Argentino luego del primer ataue inglés del primero de mayo de 1982 (Foto: Eduardo Farré)

—Solés marcar, y en el libro eso está, que la guerra se divide de diferentes formas, no solo según el bando, sino también según desde qué lugar del campo de batalla se la mire.

—Claro. Yo me dediqué a los protagonistas directos de la guerra, fundamentalmente desde el año 2007, cuando empecé investigaciones sobre los aeronáuticos, fundamentalmente el Grupo 5 de caza, que piloteaba un A-4B Skyhawk monoplaza, de Villa Reynolds, San Luis, de la 5° brigada aérea. Después me dediqué a la Marina y cómo vivieron la guerra desde el mar. La pregunta de la investigación fue cómo se nuclean los submarinistas abajo del agua con los que están a flote, que es la flota, y con los que están arriba del mar, que es la aviación naval y con los que están en el costado del mar, o sea, en la costa, que son los infantes de marina. Estos son los cuatro elementos principales de la Armada y tienen vivencias completamente distintas. Sus guerras son muy diferentes. En Monte Longdon nos dedicamos al escenario terrestre. Las Fuerzas Armadas se dividen fundamentalmente por ambientes.

—¿Cómo empezó la investigación de Monte Longdon?

—La propusimos para un concurso de proyectos de investigación sobre Malvinas en el año 2021, porque se venían los cuarenta años de la guerra. Entonces, la Agencia de Promoción Científica y Técnica, que lamentablemente no existe más, y el Conicet propusieron un concurso para ocho proyectos alineados en cuatro ejes: el de recursos naturales del Atlántico Sur, economía del Atlántico Sur, relaciones internacionales y humanidades y ciencias sociales. Nuestro proyecto trataba sobre la reconstrucción de dos combates contrastantes, uno del 11 de junio, que era Longdon, y el otro del 13 de junio a la noche también, que fue el de Tumbledown, que es el monte que está enfrente. Nos presentamos, ganamos este proyecto, que se llamó Los rostros y la savia de la guerra. Y se llamó así por dos obras muy importantes de la historiografía británica. Una es Los rostros de la batalla, de John Keegan, que es quien renovó realmente los estudios sobre la guerra. En vez de hacer una cosa muy distante, donde las fuerzas vienen, avanzan y retroceden, se metía en la carnadura de la batalla a través de los tiempos, desde la época de Enrique VIII hasta la Primera Guerra Mundial. Y el otro es La savia de la guerra, escrito por quien fue el comandante de las Fuerzas Terrestres, Julian Thompson, es un libro donde se muestra la importancia que tiene la logística, es decir, el abastecimiento de comida, indumentaria, combustible, munición y sanidad. Uno de los capítulos que él tiene sobre logística, lo mira sobre Malvinas, pero en realidad él habla del lado británico y no informa, obviamente, porque no sabe del lado argentino.

Rosana Guber, Héctor D. Tessey, Alejandra Barrutia, María Jazmín Ohanian, Daniel L. Chao, Equipo Arqueológico, Carlos G. Landa, Alejandra Raies, Luis V. Coll, Sebastián Ávila, Juan B. Leoni y Diana Tamburin (Foto: Alejandra López)

—¿Qué notaste al leer tantas investigaciones sobre Malvinas, de un lado y otro del conflicto?

—Que se producen muchos vacíos. La literatura británica piensa y procede y describe con mentalidad británica, es decir, qué es la guerra para un imperio. Nosotros no tenemos aproximaciones académicas sistemáticas, tanto civiles como militares, incluyendo trabajo de campo, trabajo con fuentes secundarias, que las hay y muchísimas, con la desclasificación de material de inteligencia, informes internos, con trabajo de reconstrucción arqueológica. Entonces, de eso no hay. Pasaron cuarenta y cuatro años y no sabemos realmente por qué perdimos la guerra. Tenemos como frases generales del estilo ‘había una diferencia tecnológica’. Eso no necesariamente es así. Por ejemplo, del lado de Monte Longdon se comía mal y a las perdidas, cada vez más aguado, en un clima con vientos de cien kilómetros por hora, con agua que venía de todas partes, incluyendo brotando del suelo, porque el suelo era turba. Y estaba cada vez más cerca el invierno. Y el invierno, en las ciudades argentinas, es muy distinto en el sur que en el norte. Si además le agregás que es una isla y que está en un clima subantártico, se pone muy complicado. Y la gente viviendo sesenta días prácticamente a la intemperie. Entonces, del lado de Longdon no se comía, y enfrente, que era Tumbledown, se comía tres veces por día y caliente.

—¿Y en cuanto a tecnología? ¿Con qué contaba Argentina?

