Hay combates de boxeo que por sus contenidos se convierten en narrativas inolvidables. Sobre todo, cuando van pasando los años y la realidad se transforma en algo cercano a una fábula popular. Algunos, por su épica, alcanzan brío y cercanía al encanto; otros, por sus contornos sospechosos, parecen dar vida a las mejores crónicas policiales de Roberto Arlt, llenas de misterios y acertijos con respuestas jamás develadas: “El golpe bajo y la opresión testicular que derrotó a Bonavena”.
El 10 de enero de 1970, el verano de Buenos Aires reservaba una atracción turística: Ringo Bonavena en el Luna Park, camino a su match con Muhammad Ali, ante un muy buen boxeador proveniente de los semipesados –mucho mas chico físicamente-, pero poco aconsejable para enfrentarlo: Miguel Ángel Páez, un púgil de alta riqueza técnica, guapo y de pegada respetable. Calvo, retacón y con una oratoria cuidada e irónica como nunca se vio en ningún otro boxeador.

Las entradas se agotaron y la reventa –algo ajeno al Luna Park- afloró en el desfile de los aficionados por la calle Bouchard. Pero lo más llamativo fue la invasión de marplatenses apostando en favor de su vecino (Páez) sin tapujo alguno. Muchas caras conocidas de aquellas casas de empeño que afloraban frente al casino atlántico y algunos usureros de los juegos de ruleta hacían su debut en la mágica noche del Luna caminando casi en puntas de pie y susurrando en voz baja: “¡Páez a ganador… 50 por 100 pesos!”.
Ringo era favorito. Amplio favorito. Y hasta por diferencia física se aventuraba su victoria por KO. Sin embargo, los apostadores, poco conocidos, insistían: “¡Páez a ganador!”. No era común ver esto en el paseo de la calle Bouchard.
Los habitués de los sábados percibían un tufillo especial como si algo raro fuera a pasar. Y no se equivocaron.
Ringo tenía 27 años y rearmaba su carrera tras perder por segunda vez con Joe Frazier, en Filadelfia, en 1968, por un cetro mundial pesado sólo reconocido por los principales estados de Norteamérica. En 1969 había empatado con su clásico rival, Gregorio Goyo Peralta, en el Cilindro de Montevideo y le ganó por KOT 9 a Alberto Lovell en su única pelea en el Luna Park. Aún era muy resistido por el público porteño que repartía ovaciones y abucheos para él cada vez que ascendía al ring. Su récord de esos momentos: 45 victorias, 5 derrotas y un empate.
Páez y un zorro en la esquina
Nacido el 25 de abril de 1940 en Mar del Plata, con 29 años y una década en el profesionalismo, Páez supo que esta era su pelea. Exdoble campeón argentino semipesado entre 1965 y 1969, consagrado ante José Menno y Andrés Selpa y destituido por el mismo Selpa y Avenamar Peralta, había ingresado a los pesados en 1969 con dos victorias sobre el campeón argentino Eduardo Corletti, y ello fue decisivo para concertar este match.
Páez, con una carrera extraña de 44 victorias, 13 reveses y 13 empates, tenía en su rincón a un verdadero zorro del ring: Héctor Di Pilato, marplatense como él, emergente del mundo del patín artístico y gran preparador físico. Con mil tretas a la hora de preparar a sus pupilos, de una de ellas fue víctima Bonavena ante su José Georgetti -Kid Tutara-, en el estadio Bristol de Mar del Plata, en 1966. Tras un golpe a la zona baja de Georgetti, ni lerdo ni perezoso, Di Pilato pidió el traslado de su púgil en camilla hacia camarines. Los gestos de dolor de Georgetti eran desesperantes y previo a la llegada del médico del cotejo, Di Pilato, oprimió los testículos de su pupilo causando una inflamación absoluta en esa zona. Finalmente, en medio de un desorden total, dictaminaron la victoria de Kid Tutara por descalificación en el octavo round. Ringo jamás olvidó esta jugada. Ahora, Di Pilato volvía a estar enfrente en el ring del Luna Park.

Sobre el duelo Bonavena-Páez, extraemos del comentario de Piri García en El Gráfico lo siguiente: “La pelea fue pareja e iba igualada en 59 puntos en mi tarjeta. El sexto round fue electrizante; Bonavena tenía acorralado a Páez, quien mostraba su cancha para trabar. Y en uno de los tantos mano a mano, entró el contragolpe de Páez, seco y a la mandíbula, como para voltear un camión con carga y todo. Bonavena lo sintió, trastabilló y sacudió la cabeza. Páez se fue arriba, a rematar, pero Bonavena lo agarró y pasó el momento. Luego, a los 30 segundos del séptimo round, tres zurdazos en gancho de Bonavena a las zonas blandas. Páez se tomó de la segunda soga con muestras de dolor.
El árbitro, Alfonso Araujo, empezó a contar e interrumpió su acción. Dio dos minutos de recuperación al marplatense, quien no podía caminar. Páez bajó del ring en camilla y el doctor Leonel Primavesi, tras examinarlo, sentenció: “La lesión se produjo a cuatro dedos debajo del borde del protector genital, del lado izquierdo, en la saliente del hueso. Descalificación”. Piri García, tituló su trabajo: “YO VI GOLPE BAJO”.
Lo llamativo fue que Di Pilato polemizó, también, con el facultativo por una inflamación testicular que nadie advirtió en su púgil, supuestamente producida por golpes ilegales. Pocos repararon en ello, pero Primavesi –de excelente reputación- desestimó la queja al instante. Los fantasmas del funesto pellizco testicular reaparecieron en escena. Los dedos de Di Pilato volvieron a ser eje de la sospecha.
La palabra del doctor Primavesi Personajes irrepetibles
Bonavena tuvo un gran año y el 7 de diciembre de 1970 perdió con Muhammad Ali por la ley de las tres caídas en el 15° round en el Madison Square Garden de Nueva York. Ese acontecimiento lo estrechó absolutamente con el público, que lo amó hasta el día de su muerte, el 22 de mayo de 1976, en una jornada trágica en Reno.
Páez, combatió hasta los 40 años. Se retiró en 1980 y fue campeón argentino en tres pesos diferentes: semipesado, pesado y crucero.
En 1971 efectuó una exhibición con Muhammad Ali en la cancha de Atlanta. Al año siguiente, desafió a George Foreman; fue derrota por KO en el segundo capítulo en Oakland. Ante la abismal diferencia física, existente entre uno y otro, Di Pilato, en el ascenso al ring previo al combate, le gritaba en pleno rostro a su dirigido: “No lo mire, Miguel; mátelo con la indiferencia”.
Peleó por todo el mundo, en Italia, donde convivió con una condesa; en Sudáfrica donde para poder ser descalificado tomó un paraguas y salió a boxear con el mismo en su mano derecha. La muerte de su esposa y amor eterno, lo llevó a depresión y a tomar malas decisiones. En el ocaso de su vida, protagonizó un supuesto robo de fichas en el casino de su ciudad. En la cobertura de ese episodio, Vicente Ciano, con las cámaras de Canal 8 de Mar del Plata, lo interpeló en vivo y la respuesta de Miguel fue: “Cholo querido…¡No dejan trabajar al campeón! ”. Murió el 26 de marzo de 1998.
Bonavena y Páez, forjaron una pelea inolvidable hace 56 años. Sus savias son guiones de comedias donde la risa y el llanto aparecen a cada instante componiendo escenas peculiares que muy pocas personas se animarían a vivir en el planeta tierra.
Fuente: La Nación — Ver noticia original