Este mismo fin de semana, la Argentina será escenario de dos acontecimientos sociopolíticos que, desde diferentes dimensiones, interpelan a las nuevas generaciones y permiten abrir una reflexión sobre los vínculos entre religión, identidad, juventud y derechos. Mientras la Marcha del Orgullo, del sábado 7 de noviembre, vuelve a movilizar a miles de personas en defensa de las diversidades sexuales, de género y las políticas de inclusión social, en un momento de avance de los discursos y crímenes odio, el país se prepara para recibir la visita del Papa León XIV, quien entre sus actividades dio especial lugar a las nuevas demandas al incorporar un encuentro con jóvenes en el Monumento de los Españoles, en Palermo, para el próximo martes.
Si bien la coincidencia de fechas es casual, cabe preguntarse qué diálogo es posible generar entre estas dos instancias y comunidades, y cuáles son las demandas que las nuevas generaciones, los feminismos y las diversidades levantan frente a instituciones como la iglesia y el Vaticano que todavía mantienen posiciones conservadoras, o por lo menos fuertemente intervenidas, en debates centrales y nuevas formas de pensar la vida contemporánea.
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En las últimas décadas, los feminismos y los movimientos de la diversidad transformaron profundamente las discusiones sociales sobre el cuerpo, la autonomía, la sexualidad, los vínculos y las identidades, transformaciones que también atraviesan a las comunidades religiosas, donde conviven distintas formas de vivir la fe, interpretar las tradiciones y relacionarse con las posiciones institucionales. Para muchos jóvenes, la espiritualidad no necesariamente está en tensión con los feminismos ni con el reconocimiento de la comunidad LGBT+. Sin embargo, esa convivencia plantea cuestionamientos y discusiones cuando las normas y los discursos religiosos entran en contradicción con experiencias e identidades que todavía reclaman reconocimiento, una mayor apertura y sobre todo la posibilidad de intervenir desde adentro de la iglesia en la construcción de sentido.
En Argentina, además, esa relación tiene una historia política reciente vinculado al impacto del papado de Francisco (2013-2025), que transcurrió en paralelo a la expansión de un movimiento feminista que, no solo modificó la agenda pública y puso en discusión estructuras históricas de desigualdad, sino que fue el caldo de cultivo de movimientos sociales y políticos de peso internacional: el Ni Una Menos, que nació en 2015 como reacción colectiva a los femicidios y las violencias machistas, y la Marea Verde, en medio del debate por la legalización del aborto que culminó con la sanción de la Ley 27.610 en diciembre de 2020.
Hay incluso un antecedente precio a destacar: en 1993, mucho antes de la masificación de estas consignas, se fundó Católicas por el Derecho a Decidir, una organización que articuló fe, teología feminista y defensa de la autonomía de las mujeres. En 2003, sus integrantes impulsaron la distribución de pañuelos verdes en el Encuentro Nacional de Mujeres de Rosario, dos años antes de la creación de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Más adelante, la organización promovió redes de jóvenes católicas y espacios de reflexión que llevaron las discusiones feministas al interior de las comunidades. Las agendas, conquistas y transformaciones trascendieron las calles, las legislaciones y el mundo de la política, y llegaron a impactar en la vida religiosa.
Feminismo y religión: la disputa y el diálogo posible por el sentido de la fe
La relación entre religión, Iglesia y feminismos es uno de los terrenos donde las tensiones se volvieron más visibles en los últimos años. Para algunas jóvenes entrevistados en el marco de la visita del Santo Padre, el debate por la legalización del aborto implicó revisar enseñanzas, cuestionar mandatos y encontrar otras interpretaciones de la tradición religiosa que se acercaran más a la realidad concreta y material de las mujeres. Lo interesante es que esos procesos no necesariamente condujeron a abandonar la fe, sino que abrieron la posibilidad de construirla o vivirla de otra manera.
Sol Santa Cruz, psicóloga y trabajadora social, evangélica pentecostal y referente de su comunidad, explica que atravesó esa contradicción durante el debate por la legalización del aborto. Pasó de sostener la posición de “las dos vidas” a revisar sus ideas a partir de conversaciones con amigas feministas que no buscaron convencerla mediante la confrontación, sino acompañarla y hacerle preguntas. También empezó a cuestionar situaciones de control y abuso que había naturalizado en su relación de pareja y en espacios religiosos.
Ese recorrido la llevó a revisar las interpretaciones bíblicas y a encontrar en las historias de Jesús con las mujeres argumentos para pensar una relación posible entre feminismo y fe: “Al principio sentí una contradicción entre ser evangélica y feminista. Pensar feminismo era pensar en el diablo. Pero empecé a cuestionarme, a encontrarme con Jesús y a recordar todas las historias donde él reivindicaba a estas mujeres, le daba voz, le daba incluso lugares a la par de los varones. Y me empezaba a dar cuenta que ser feminista no era contrario a ser evangélica”, relata.