—Argentina tuvo aviones de última generación franceses con misilística inteligente: te mando un misil, el misil se acomoda, te busca la cola y te destruye. Eran los famosos Exocet. Pareciera que no es una cuestión meramente tecnológica. Y la otra cuestión es que nosotros con lo que sí contamos es con muchísima literatura. Y ahora también con programas de entrevistas y pódcasts en las redes, que hay a patadas. Falta poner toda esa información junta. Cuando vos me preguntás qué es lo que tiene de nuevo Monte Longdon, te respondo eso: que pone todo junto. Y lo pone en términos institucionales, porque a Malvinas fueron instituciones del Estado argentino. No fueron chicos por su lado, por el otro lado los suboficiales, por el otro lado los oficiales. Lo que nosotros sabemos de la guerra de Malvinas son frases sueltas que hay que encuadrar, que hay que caracterizar, que hay que explicar. Y eso se hace poniendo todo junto, analizando y describiendo. Y se describe con conocimiento del ambiente, de la distribución de la gente según su rango y su fuerza, según su posición en el monte, según el arma. De lo que estamos hablando es de un mundo de gente de extraordinaria complejidad: cómo hizo cada uno para asentarse en el monte, cuáles eran los deberes y las funciones de eso que se llama el rol de combate, cómo esperaron a que llegaran los británicos, cómo les fue bajo el bombardeo del primero de mayo, cómo les fue preparándose para alguna noche fatal hasta que esa noche fatal llegó, cómo se fueron del monte, tanto los prisioneros como los muertos.

El Monte Longdon es una elevación de 186 metros sobre el nivel del mar ubicada en la isla Soledad, en las Islas Malvinas, a pocos kilómetros de Puerto Argentino

—Lo notable es el enfoque militar, el despliegue, la logística.

—Todo eso es un mundo que hay que explicar desde la perspectiva militar, porque fueron como militares. Los soldados fueron como militares a las islas y sabían lo que tenían que saber como soldados. También estaban los suboficiales, pero algunos eran muy jóvenes. Los cabos tenían la misma edad que los soldados. Y después estaban, por supuesto, los suboficiales viejos, los oficiales subalternos, los subtenientes, los tenientes, los tenientes primeros. Después estaban los capitanes y los mayores, que ya tenían otra responsabilidad. Y después estaba el generalato, los coroneles, que decían qué había que hacer y que también tenían diferencias entre ellos. Todo esto terminando en el presidente de la Nación, que era el jefe de Gobierno, el jefe de las Fuerzas Armadas, y el jefe del Estado argentino, porque esto era una dictadura. Por lo tanto, las Fuerzas Armadas concentraban todo el poder: esto también incidió en el último soldado. Esto es muy importante. Son decisiones que se toman arriba. El soldado hace lo que le mandan. Eso si le mandan y eso si le dan de comer. Entonces, las cuestiones institucionales, cuando las ponés en movimiento en un lugar como ese y en una situación cada vez más tensa para la vida de las personas, para la misión de defender el monte, todo se complejiza mucho.

—Quiero insistir con esto: ¿por qué es necesario poder distinguir la causa Malvinas, en el último tiempo tan presente, con la guerra en sí? ¿Qué problemas implica no separar ambas dimensiones?

—Cuando uno dice que las Malvinas son argentinas y que fueron la única causa de unidad, es plena verdad, por más que a mucha gente no le guste. Pero esa causa de unidad no necesariamente, y depende cómo se sostenga, sobre todo del poder político, no quiere decir que diplomáticamente funcione. De hecho, por ahora no funcionó. No funcionó nada, y eso rebota directamente en la causa Malvinas, que es lo que pasa cuando se anuncia el 2 de abril de 1982 por la mañana por radio un comunicado oficial que dice que hemos recuperado las Islas Malvinas. A los fines analíticos, tenemos que diferenciar estos planos. Uno retumba en el otro. Hay que tener cuidado cuando uno se decide describir la guerra, porque la guerra no es causa. Y si no hay que preguntarle al soldados, cuando pasaban limitaciones tremendamente serias, cuando llega el momento del combate, cuando llega el momento de los bombazos, tanto navales como aéreos y después terrestres, si estaban pensando en la causa Malvinas o pensaban en el buche, en el camarada. Eso lo sabe todo combatiente. Hay que diferenciar eso con la causa como un posicionamiento popular, social y político argentino, que es una manifestación que hay que estudiar en su propia ley, y que no estoy diciendo que sea menor ni que sea de poca importancia. De hecho, fue lo que se desencadenó a partir del 2 de abril del 82.

Los jugadores de la Selección Argentina en el Mundial, luego de ganarle la semifinal a Inglaterra (Foto: REUTERS/Amanda Perobelli)

—¿Cómo ves este reverdecer de la causa Malvinas? ¿Te interesa? ¿Lo mirás con desconfianza? No solo lo que pasó en el Mundial, también el nuevo posicionamiento del Gobierno?