Milagros Acosta, docente de nivel inicial, feminista y coordinadora de la Red de Jóvenes Federal de Católicas por el Derecho a Decidir, atravesó un momento de confusión y contradicción similar, pero desde el catolicismo. Durante la llamada marea verde era catequista, participaba activamente en la Iglesia y estudiaba para convertirse en docente. Tenía la convicción de que era necesario acompañar a las mujeres en sus decisiones, pero en algunos espacios religiosos el feminismo era presentado como algo incompatible con la fe. “Recuerdo que fue una etapa en la que atravesé una contradicción enorme y muchos cuestionamientos personales. Hasta que encontré a otras mujeres que también eran católicas y feministas, que defendían el derecho a decidir y que demostraban que era posible habitar ambas identidades. Eso me permitió descubrir que no tenía que elegir necesariamente entre mi fe y mis convicciones feministas”, cuenta.
Tanto Santa Cruz como Acosta destacan que la posibilidad de revisar la tradición y sus creencias se hizo posible a partir del encuentro con otras mujeres, de nuevas lecturas, como Jesús y las mujeres y Eso decido yo, y de espacios colectivos donde las preguntas podían formularse desde un lugar más humano. En ese sentido, Santa Cruz advierte que las instituciones religiosas todavía tienen dificultades para abordar cuestiones vinculadas con la sexualidad, la anticoncepción, el aborto y las desigualdades de género: “Dentro de nuestras iglesias estamos repletas de situaciones de vulneraciones, de abusos, de cuestiones que no se hablan y que, en vez de prevenir, terminamos curando cosas mucho más complejas”.
Acosta agrega que las diferencias no deben ocultarse en nombre de una supuesta unidad, pero que sí es posible construir espacios de conversación y trabajo colectivo. Su experiencia en Católicas por el Derecho a Decidir le permitió encontrar argumentos desde la teología, los derechos humanos y las experiencias de las mujeres para cuestionar prejuicios. “Muchas veces, a través del diálogo, descubrimos que tenemos más puntos de encuentro de los que imaginábamos, especialmente cuando hablamos de libertad, justicia, dignidad humana y derechos. Por supuesto que existen diferencias y tensiones, pero en un contexto social tan complejo como el que atravesamos, es mucho más importante reconocer aquello que nos une y construir espacios donde podamos encontrarnos y trabajar colectivamente”, señala.
Diversidad, autoridad y protagonismo juvenil: la Iglesia que reclaman las nuevas generaciones
La demanda de transformación institucional también aparece con fuerza en las experiencias de jóvenes que, en muchos casos, debieron buscar espacios donde su identidad y su orientación sexual pudieran convivir con su pertenencia religiosa. Julián Tróccoli, de 31 años, licenciado en Comunicación Social, docente e investigador de la Universidad Nacional de La Plata, recuerda que, a partir de su identificación como disidente de género, empezó a sentir que no terminaba de pertenecer ni a los espacios religiosos ni a algunos ámbitos de la propia diversidad.
“Para las identidades disidentes, los distintos espacios siempre son incómodos, siempre hay un comentario, siempre hay una mirada o una búsqueda de mostrar que no terminás de ser parte”, explica. Sin embargo, eligió permanecer en esos espacios porque considera que también pueden transformarse desde adentro: “Parte de lo revolucionario incluso es estar en los lugares donde no estoy cómodo para que puedan ser transformados, con la esperanza de que en un futuro otros, otras, tengan una mejor suerte”.
Félix Alagastino, docente y profesor de Ciencias Sagradas y Filosofía, relata un proceso parecido. A medida que fue aceptando su identidad y su orientación sexual, se alejó de comunidades más tradicionales y encontró otros grupos donde pudo expresar su fe sin ocultar quién era. Hoy participa de un grupo de oración LGBT+ en la Iglesia de la Santa Cruz y de la Comunidad Centu, un espacio ecuménico de reflexión sobre espiritualidad y diversidad. Para él, la Iglesia necesita recuperar la figura de un Jesús “disruptivo, rebelde, que iba en contra de las grandes élites económicas y políticas y de pensamiento que controlaban la vida de las personas con la moral”. Desde esa mirada, reclama nuevas narrativas y lenguajes que permitan abrazar a las diversidades y acompañar sin juzgar.
Braco Ynserra Arezo, periodista de 30 años, plantea una demanda similar desde otra experiencia religiosa. Sostiene que la Iglesia debería ser un lugar abierto a todas las personas y que la pertenencia no tendría que exigir una adhesión total a una mentalidad de grupo. “Yo espero de la Iglesia que sea abierta, como son las comunidades más pequeñas, y en las que todo el mundo tiene que poder encontrar su lugar. No tiene que haber diferenciación de nada. Es un lugar para todos y así debería ser para mí”, afirma. Su recorrido entre distintas tradiciones religiosas y su actual participación en comunidades católicas y ecuménicas refuerzan una idea de autonomía: es posible compartir valores y prácticas sin que eso implique dejar de ser un individuo.
El sacerdote Eduardo Mangiarotti, párroco y profesor de Teología en la parroquia San Gabriel de la Dolorosa, en Vicente López, destaca que muchos jóvenes conviven con las contradicciones institucionales de una manera diferente a generaciones anteriores. En parte, considera que esto se relaciona con el papado de Francisco y la potencia de su mensaje hacia las juventudes, más allá de lo estrictamente religioso. Aunque muchas de las posiciones conservadoras de la Iglesia no hayan desaparecido y los conflictos sigan abiertos, en su parroquia intentan construir un espacio seguro para personas LGBT+. La apertura, desde su perspectiva, requiere escuchar las experiencias concretas y revisar las formas de autoridad.
“Francisco como Papa le puso el cuerpo a lo que él le pedía a la Iglesia, que era una Iglesia que escuche más, más abierta, pero en este ejercicio de la escucha desde un modo muy concreto: ¿qué necesitan ustedes? ¿Qué quieren ustedes? Yo creo que ese camino de una escucha verdadera siempre transforma, y me parece que en ese camino se trabaja la agencia de los jóvenes, que puedan ser protagonistas, que tomen la iniciativa”, explica. Para Mangiarotti, la Iglesia necesita pasar de pensar qué actividades ofrece a los jóvenes a reconocerlos como protagonistas.
La cuestión de quién escucha y quién decide aparece con especial claridad en el testimonio de Milagros Acosta, quien participó de una de las rondas de debate del documental Amén. Francisco responde y le entregó al Papa el pañuelo verde, símbolo de la lucha por el derecho al aborto legal. “Una cosa es que nos inviten a hablar y otra muy distinta es que confíen en nuestras voces y nos permitan tener un protagonismo real”, sostiene. Su planteo cuestiona una mirada adultocéntrica que considera a las juventudes como personas a las que hay que tutelar, orientar o preparar para un futuro protagonismo, en lugar de reconocerlas como sujetos de derechos capaces de participar y transformar el presente. El reclamo va más allá de la Iglesia y alcanza a las organizaciones sociales, los espacios políticos y las instituciones en general. Las juventudes, plantea, no tienen por qué estar obligadas a producir siempre una novedad o una idea completamente distinta: también tienen derecho a recuperar discusiones históricas, volver a formular preguntas que otras generaciones ya hicieron y cuestionar aquello que todavía no cambió.
Santa Cruz también reconoce el legado de Francisco y la importancia de que las nuevas generaciones encuentren espacios donde puedan preguntar y discutir sin que sus inquietudes sean interpretadas como una amenaza a la fe. “Las enseñanzas del papa Francisco, al menos para los evangélicos que tenemos otra postura un poco más ecuménica, han sido importantes y enriquecedoras porque han permitido la apertura de pensamiento, han permitido incluso poder visualizar situaciones marginadas desde otro lugar. Desde ese sentido sí considero que la Iglesia ha cambiado y la parte que más valoré es el lugar que le ha dado a los jóvenes para poder opinar”, indica.
La visita de León XIV: expectativas y el desafío de lo que queda después
La llegada de León XIV a la Argentina y la agenda que desarrollará entre el 8 y el 11 de noviembre despiertan expectativas diferentes. Para algunos será una oportunidad de encuentro y expresión colectiva; para otros, un acontecimiento histórico que puede abrir conversaciones sobre la relación entre la Iglesia y la sociedad. También hay quienes esperan que su presencia habilite un mensaje sobre los problemas sociales y políticos del país. En todos los casos, aparece una expectativa compartida: que la visita no quede reducida a una celebración multitudinaria.
Ynserra Arezo, por ejemplo, espera que el encuentro contribuya a “una mayor unión nacional” y a una mirada menos dogmática. Alagastino desea que el Papa ponga en el centro las desigualdades sociales, las diversidades y los desafíos contemporáneos del capitalismo digital. “La visita puede ser un buen momento para unir a nuestro país en tiempos donde domina la crueldad, el desprestigio del otro, el odio. Espero que el Papa ayude un poco a quebrar esas grietas y que se respeten las diferencias entre los argentinos y argentinas”, explica. También le gustaría que hiciera hincapié en “lo social, en tiempos de la inteligencia artificial, el peso de la información, los datos, quién controla lo que se dice y cómo a la gente se la va manipulando a través de redes sociales o de fake news y toda esta ingeniería”.