—Te tengo que contestar fundamentalmente como ciudadana, no como analista. Yo creo que esta vez funcionó como una especie de alerta. Es cierto que cuando uno hace un aviso de que va a poner sanciones a las empresas que colaboren con la explotación petrolífera de las islas enciende fervores de maneras muy diferentes. Me parece que la gente, dicho así, muy en general, la gente, reaccionó con cuidado. Un cuidado que no hubo la otra vez y probablemente no lo podía haber, precisamente porque sus hijos estaban enrolados y porque debían regresar a las unidades. Esta es una diferencia grande. Una cosa es ir militarmente armado a una campaña militar y otra cosa es decir “vamos a sancionar a las empresas”: interpela distinto al pueblo y así debe ser, porque tu hijo puede ser llamado y quizás no puedas sustraerlo, porque tu hijo decide ir. Es lo que pasó. Muchos padres le dijeron a los chicos que los sacaban del país pero los hijos les decían: “Yo voy a ir”. Y algunos de ellos murieron. Esto también relativiza bastante la idea de los “pobres chicos de la guerra”, porque los chicos de dieciocho años no eran de dieciocho años, eran de diecinueve y de veinte. Los que nacieron en el 62 estaban en el año que cumplían veinte. A veces eran mayores que los cabos que los conducían, que tenían diecinueve años, dieciocho años.

—Recién decías que Malvinas es la gran causa de unidad. ¿Ves un futuro posible en esta línea? ¿Es una posibilidad política latente?

—Uno puede preguntarle a distintas personas qué es la patria y todos te contestan cosas muy diferentes. Pero a la hora de bancar el 2 de abril, que es cuando salen los exsoldados y los militares que todavía viven salen a los desfiles, cuando dan conferencias, cuando van a los colegios, eso se renueva. Es parte de la política. No es un recurso mal habido. ¿Quién tiene derecho a reivindicar Malvinas? Hay veteranos de guerra que se adaptaron a la vida, a la vida política argentina de maneras muy diversas. Dentro de los veteranos de guerra hay de todo: no solamente gente heroica. Alguien puede hacer de Malvinas una prenda de unidad nacional pero desunir al pueblo porque tiene una política económica X. Y del otro lado alguien dice: “Yo vengo de las filas militares y tengo autoridad porque los militares defendemos a la patria”.

Hay que mirar cómo se producen los usos de Malvinas. Y hay que pensar también que la gente puede ser que use Malvinas de una manera impostada, pero también puede ser que crea firmemente y que no por eso su política diplomática sea acertada. Efectivamente es casi un recurso único, en buena medida porque hay muertos argentinos allá. Cuando vos tenés muertos, estás de alguna manera abonando, en el sentido del abono de la tierra, a la unidad nacional. ¿Está bien o está mal? No tengo la menor idea. En realidad no importa, porque lo que hacen los pueblos con los símbolos es exactamente esto. Y no podemos prescindir de los símbolos, salvo que alguien me diga que va a ser una política científica, que sabemos que además siempre son politizadas y sesgadas. Lo que hay que mirar es qué es lo que produce Malvinas y su poder de apelación a la gente. Después hay que hacer una diferencia importante entre Buenos Aires y el resto de la Argentina, donde las cosas son muy diferentes.

Cementerio militar de Darwin: los caídos en la guerra de Malvinas (Foto: EFE)

—Para muchas generaciones, y también las venideras, Malvinas empieza en la escuela, cuando los docentes llevan el tema cada 2 de abril. Ahí suele producirse el descubrimiento. ¿Qué tipo de trabajo se puede hacer en ese espacio para ir más allá de las frases hechas?

—Lo que suele producirse ahí es a nivel emotivo: llevan un protagonista directo, sea un oficial, un suboficial, un soldado, los que estuvieron allá. Y ellos hablan desde el punto de vista de ellos. Pero lo que no hay es una reconstrucción de qué es lo que pasó. Esa reconstrucción no puede ser solamente moral. Hay que acercarse y hay que entender qué es lo que produjo a Malvinas como fenómeno social y como fenómeno militar. Porque finalmente todo se dirimió en el terreno militar. Y en el terreno militar no sabemos nada, ni los civiles ni los militares. Y los dos, civiles y militares, teníamos que haber estudiado Malvinas. Y llegamos a los cuarenta y cuatro años y no se estudió la guerra pura y dura. No estoy hablando de la memoria de la guerra, no estoy hablando de Malvinas en el sistema educativo, estoy hablando de qué pasó. Por lo tanto, el personal docente, ¿qué hace? Llega el 2 de abril y te manda un protagonista directo porque no saben qué decir. Dicen: “Sí, en Malvinas, que murieron muchos soldados”, Dicen: “Malvinas, que nos pertenece”. El cliché general. No saben qué decir. Y nadie los formó para hacerlo. ¿Por qué? Porque nadie lo estudia, salvo muy contadas excepciones. Me refiero a la guerra entendida como guerra, es decir, incorporando el sistema militar: eso no está hecho. Pasaron cuarenta y cuatro años. Es nuestra responsabilidad hacerlo.

Fuente: Infobae — Ver noticia original