Sol Santa Cruz, por su parte, espera escuchar palabras sobre las experiencias de violencia que atraviesan a mujeres y adolescentes: “Ojalá escuchemos a un Papa que pueda hablar de las desigualdades, que se sigan poniendo en tensión cuestiones que vivimos las mujeres, las diversidades, las nuevas generaciones. Me gustaría que escuche acerca de las violencias de esta época que estamos viviendo, y que haga foco en las demandas de los adolescentes por una falta de escucha de los adultos, las familias y las instituciones”.
Acosta, en esa misma línea, reclama que las señales de apertura se conviertan en decisiones concretas y en transformaciones de las estructuras que todavía limitan la participación de mujeres y jóvenes: “Tengo la esperanza de que podamos seguir avanzando hacia una Iglesia más justa, diversa y verdaderamente abierta a todas, todes y todos, donde podamos derribar las estructuras patriarcales, elitistas y adultocéntricas que todavía limitan la participación y el protagonismo de las mujeres, las diversidades y las juventudes. Una Iglesia donde podamos despenalizar las conciencias, vivir nuestra fe con libertad, habitar nuestras diferencias y seguir soñando colectivamente”.
Tróccoli pone el acento en la capacidad de encuentro de las juventudes y recuerda el impacto que generan los momentos de movilización política y social: “Siempre que la juventud se encuentra pasa algo”. Para él, esas experiencias dejan relatos que luego circulan y se multiplican en distintos ámbitos: “Esas experiencias generan algo, mueven algo, y ahí ya surge la posibilidad de construir una narrativa cuando volvés a tu casa, a tu iglesia, a tu club, a tu partido, o con tu familia. Son experiencias que te transforman”.
Mangiarotti destaca el trabajo organizativo que se está realizando para recibir a fieles de todo el país y de distintos lugares del mundo, pero advierte sobre el riesgo de que todo quede concentrado en el acontecimiento. “No hacer simplemente una pastoral de eventos”, plantea. El desafío, explica, será sostener después de la visita los vínculos que se construyan, acompañar los procesos que se abran y recibir a quienes se acerquen sin exigirles que lleguen con una trayectoria religiosa previa. La continuidad requiere que las comunidades revisen sus propias prácticas y renueven su compromiso con quienes están afuera.
En la Casa Salesiana León XIII, en Palermo, los preparativos ya están en marcha. De las 67 casas salesianas que integran la inspectoría Argentina Sur, la institución fue elegida para recibir a jóvenes que dedican su tiempo a acompañar y cuidar a otros. Para su director general, Federico Tirelli, la elección es “un privilegio” y una responsabilidad comunitaria: “Hay que abrir las puertas, hay que prepararlo porque es una fiesta”. La organización incluye voluntarios, horarios, comidas, talleres sobre salud mental, un recorrido histórico titulado “De León XIII a León XIV” y una peña.
Más allá de la logística y de las actividades previstas alrededor de la vigilia y la misa, Tirelli destaca el sentido de recibir a quienes habitualmente están al servicio de los demás: “Todos estos pibes y pibas están al servicio de los que más necesitan y nosotros nos vamos a poner al servicio de ellos. Es una manera de saber que vamos a cuidar a los que cuidan”. La propuesta, cuya consigna es “Testigos del Humano”, busca renovar el compromiso de salir al encuentro de quienes sufren, son vulnerados o quedan al margen: “Tenemos que ser signos de contradicción para aquellas cosas que no están bien, que son individualistas, que lastiman, que descartan, que no incluyen”, plantea.
La visita de León XIV y la Marcha del Orgullo expresan, desde escenarios y tradiciones diferentes, una pregunta que atraviesa a la sociedad: cómo convivir con las diferencias y qué instituciones somos capaces de construir para que nadie tenga que renunciar a su identidad para pertenecer. En el caso de la Iglesia, el desafío no se agota en convocar a las juventudes ni en abrir espacios de escucha. Supone reconocerlas como interlocutoras, revisar las estructuras que producen exclusión y permitir que sus preguntas también transformen las formas de vivir y transmitir la fe. Porque el diálogo posible entre feminismos, diversidades y religión no depende solamente de encontrar puntos de encuentro: también requiere que las diferencias puedan expresarse, discutirse y tener consecuencias concretas en la vida institucional.